Violencia desatada por el imperio

El mapa geopolítico del planeta ha tenido una nueva e inesperada aparición. Para sorpresa de los que alguna vez creyeron en aquella profecía que hablaba del “fin de la historia”, la aparición del Estado Islámico en el siempre convulso Medio Oriente ha venido a agregar un desmentido más a aquellas interesadas voces.
Lo peor de todo es que esa irrupción se ha dado con un grado de violencia inusitado, aun para una región azotada por guerras e invasiones cruentas desde hace mucho tiempo. Inspirado el Estado Islámico en la interpretación más retrógrada del Islam, con sus procederes la historia parece haber retrocedido quince siglos y reeditar la expansión violenta de quienes detentan esa creencia. Sus practicantes vuelven a hablar en términos de un fanatismo que sorprende, postulando lisa y llanamente la creación de un califato por sobre los actuales países de religión musulmana. Originariamente los califatos equivalían a un Estado, y se hallaban regidos por la ley religiosa derivada del Corán. La denominación refuerza la pretensión del EI de convertirse en una nación agregando un factor más a la división del mundo árabe.
Lo más grave es que estos delirios reivindicativos están sustentados en la posesión de armas modernas y en una aplicación maniquea de los principios del Corán, que se traduce en actos horrorosos como la decapitación masiva o la quema de personas vivas. No se puede generalizar culpando al Islam, como pretenden ciertos sectores políticos; todos los credos tienen sus facciones fundamentalistas, pero el avance del Estado Islámico y sus procederes ya inquieta al mundo occidental que, fiel a su tradición, prepara represalias que solamente prometen más sangre y sufrimiento.
También es cierto que la aparición de este nuevo protagonista no es un fenómeno espontáneo sino un producto de la estrategia global norteamericana. Estados Unidos, para hostigar a la por entonces Unión Soviética, organizó y financió a la guerrilla musulmana la que, desaparecido el país socialista, dio origen al movimiento Talibán y a Al Qaeda. Es muy probable que también tenga mucho que ver con el Boko Haram que aterroriza parte de Africa.
Dos consecuencias sobresalen entre otras. La primera son los ataques del Estado Islámico a la propia Europa, sembrando alarma y desconcierto ante actos de terrorismo difíciles de prever. La segunda es la notable facilidad con que ha reclutado jóvenes adeptos en Occidente, más allá de que sean o no de ascendencia oriental. La conversión al Islam por parte de habitantes de países del Primer Mundo es un fenómeno novedoso y no hay acuerdo en cuanto a su explicación.
EE.UU. y sus socios occidentales jugaron al aprendiz de brujo con pueblos celosos de sus tradiciones, atrasados y, además, hartos de que sus riquezas naturales -petróleo básicamente- estuvieran en manos extranjeras. En sus inicios la política de manipular y armar a grupos fanáticos pareció dar buenos resultados a quienes la promovieron. Sin embargo, la jugada tuvo a la larga un resultado negativo y brutal.
La violencia que desataron se salió de cauce y empezó a apuntar para otro lado.