Inicio Opinion ¿Y los cien días?

¿Y los cien días?

I. Cambio de año, cambio de década, cambio de gobierno. Muchos cambios en muy poco tiempo para los argentinos. Los nuevos aires políticos que se respiran parecen acompañar los deseos de felicidad que solemos prodigarnos los seres humanos a esta altura del almanaque y hablan de que esos múltiples cambios han aportado una mirada esperanzadora luego de atravesar un cuatrienio devastador para los sectores mayoritarios de la sociedad.
Por primera vez en mucho tiempo hay buenas noticias para esas mayorías tan postergadas durante la era macrista: abandono de la receta neoliberal, acciones para terminar con el hambre, bono para los jubilados más sumergidos y la AUH, congelamiento de tarifas, impuestos más altos para los más pudientes, medidas de alivio para las Pymes, revisión de los endeudados con un sistema financiero perverso.
Como siempre sucede, y más aún en un país que ha hecho del debate político una suerte de disputa deportiva, para algunos son acciones de gobierno en el sentido correcto, para otros son medidas insuficientes y no faltan los que se oponen porque es un «regreso al populismo». De todos modos se percibe, se olfatea en el aire un apoyo mayoritario al rumbo que impuso Alberto Fernández porque también se conocen las grandes dificultades que enfrenta al comienzo de su gestión a causa del desastre económico y social que dejó Mauricio Macri a su paso por la Casa Rosada.

II. Pero hay otro cambio que llegó en estos días además de los mencionados al inicio de esta columna. En la tradición política argentina se había instalado con fuerza la idea de que todo gobierno que asume merece una «tregua» por parte del arco opositor y la prensa para acomodarse en la difícil tarea de iniciar una gestión: los famosos «cien días». En ese lapso, y en virtud de una suerte de pacto no escrito, la oposición política y el periodismo asumían que debían morigerar sus críticas y enfrentamientos para garantizarle a la nueva administración que sus primeros pasos en el manejo del complejo entramado estatal no serían torpedeados.
Desde el retorno de la democracia se venía cumpliendo con esa convención. El propio macrismo contó con ese período de gracia que incluso llegó a ser mucho más extenso y a contar con un gran acompañamiento legislativo para imponer muchas iniciativas que a la postre resultaron tóxicas para los sectores populares.
Esta vez se quebró esa tradición. La alianza integrada por la derecha macrista y los grandes medios porteños decidieron romper la tregua apenas asumido el nuevo gobierno. Como si hubieran tramado un juego de pinzas, la primera está boicoteando en el Congreso los proyectos del Poder Ejecutivo, y los segundos pasaron de ser fervorosos oficialistas con el anterior gobierno a implacables opositores con este en cuestión de horas.

III. En el fondo no es más que una nueva demostración de cómo funcionan las fuerzas de la derecha, en Argentina y el mundo. Su declamado republicanismo, su relato sobre el respeto a las instituciones y al juego democrático dura lo que un gas en una canasta. Y esto les cabe tanto a sus dirigentes como a sus periodistas, quienes militan siempre en favor de los intereses de los poderosos sin una pizca de sensibilidad por las necesidades de los vulnerables. Los que hoy están poniendo piedras en el camino son los mismos que ejercieron el poder durante los últimos cuatro años y los que aplaudieron desde los medios. Ambos son los responsables directos de la devastación que sufrió el país aunque pretendan arrojar un manto de olvido y no hacerse cargo del tremendo daño provocado.
Hoy, cuando tienen la oportunidad de dejar actuar a otro gobierno que trata de mitigar el desastre heredado, ni siquiera respetan la tregua de los cien días iniciales, la misma que ellos usufructuaron con creces. Gran lección de la historia para las fuerzas políticas populares o progresistas y alguna dirigencia, en ocasiones un tanto ingenua y hasta complaciente en exceso.