Zircaos Vuelta al Mundo. Capítulo 46: El Salvador

Cruzamos Honduras y ya estamos en El Salvador. Mientras venía pensando y estaba segura
que esta etapa en los “países peligrosos” de Centroamérica me traería nuevas experiencias,
sobre todo de llegar y que la sensación sea otra a la que venía acarreando, y así fue. El
Salvador nos dio la bienvenida con tranquilidad, con su gente amable y humilde, de sonrisa
cálida, que tiene poco y lo comparte, que lleva en sus espaldas un pasado de guerras y un
presente perturbado por las mafias, pero que sigue en pie.
El día que llegamos a La Unión, una ciudad frente al mar, ya nos estábamos derritiendo de
calor, encontramos un parque con sombra y así unos grados menos. Varios policías en la
entrada. El lugar cerraba a las 10 de la noche y a esa hora había que salir.
Entre los policías que hacían guardia uno de ellos tenía muy buena onda mientras que los otros
no ayudaban mucho para que podamos quedarnos. Terminamos hablando hasta con el
comisario de la ciudad y la secretaria del intendente pero no hubo caso, a las 10 de la noche
apagaron las luces y nos dijeron que nos fuéramos. Salir a esa hora de la noche en medio de la
oscuridad por las calles de La Unión no era un buen plan, pero no nos quedaba otra.
Empezamos a buscar un lugar donde pasar la noche, una comisaria, los bomberos, el hospital,
pero todo estaba cerrado. Agarramos la ruta. No cruzamos a nadie en el trayecto que hicimos
de unos 10 km hasta encontrar la silueta de una estación de servicio cerrada. Todo en medio
de la oscuridad. Bajamos el pie del acelerador y la sombra de un hombre con una escopeta nos
ayudó a deducir que podíamos preguntarle si nos dejaba dormir ahí. Era el sereno que
apareció entre las sombras de la noche, un chico joven que nos dejó estacionar entre dos
camiones. Silencio total. Me quede hablando con el casi una hora. Era padre de una niña. Él
vivía en el monte, no sabía escribir ni leer y tenía un fusil en la mano, listo para gatillar ante
cualquier movimiento raro que ocurriese en medio de la noche. Me sentí inmensamente
agradecida por el habernos dejado parar ahí. De esta manera comenzamos a andar por El
Salvador.
Al otro día el paisaje fue diferente, la luz del sol clarifica las ideas. Algunos camiones ya
andaban por la ruta así que nos fuimos directamente para el mar para meter los pies en el
agua calentita y estar en una zona más tranquila.
Llegamos a playa El Cuco, un lugar turístico para locales y por cinco dólares diarios entramos
en el gran patio de una casa donde ofrecían un lugar tranquilo, una pileta, sombra, agua y
salida al mar, así que ahí nos quedamos por varios días para ir acomodándonos un poco a las
costumbres de los salvadoreños.
El pueblito me encanto, al segundo día ya me sentía del barrio, me saludaba con mis vecinos,
iba a la despensa de la esquina donde todo estaba detrás del mostrador, como antes. Y se
cocinaba con lo poco que se conseguía. Atrás quedaron los supermercados y los productos “en
cajitas de colores”.
En los días de la semana estuvo tranquilo. Llego el viernes y el lugar se llenó de gente que
venía de diferentes lugares, de la montaña, del campo, de otros pueblos, para disfrutar el día
de playa. Llegaron familias enteras en camiones, tractores, coches.
Acá no hay modas. Venir a la playa es otra cosa, muy diferente a lo que estamos
acostumbrados. La gente se mete vestida al agua. La playa es de color negra y se llena de
puestos de vendedores de comidas, ropa usada, dulces, sombreros y cosas plasticosas, de esas
que venden en todo el planeta.
La gente se reúne de pie al lado del mar para conversar y compartir. Comen y todos los
utensilios descartables apenas terminan los tiran en la arena. Es algo poco entendible, pero
acá es normal. Le pregunte a alguien que hacen con todo esto y me respondió: “Cuando la

marea sube lo lleva a la costa y la gente lo junta” Me quede pensando en cuanto es lo que
puedan juntar de toda esta inmensa cantidad de plástico desparramado por toda la playa que
contrasta con la arena negra. Pero no dejamos ni un segundo de sorprendernos con toda la
hermosura del país, de su gente amable, sencilla. De mujeres con delantales bordados llenos
de puntillas sentadas en las veredas, de los mangos caídos en el suelo por tantos que regala la
planta y que no alcanzan a consumirlos, de las hamacas multicolores donde descansan, de los
cocos, de la sonrisa de sorpresa cuando nos ven llegar en nuestra casita con ruedas. De las
“pupusas”, la comida más típica de cualquier salvadoreño que son tan importantes en su vida y
tan ricas que las dejamos para el próximo capítulo porque estas tortitas hechas a pura
palmada se lo merecen.
También, en este capítulo les mostramos el volcán Alegría. Dormimos en el cráter donde ahora
hay una laguna de color amarilla, por el azufre que contiene. Pasamos dos días hermosos en
medio de la naturaleza, muy tranquilos, en compañía de dos viajeros más que andan rodando
también por esta América.
Hasta el próximo capítulo!
Gracias por acompañarnos!
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