Cumplir 40 años como kiosquero
Los kioscos eran para comprar cigarrillos, un chocolate, caramelos,o una revista. Pero hoy ampliaron su oferta para parecerse más a una despensa. Entre los más antiguos de la ciudad está “Juan y Juan”.
MARIO VEGA
Los populares kioscos –diseminados por todos lados-, según dicen los que dicen saber, nacieron como producto de economías en crisis. Y vaya si sabremos de eso los argentinos…
En Santa Rosa hemos conocido decenas de ellos, algunos es verdad más “famosos” que otros, por el lugar donde estaban ubicados, o por quienes fueron sus dueños y quienes eran sus clientes habituales.
Pero el paso del tiempo lo fue modificando todo, y muchos de esos pequeños comercios dejaron de ser, o en algunos casos se transformaron.
La transformación.
Es cierto que se advierte claramente que la ciudad creció a un ritmo vertiginoso, y que las cosas cambiaron abruptamente. Es habitual encontrar que donde había antiguas casas –en todas partes y muchas en el centro- la piqueta hizo lo suyo dejando el terreno limpio para que se construyan nuevos edificios de departamentos, o locales comerciales.
Entre tantas cosas que cambiaron están los kioscos, esos habitualmente pequeños negocios donde se podía comprar una golosina, revistas o los diarios. Estaban algunos más “importantes”, y otros que se situaban en los barrios donde con sólo abrir una ventana de su casa algún vecino buscaba hacerse un extra con lo que pudiera vender.
Se sabe. Hoy sólo algunos venden revistas o diarios –cada vez menos--, pero en general han ramificado la oferta. Y entonces aparecen vendiendo un poco de todo… desde yerba y azúcar, pasando por juguetes, artículos de librería o para regalar y tantas cosas más. Son, en realidad, polirubros (algunos se hacen llamar maxikioscos).
Kioscos de la ciudad.Pero aquellos que supieron ser tradicionales fueron desapareciendo. Hace algún tiempo hablábamos del de las hermanas Dip –esquina de Escalante y Villegas- que después de más de 60 años cerró sus puertas; como sucedió con otros. Algunos, no obstante, siguieron y se fueron adaptando a las nuevas formas.
Me viene a la memoria uno histórico ubicado frente a la plaza que supo ser del Turco Amado (jugador de básquet de All Boys) y del “Mosquito” Soria, y que más tarde quedó en manos de Tito Otero. También el Kiosco Yuyo al lado de los cajeros del Banco de La Pampa; el “Líder” (que se autotitula el mejor de la cuadra) y el “Superman” que todavía siguen firmes. Y recuerdo especialmente el del Turco de “La Favorita” ubicado en calle Pellegrini casi Quintana, y el de Bretón que estuvo frente al ex cine Marconi. Y tantos otros…
Los “sobrevivientes”.
Eran lugares –algunos- donde había “juntas” de amigos que pasaban horas charlando de distintos temas. Sitios que, de alguna manera, marcaban el pulso de la ciudad.
Pero está dicho, los nuevos tiempos van imponiendo modificaciones y es verdad que cambia, todo cambia…
Y así están los que llevan años al frente de sus comercios, atravesando las habituales tempestades que cada tanto sacuden a nuestro país.
Juancito Palmieri (71) es uno de los “sobrevivientes” de los tiempos difíciles, y cumple precisamente este mes nada menos que 40 años al frente de su kiosco “Juan y Juan”. Estuvo 35 años en su primera ubicación, y desde hace 5 años está instalado en Sarmiento y González.
“Juan y Juan”.
Su nombre completo es Antonio Juan Bosco Palmieri… “Lo que pasa es que el abuelo Antonio era Salesiano y no se quedó con las ganas cuando nací”, se ríe.
“De entrada le quise poner de nombre ‘La deuda’… Pero no me dejaron…”, y una sonrisa delata que iba a ser una “travesura”, y que esa denominación que pretendía imponerle a su kiosco, después lo explicará, tenía un sentido.
Había trabajado desde muy pibe –empezó cuando tenía solamente 12 años- en Casa Muñoz, “porque había un parentezco con sus dueños… así que ahí estuve 20 años hasta que empecé con el kiosco”, rememora.
Çuando pensó en abrirlo, y “como le debía a mucha gente le iba a poner ‘la deuda’, pero mi familia no me dejó. Así que quedó Juan y Juan, por mis hijos, Juan Pablo y Juan Ignacio”.
El flagelo del juego.
Juancito es un tipo bien de barrio al que le gusta conversar, que tiene las cosas claras y puede hablar de todo sin problemas.
Por eso no le cuesta reconocer que hubo una circunstancia que, en su momento, le trajo muchos problemas. Jugaba, y la ludopatía lo arrastró y le produjo daños a su economía familiar… pero por suerte tuvo ese momento de lucidez que le permitió saber que –admite- “estaba enfermo. Pero por suerte entendí que tenía que pedir ayuda… No es fácil, pero hay grupos que contribuyen a superar la situación. Y tengo que decir que a mí me hizo muy bien… pude salir”, dice convencido.
El primer local.
En la esquina de Centeno y 9 de Julio (a media cuadra de El Fortín), en un local que era de sus suegros, abrió el kiosco hace ya 40 años. Y el lugar se convirtió en una referencia para la zona: “Iba antes de las 7 de la mañana, cortaba al mediodía y después a veces me quedaba hasta las 11 de la noche. Y realmente me fue bien, muy bien… sobre todo porque ahí era uno más… Si hasta pasaba que algunas vecinas a veces aparecían para decirme: ‘¡Por favor Juancito! ¿Me cambiás la garrafa de la cocina? En tanto yo te cuido el kiosco...’. Esa era la familiaridad que teníamos”, rememora.
Nueva ubicación.
Y no es que reniega del lugar que hoy tiene su comercio. “Aquí también tengo personas amigas”, pero “diría que hay gente más de paso porque está algo más céntrico”, dice Juan.
De todos modos ahora se toma alguna licencia. “Ya no vengo todo el día… arranco a la mañana y a la tarde viene un muchacho, ‘Pluma’ Fernández. Lo conocía porque él en un tiempo repartía cigarrillos… le dije si le interesaba cubrirme a la tarde y así que ahora nos manejamos de esa manera”.
“Son 40 años en total… a veces mis hijos dicen que deje, pero ellos no entienden que para mí esto es bárbaro. El kiosco tiene para mí un valor emocional”, sostiene.
La familia.
Nacido en Victorica es hijo de Alfonso Palmieri y Alicia Annechini, y tiene una única hermana, Ana María, que fue docente y está casada con ‘Taki’ Del Olmo.
Hace 12 años Juan sufrió la pérdida de su esposa Alicia Vaquer, la madre de sus hijos, que entonces tenía sólo 48 años. Sus hijos son Juan Pablo y Juan Ignacio, que le dieron tres nietos: Juanita (11), Bautista (9) y Félix (5).
Después de un tiempo doloroso encontró refugio y fortaleza en una persona que conocía desde que era apenas un chiquito de 11 ó 12 años. “Fue por las redes que me reencontré con Alicia Cueto, con quien habíamos sido compañeros en la primaria en la Escuela 4… Vivimos en Arenales 556 (Villa Alonso), y estamos muy bien juntos. Y te cuento, también disfruto de los nietos de Alicia, que son Santino, Emilio, Genaro y Shoe. Más Juli que vive en Buenos Aires”, completa.
Le creyó a Sigaut.
Al volver atrás en su propia historia rememora que hasta 1963 vivió con su familia en Rucanelo. “Mi papá había trabajado en un almacén de ramos generales, hasta que más tarde, cuando el ferrocarril era el medio más importante para transportar lo que fuere empezó a llevar vagones cargados de leña para Buenos Aires y Bariloche. Obvio, cuando el tren dejó de correr (‘ramal que para ramal que cierra’, prometió y cumplió el inefable Carlitos, entonces presidente) ese trabajo se terminó”.
Y agrega que, además, “mi padre fue uno de los que le creyó a Lorenzo Sigaut cuando dijo ‘el que apuesta al dólar pierde’. Mi viejo se quedó en pesos y así le fue…”.
Y bien vale un parrafito para aquel ministro de la dictadura: Corría 1981 y después de pronunciar esa frase, a los pocos días, produjo una fuerte devaluación, y no pocos argentinos quedaron en la lona.
Otras promesas.
Y ya que recordamos, fue Eduardo Duhalde el que expresó otra frase célebre: “El que depositó dólares, recibirá dólares”. Y sabemos como terminó todo aquello.
Por si faltaba algo en estos días Toto Caputo sostuvo que “la moneda fuerte será el peso. Los que hoy están comprando dólares pensando que puede ser una buena inversión, los estoy previniendo que no va a pasar”. ¿Ustedes qué creen?
En Villa del Busto.
Juan vivió su adolescencia en Villa del Busto. “Más precisamente en Joaquín Ferro 555. Frente a la familia de los Mata…”, precisó.
Y agrega que esa era una familia de 11 hermanos. “Muy buena gente… si todavía recuerdo cuando la madre de todos esos muchachos y muchachas, doña Irma, que era muy especial, apenas amagaba llover ya había hecho las tortas fritas. Y ahí aparecíamos los Machado (Susana, Carlos, Martha y Daniel); Quique Mario, los Sarale, Hugo Bruno… un montón, y doña Irma nos atendía con una gran generosidad”, sonríe en la evocación.
Atrás de las vías.
Como tantos que vivimos más allá de las vías, tiene bien presente ese territorio que es el de sus mejores recuerdos. Aunque el paso del tiempo haya modificado sus casas, cambiara sus calles y alterado un modo de vivir que, casi, ya no existe.
Esa villa que --mirada desde el centro- quedaba detrás de las vías. Supongo que todos los que vivieron en algún barrio de la ciudad deben tener en su memoria el recuerdo de sus calles y de su gente. Con Juan coincidimos conque nosotros éramos de más allá de las vías… y que bueno que así fuera, ¿o no Juancito?
Los estudios.
Por supuesto transitó las aulas de la Escuela 4 –como corresponde a un buen vecino de Villa del Busto-, y después hizo el secundario en el Colegio Normal. Allí tuvo como compañeros a Gustavo Fernández Mendía, Norita Castro, Alicia Salvetti, Estela García, Susana Machado, Nilda Echeverri, Juan Tierno, Ñaña Ibáñez, Guillermo Fiorucci y Hugo Díaz, entre otros.
A algunos todavía los ve de tanto en tanto. “Claro, cada cual tiene sus ocupaciones, pero el secundario siempre deja gratos recuerdos… Hace poco me dolió mucho el fallecimiento de Guillermo Fiorucci… cada tanto venía a tomar unos mates y se comía un alfajor. Una persona fantástica y un enorme deportista”, lo recordó.
Una gran pasión.
Juan tiene una gran pasión, y es el fútbol. “Me acuerdo con qué emoción me fichó para el torneo de baby que se hacía en el Club Sarmiento un señor Rebesado, que tenía la tienda El Clásico en la Raúl B. Díaz… y era lo nuestro, jugar a la pelota en la calle, o en cualquier potrero… después empecé en la cuarta división de Sarmiento”. Más tarde iba a pasar a General Belgrano, donde pudo debutar en primera división. “Tenía unos nenes de compañeros… Bochi Ramírez,Sapo Argañaraz, ‘Rana’ Otermín, Orfel Blanco, Carlitos Miranda, Eduardo Aguirre, Topo Gallinger, ,Carlos Gómez, Carlos Fortuna y tantos otros”.
Luego, años más tarde, se iba a producir su regreso a Sarmiento, “en un equipo que dirígía Lalo Suárez Cepeda, y en el que estaban amigos como Orfel, Chino Bustos y Caito Cerezal. La verdad es que soy hincha de Sarmiento. Y de Boca”, completa.
El kiosco de hoy
Juan es conversador –”sí, me gusta hablar con la gente”, dice por si hiciera falta- y explica cómo es el kiosco de este tiempo. “Lo que se que no quiero es que el mío sea una despensa… trato que siga siendo lo que siempre fue... aunque admito que hay cosas que cambiaron. Es verdad que no se ve tanta gente fumando como antes, y diría que las personas grandes lo hacen menos que los jóvenes. Lo que me parece es que mientras los chicos fuman poco, son las chicas las que más lo hacen”, evalúa.
“De todos modos es evidente que la industria tabacalera está en crisis. Algún informe que he leído dice que está destinada a desaparecer”, afirma Juan. Y enseguida señala que para el kiosquero “hoy no es negocio, porque los márgenes de ganancias son muy escasos… Antes cada atado nos dejaba un 10%, lo que era bueno. Pero después me acuerdo que cuando la guerra de Malvinas nos empezaron a retener para un fondo especial, que por supuesto nunca le llegó a los pibes que combatían; y ahora además se agregan impuestos y ya casi no conviene vender”, señaló.
“Juan y Juan” es uno de los lugares donde se puede jugar a la Quiniela Oficial. “También, juegan las personas grandes, que lo tienen como una costumbre… pero los más chicos no saben ni lo que es… Ellos tienen a mano el juego on line, y todos sabemos que hoy eso es un problema”, razona.
“Voy a seguir”.
Fue en mayo de 1986 que “Juan y Juan” abrió sus puertas. Es decir que el hombre ha sido kiosquero más de la mitad de su vida. Y todo indica que no tiene ninguna intención de dejar, aunque sus hijos le sugieran que ya está. “Es que ellos no entienden que aquí estoy bárbaro y que hay una cuestión casi sentimental en seguir… ¿Entonces por qué voy a dejar si esto me hace bien?”.
Y, la verdad, creo que tenés mucha razón Juancito. No hay que aflojar…
Productos de la crisis.
La Unión de Kiosqueros de la República Argentina (UKRA) señaló que más de 20 mil kioscos cerraron en la Argentina en el último año, en medio de la escalada de precios y el derrumbe del consumo.
“Desde que Milei es presidente cerró un tercio de los kioscos”, afirmó Ernesto Acuña, dirigente d ella entidad. Dijo que el desplome del consumo amenaza con hacer desaparecer a un sector que históricamente tuvo buena rentabilidad y márgenes de ganancia, pero que ahora, en medio de la crisis, “cierran casi 50 kioscos por día. . Hoy somos 59.850 en Argentina”, precisó.
Siempre habrá kioscos.
Diseminados en nuestro país a partir de los inicios del Siglo XX, se cuenta que nacieron originalmente en Persia y Turquía como pabellones o jardines abiertos, fue en Argentina donde se le dio una vuelta de tuerca al comercio. En Buenos Aires, allá por 1920, la aglomeración de personas esperando el transporte impulsó este tipo de comercio: bastaba con abrir una ventana a la calle para vender cigarrillos y golosinas.
Después pasaron a ser estructuras de madera en las veredas, hasta convertirse en el clásico formato de local minorista.
La palabra kiosco viene del persa kushk (pabellón). En el siglo XIX, los franceses adaptaron la idea en París instalando templetes callejeros para la música y la venta de artículos pequeños.
Hoy los kioscos clásicos de barrio aparecen amenazados en su supervivencia. Y en esa enorme cantidad de comercios que debieron cerrar sus puertas en nuestro país el último año, también se cuentan muchos kioscos.
Pero al cabo existirán siempre porque, como quedó dicho, fueron producto de las crisis.
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