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Vivas nos queremos

El pasado lunes 7 de septiembre se cumplieron 30 años del femicidio de María Soledad Morales. Sus padres la vieron por última vez el 6 de septiembre de 1990, cuando salió de su casa hacia una fiesta que había organizado junto a sus compañeras de colegio para juntar fondos para el viaje de egresados. Con el diario del lunes, sabemos que María Soledad no iba a volver. Su mamá Ada recordó ese sábado de septiembre a la espera de una hija que no volvía, saliendo a la vereda cada vez que escuchaba el colectivo, con la esperanza de verla llegar.
Corrían los años noventa y no se hablaba de femicidio. Los diarios titularon con la muerte de María Soledad, y esto reforzaba en mujeres y niñas el mandato: debíamos cuidarnos más. Las voces que por esos años apuntaban al patriarcado como el autor intelectual del crimen no tenían el espacio que en buena hora hoy tienen.

Resabios de caudillaje.
María Soledad fue violada y estrangulada en manos de un grupo de hombres catamarqueños, amparados por el poder político. Los resabios del caudillaje y de los patrones de estancia operan con total normalidad al interior de las provincias -si lo sabremos los y las pampeanas-. Y estos varones que se pensaron impunes se llevaron la sorpresa de que una madre, una monja y adolescentes de un colegio secundario iban a hacer que el nombre de María Soledad Morales cruzara la frontera de Catamarca, hasta llegar nada más y nada menos que a Buenos Aires. Toda Argentina supo del femicidio, y a pesar de que muchos se salvaron por apellido, contactos y favores, Tula y Luque fueron condenados.
Las marchas del silencio en reclamo de verdad y justicia por María Soledad recordaron a las marchas de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Esta vez, también eran mujeres pidiendo justicia, en una Argentina que estaba estrenando nuevamente la democracia. Aún no sabíamos que tendríamos unos históricos 37 años de Estado de Derecho ininterrumpido.
Las marchas del silencio desconcertaron a quienes pensaron salirse con la suya por jugar con la invisibilidad de María Soledad. Porque su selección no fue azarosa: María Soledad pertenecía a una familia de clase trabajadora. Su última fiesta había sido organizada para juntar plata a fin de poder viajar con el colegio. Y sus femicidas lo sabían. Entonces, al mandato machista se le suma la pata clasista que dice que si sos mujer y pobre, te tenés que cuidar aún más.
En 1994 se haría la reforma constitucional que incorporaría tratados internacionales de derechos humanos al texto de la Constitución, entre ellos la Convención CEDAW, de Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer. En 1994 también se sancionaría la Ley de Protección Contra la Violencia Familiar, que algo empezaba a alertar sobre la violencia machista, aunque solo en el ámbito doméstico.

Lastres misóginos.
Tendrían que pasar varios años para que se hablara de femicidio, de violencia de género, y para que al proceso judicial se imprimieran particularidades que tenían que ver con este tipo de casos. En 1996 Argentina ratificó la convención Belem do Pará, (Convención Interamericana para la Prevención, Sanción y Erradicación de la Violencia contra la Mujer) y en 2009 el Congreso sancionó la Ley 26.485 de Protección Integral a las Mujeres. En junio de 2015, la primera marcha NiUnaMenos marcaría sin dudas la ebullición del movimiento feminista en el país. Pero muy a pesar de las conquistas, los femicidios son una constante en nuestros días, y los resabios de una justicia machista continúa sentenciando con lastres misóginos y reaccionarios que «algo habrán hecho».
El femicidio de María Soledad tiene tal cuota de actualidad que indigna, porque las mujeres en pleno siglo XXI, con leyes y tratados dispuestos a ampararnos, continuamos en altísimo riesgo de muerte por nuestra sola condición de mujeres. Ahora que sí nos ven reclamando justicia a diario, muchas personas tachan la lucha de exagerada y hartante, y señalan a las movilizadas como locas resentidas, «feminazis». ¿En qué se parece un movimiento que lucha por la igualdad entre los géneros a un partido genocida? No hay respuesta lógica.
Las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, nos enseñaron que ser mujer y marchar es de tal disrupción y desconcierto que, entre todo lo que hemos tenido que tolerar, el ninguneo y el insulto se van a sumar a la lista. La violencia machista reacciona contra la lucha feminista con revanchismo mortal: los femicidios siguen sumándose al registro que desde 2015 la Oficina de la Mujer de la Corte Suprema de Justicia de la Nación contabiliza. 181 mujeres fueron víctimas mortales del machismo en Argentina en lo que va de 2020, es decir, que una mujer muere cada 32 horas en nuestro país por su condición de mujer. Es el miedo del hombre a la mujer sin miedo, nos dice Galeano. Tal la reacción del cobarde que cela sus privilegios de varón, abusando de la mujer libre y deseante, que sin miedo -o a pesar de él- sale a la calle.
La semana pasada, las noticias recordaron a María Soledad, y también cubrieron el femicidio de Ludmila, una adolescente de 14 años de Moreno que, como María Soledad había salido de su casa.

Individualismo cómplice.
El caso de María Soledad también duele porque nos recuerda el coqueteo político-judicial, la corrupción, el amiguismo y los pactos entre varones que habilitan la impunidad. Aún a 30 años del femicidio, muchos de los responsables continúan como si nada hubiera pasado. Y también duele cada vez que escuchamos decir muy livianamente que «las mujeres que denuncian violencia exageran, fabulan, lo hacen para sacar plata».
Los números atroces por femicidio parecen no bastar y son muchos y muchas quienes siguen descreyendo a las víctimas y ninguneando sus muertes. ¿Qué número les parecerá adecuado para poder hablar con seriedad y respeto sobre violencia de género? ¿Acaso son las mismas voces que cuestionan que no fueron 30 mil las personas desaparecidas por el terrorismo de Estado? La insistencia en cuestionar números y relativizarlos, como si un único caso no fuera motivo suficiente para reclamar memoria, verdad y justicia, confunde, deshumaniza, y es muestra de un legado setentoso de individualismo cómplice que no se pone en el lugar del otro o la otra. Si la sororidad nos trajo leyes y -algo de- justicia e igualdad, que la empatía practicada masivamente diga y sienta NiUnaMenos y NuncaMás.

VICTORIA SANTESTEBAN*

*Abogada. Magister en Derechos Humanos y Libertades Civiles.