¿Querés recibir notificaciones de alertas?

Las notificaciones están desactivadas

Para activar las notificaciones:

De General Acha a Montreal en moto

Redacción 05/07/2026 - 00.10.hs

Recorrieron 40 mil kms. en dos ruedas hasta Canadá, un pasado de automovilismo "a puro pulmón" cazando liebres para pagar las carreras. Un matrimonio que elige no quedarse en la comodidad del living.

 

MARIO VEGA

 

Quienes transitamos en determinados momentos algunas rutas de nuestro país, inmensas y a veces monótonas, solemos encontrarnos con esos "motoqueros" que —muchas veces en grupos de tres o cuatro, pero a veces en estricta soledad—, montados en poderosas máquinas van como devorando el viento.

 

Me he preguntado, yo que soy un confeso "Juan comodidad", dónde estaría el placer de viajar a grandes velocidades, expuestos a la intemperie. Obviamente, tengo un gran respeto por esos aventureros que se largan a la ruta para hacer kilómetros y kilómetros detrás de un destino predeterminado; un punto en el mapa que de pronto puede quedar "más lejos" por las puras ganas de seguir montado sobre la moto, descubriendo postales que se suman a lo largo del camino.

 

Son admirables.

 

Más allá de mi asombro, siempre pensé que hay otros modos de viajar, más convencionales y más mullidos, para conocer el mundo. Porque hacerlo en esas motos de grandes cilindradas debe tener sus cuitas: la vulnerabilidad en el asfalto frente a los gigantes con acoplado, el cansancio acumulado en la espalda, el viento pampeano-patagónico –o de cualquier sitio-- y los caprichos del clima. No queda otra que ponerle el pecho. Pero que son admirables quienes se deciden a la aventura, de eso no hay ninguna duda.

 

Hay quienes, al llegar a una determinada etapa de la vida, piensan lógicamente en descansar. Buscan llevar un ritmo más tranquilo, una vida bucólicamente acogedora y sin sobresaltos después de años de esfuerzo y de laburo. Pero también están los que eligen, si el presupuesto y la salud acompañan, salir a gastar el mundo.

 

Asado en "La Palomita"

 

Fue Gustavo Mansilla —durante muchos años periodista dedicado al deporte motor y navegante en distintas pruebas de automovilismo— quien me tiró la punta del ovillo. "Conozco a un matrimonio de General Acha que viajó en moto 40 mil kilómetros para ir y volver a Montreal, Canadá. Me parece que es un buen motivo para una de tus notas", me deslizó.

 

Como uno no es muy rogado ante ese tipo de sugerencias cuando huelen a buena historia, rápidamente vino el contacto con los protagonistas. "Se vienen a comer un asado al campo y charlamos lo que quieran...", contestó el motoquero del otro lado del teléfono. En estos tiempos que corren, una invitación de esas siempre es una bendición. ¿O no es así?

 

Dicha compartida.

 

Carlos José Ruiz (66) y Verónica Oroz llevan una vida entera a la par. "Treinta y cuatro años de casados y seis de novios", precisa ella. Se intuye, con solo compartir las primeras horas de la charla, que conforman un matrimonio feliz. Y vaya si en estos tiempos la dicha compartida no es toda una noticia.

 

Mientras el sol marcaba el mediodía, Carlos preparaba la picada en el establecimiento "La Palomita" —ubicado en la zona entre Padre Buodo y General Acha—, controlando de reojo que la carne fuera tomando temperatura hasta quedar a punto. Al rato llegó Verónica; es odontóloga y venía directo de atender a sus pacientes.

 

Sensación de libertad.

 

Ambos son amables, diligentes y no necesitaron de demasiados preámbulos para charlar animadamente de su pasión por los viajes. Disfrutan juntos recorriendo la geografía argentina, pero también otras partes del globo. "El placer de viajar en moto está en la sensación de libertad, la conexión directa con el entorno y la atención plena. Es distinto a un auto, porque no vas mirando una pantalla ni a través de un vidrio, sino que sos parte del paisaje", argumenta Verónica, resumiendo el agrado que produce a los sentidos sumar millas sobre dos ruedas.

 

Un mapa propio

 

Tanto Carlos como Verónica tienen raíces profundas en Acha. Él pertenece a una familia muy conocida: sus padres fueron José María y Olga Elena, y se crió junto a ocho hermanos. Reparte su historia académica entre la Escuela La Inmaculada, la Agrotécnica de Darragueira y La Plata, donde se recibió de abogado. ¿Sus hermanos? María Elena, Patricia, Ricardo, Federico, Ana, Ramiro, Juan Francisco (fallecido) y Eduardo (vive en Canadá).

 

Ella, hija de Abel y Marita Riera, también hizo su recorrido escolar en el pueblo antes de partir a la ciudad de las diagonales para traerse el título de odontóloga. Tenía un sólo hermano, Martín, fallecido.

 

Así como a él le atraen los motores, que a Verónica no parecen disgustarles, ella tiene su propio hobby. “Me gusta bailar flamenco”, dice y una sonrisa habla de su entusiasmo. Es Carlos el que agrega que el grupo que integra su esposa está preparando una presentación. “Es un concurso que culmina en Brasil, pero antes hay una instancia regional”, aclara ella.

 

Muchos años juntos.

 

"Nos conocemos de aquí, de Acha. Y hace mucho que estamos juntos", dice Verónica. ¿Y cuando viajan también están en esa sintonía?, les pregunto. Se miran y sonríen. "No tenemos problemas. Alguna que otra discusión que siempre puede haber, pero nada importante", coinciden.

 

Hoy, Carlos casi no ejerce la abogacía y dedica sus horas a la empresa agropecuaria familiar. Sus hijos, Carlos e Ignacio (Nacho), ya son grandes y "por suerte se pueden hacer cargo de algunas cosas". El punto débil del viaje son las nietas: Jacinta (3) y Francisca (1 y medio). "Se extrañan cuando andamos por ahí, pero ahora con la facilidad de las comunicaciones podemos estar mucho en contacto", explican.Aunque ese "por ahí" de los Ruiz queda, a veces, extremadamente lejos.

 

Tremendo viaje.

 

La última gran locura los llevó desde los médanos pampeanos hasta las calles de Montreal. Un viaje descomunal de más de 40 mil kilómetros que engrosa un odómetro vital que ya araña los 100 mil sobre la moto. No buscan el récord Guinness, no les hace falta la cucarda para mostrarle a nadie, pero la hazaña tiene el sabor de lo extraordinario.

 

Claro que el camino no siempre es una postal perfecta. Hubo una época en que dejaron la moto en Natal, allá en el norte de Brasil, con la idea fija de pegar la vuelta a los dos meses. Pasaron cuatro años. "Volvimos porque mi compañero de viaje, un uruguayo, tenía que terminar unos trabajos. Después nos agarró la pandemia, después él se enfermó y no pudo ir a buscarla... Así que terminé yendo con otro amigo, Alfredo", rememora Carlos.

 

Poderosa máquina.

 

Hoy se mueven sobre una BMW 901 GS. Saben que las rutas modernas exigen respeto. "Manejar puede ser pesado por el tránsito y el peligro, sobre todo en Centroamérica, donde la ruta es caótica y hay que ir muy atento", confiesa él. Hay días de andar despacio, hamacados por el paisaje; y otros de meter puño. En Argentina, confiesan, el velocímetro ha llegado a marcar 170 km/h. Eso sí, hay una regla de oro: de noche no se viaja. La noche es para el descanso, la comida y la charla.

 

Andar los caminos les permite conocer otras culturas, diferentes modos de vivir, y acceder a experiencias que nadie puede tener quedándose en casa. “La verdad es que no hemos tenido problemas con la gente en ningún lado… aunque eso sí, advertimos que en Bolivia no nos quieren”, apuntó Carlos.

 

“¿Inconvenientes? No, por suerte nada… sólo alguna pinchadura, pero poco más. Una vez, eso sí, en una carretera un auto frenó delante y le pegamos, pero por suerte no nos pasó nada”, completa.

 

A puro pulmón (y liebres)

 

Pero antes del silencio de las rutas largas y el ronroneo de la BMW, en la vida de Ruiz hubo ruido. Mucho ruido. Olor a nafta de alta graduación y una pasión que se financiaba raspando la olla.

 

"Cállese, Mansilla, por favor", bromea Carlos cuando su amigo y nexo de esta nota hace que la memoria viaje hacia los años dorados de la mítica Fórmula 1 Pampeana. Era su época de estudiante, cuando en su casa no le daban "ni cinco de bolilla” al misticismo de Carlos por los fierros.

 

A cazar liebres.

 

¿Cómo se corría entonces? "Veníamos a cazar liebres para poder correr. Vendíamos el cuero y la carne para pagar la carrera", evoca con una sonrisa limpia, de esas que solo guardan los que saben lo que cuesta enderezar un chasis. "Era una peña, lo hacíamos todo a pulmón. Terminamos fabricando un auto acá, con gente del pueblo que jamás cobró un peso. Había una pasión tremenda".

 

Era de los buenos.

 

Corrió con un chasis Avante y motor Ford Falcon. Perdió un campeonato en la última fecha, se enojó, largó todo para recibirse de abogado y --ya con el diploma--, reincidió en la pista. Fue piloto y aceleró hasta el 2001, midiéndose con apellidos pesados de la zona como René Dosio, el "Vasco" Di Giovanni, Carlitos Giavedoni, Heraldo Medrano y Daniel y Jorge Keegan. “No podía dedicarle demasiado porque era un hobby y me había tocado hacerme cargo prácticamente de la familia por el fallecimiento de mi viejo y mi hermano", cuenta sin jactancia.Después vino el Supercar Pampeano y el salto mayor: el TC Pista entre 2003 y 2007, compartiendo boxes con los actuales dueños del Turismo Carretera como Jonathan Castellano o Jhonny De Benedictis. Sin embargo, el automovilismo nacional le mostró una cara más fría. "Es un ambiente muy competitivo, cada uno está en lo suyo. No es lo que uno acostumbra en el zonal, donde terminás siendo amigo".

 

El horizonte africano.

 

Carlos elige no hablar de los costos económicos de aquellos años de piloto, prefiere gambetear la respuesta. Hoy, los números que le importan son los del kilometraje.

 

Podrían quedarse quietos en General Acha. Podrían disfrutar exclusivamente del reposo del guerrero, de las nietas y del calor del hogar. Pero se entiende perfectamente que, cuando han pasado décadas de esfuerzo y responsabilidad, el espíritu pida a gritos abrir las alas.

 

Ya gastaron cubiertas por España, llegaron a la cima de Norteamérica y, mientras compartimos el último tramo del asado, revelan el próximo sueño. Carlos lo decreta y Verónica asiente con una sonrisa cómplice. Van a partir desde Marruecos para recorrer África.

 

Y está muy bien que así sea. Porque al final del camino, de eso se trata. Los gustos, las aventuras y la libertad, se dan siempre en vida.

 

Luna de miel entre ruido de motores.

 

¡Vaya si es linda anécdota para recordar! Refleja perfectamente la pasión, la camaradería del automovilismo de antes y, sobre todo, el enorme compañerismo de Verónica.

 

Es una anécdota hermosa de esas que quedan para siempre en el folklore de los pueblos y del automovilismo regional. Cambiar la fiesta de casamiento tradicional por boxes, olor a nafta y una negociación de último momento con un colega de General Acha parece algo muy loco. ¿O no?

 

Sin dudas Carlos tenía una locura hermosa por los fierros, pero Verónica se lleva todos los aplausos por bancar la situación y convertir una carrera de la Fórmula 1 Pampeana en una luna de miel inolvidable.

 

En Colonia Barón.

 

Lo cierto es que se casaron e inmediatamente pusieron rumbo a Colonia Barón. Allí, en un clima de ruido de motores, algarabía de pilotos, mecánicos y allegados, iba a ser la particular luna de miel de Carlos y Verónica.

 

Pero no previeron algo. En el trajín de preparar la boda –y el auto por parte del corredor-- no habían reservado habitación en el hotel del pueblo. Cuando llegaron lo primero que hicieron fue buscar alojamiento. “Me queda una sola pieza y es individual”, le dijo el conserje.

 

“¡Pero no puede ser…! Nos acabamos de casar y nuestra luna de miel será aquí”, explicaron a coro Carlos y Verónica. La respuesta fue: “La última habitación matrimonial la tomó el señor Miguel González hace un rato”. Este era otro piloto de General Acha que también había llegado para competir.

 

Los novios, presurosos, se acercaron al colega corredor para explicarle de qué iba la cosa. El hombre también de General Acha, comprensivo, accedió y les cambió la habitación… Y todo fue como debía ser. La verdad, ¡un genio Gonzalito!

 

¡Historias así ya no se repiten!

 

Una vida en imágenes.

 

En la 66.

 

La foto en un bar sobre “la 66”, la carretera que va desde Chicago a Los Ángeles. Representa “el sueño americano” y “la libertad sobre ruedas”. Carlos y Verónica con una bailarina de flamenco.

 

El campo.

 

Los “motoqueros” de General Acha en el establecimiento rural “La Palomita”, la explotación que Carlos maneja desde hace años. Ella ejerce en la localidad su profesión de odontóloga.

 

Entre motores.

 

Carlos Ruiz y Verónica Oroz. Previo a una competencia automovilística. Cuando se casaron pasaron su primer día en una prueba en Colonia Barón.

 

'
'