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Entre el pincel, la memoria y la calle

Redacción 30/08/2026 - 00.19.hs

La muestra retrospectiva de Osmar Sombra salda una deuda con el artista de la memoria y la militancia. Él ha dejado plasmado en murales callejeros y en el lienzo su compromiso con la vida.

 

MARIO VEGA

 

Dibujante, pintor, actor de teatro, titiritero… y por sobre todas las cosas una persona noble. ¡Cuántas cosas caben en la vida de este hombre!

 

Bocha Sombra es, sin habérselo propuesto jamás, uno de esos tesoros cotidianos que abrigan a la ciudad. Pertenece a esa estirpe de almas transparentes que, apenas al cruzarlas en una esquina, emanan un calor tibio de bondad y de entereza. Basta rozar su trato afable o entregarse a ese abrazo sincero con que saluda para comprender de qué materia está hecho.

 

Osmar Atilio Sombra (82) es, antes que nada, un artista de raza. Nació marcado por ese fuego divino; una pátina de destino que ya se adivinaba en aquel pibe de rulos que, en las aulas de la Escuela 4, deslumbraba a las maestras con trazos y garabatos que presagiaban, con temprana claridad, que sus pasos andarían por los caminos del arte.

 

Atrás de las vías.

 

Debo confesar que el trato frecuente nos fue ajeno, aunque se puede decir que lo conozco desde el origen de los tiempos. Nos une la circunstancia de haber caminado las mismas calles detrás de las vías (hacia el norte), donde crecimos con esa bohemia que no era las de los cafés ni los salones solemnes y elegantes. La nuestra fue la bohemia humilde del patio arbolado, del parral de sombras amables, de las mesas largas donde las noches se estiraban sin prisa entre guitarreros y cantores, siempre prestos al milagro de la reunión improvisada. “Hay un perfume de glicinas y malvones / en las noches ardorosas del trovero", cantaba Pelusa dándole poesía a esos tiempos de música, baldío y duendes. Aquellos días cuando el sonido del paso del tren todavía marcaba el pulso de la barriada populosa.

 

El cuadrado mágico.

 

Sé que me vence la pasión –un fanatismo perdonable, creo- pero me resulta imposible no invocar esa geografía del alma. Ese “cuadrado mágico” que Oscar García tan bien reflejó en su libro “La Patria del corazón”.

 

De ese rincón del pueblo brotaron hombres como Délfor y Osmar Sombra; y también los otros Sombra señores de la pelota y el potrero (Hugo, Lito y Quiche); y Pelusa y Chiquito Díaz, y Oscar García, y El Bardino Julio Domínguez junto a sus hermanos recién venidos del Oeste. Y además ese fantástico jugador de fútbol que fue El Gato Villalba. Y, cavando más hondo en la memoria del tiempo la estampa musical e inconfundible de Leoncio Ramos. Y tantos...

 

A juntar monedas.

 

La familia de Bocha vivió un poco más al norte, en lo que era la Chacra 40 –hoy Maipú y Neuquén--, territorio de llanura y viento donde las infancias maduraban temprano.

 

Desde chiquito le tocó andar y desandar las calles de tierra, mirando aquí y allá para detectar qué vereda tenía un tronco o un montículo de leña apilado para ofrecerse a entrarlo a la casa a cambio de unas monedas. Hizo mandados, juntó huesos secos en los baldíos y recolectó botellas de vidrio vacías para revenderlas por centavos en la chacarita del barrio. Y a la hora del tren, porque antes corría el tren por esas vías hoy difusas --aclaración imprescindible para la memoria de los jóvenes de hoy--, ahí estaba Bocha listo para descender equipajes pesados, o guiar a los viajeros al taxi que esperaba al otro lado de la estación o hasta el hotel San Martín (enfrente mismo) o el París (apenas una cuadra más allá).

 

“Siempre alguna changuita hacíamos… la cuestión era arrimar algo a la mesa familiar”, cuenta Bocha.

 

Sentado en el living de su casa de calle Estrada 624, rodeado de aromas matinales y mientras su compañera prepara el almuerzo, Bocha acepta desandar el hilo de sus recuerdos. Evoca a su padre Lucio, el sostén del hogar con su trabajo en el Molino Werner, ese gigante harinero que fue refugio y sustento de tantas familias trabajadoras. Y a su mamá, doña Dora, el ama de casa coraje que lidiaba con su prole que conformaban Abel (Pirincho) y Norberto (El Negro) –ambos fallecidos--, y Osmar y Lidia Norma.

 

Su familia hoy.

 

Un día el destino hizo que Osmar conociera a Cristina Ércoli. Y no pudo evitar enamorarse. Pero pasaron cosas –¡vaya si pasaron!--, porque enseguida nomás debieron empezar a atravesar tormentas y sortear vendavales. Pero el tiempo, la vida al cabo, puso las cosas en su lugar y pudieron construir esa familia hermosa que hoy disfrutan.

 

Cuatro hijos conforman el clan: Diego (Abogado), Mariano (Mecánico Dental reconvertido en guía de montaña), María Victoria (Cocinera Profesional, trabajando además en la Administración Pública) y María Agustina (Arquitecta). Y ellos les han dado, a su vez, cuatro nietos: Manuel, Facundo, Antonio y Malek.

 

“¡Qué más le puedo pedir a la vida!”, susurra Bocha con una sonrisa que lo dice todo.

 

Los Sombra.

 

En el barrio, el apellido Sombra era invocar la mística de la pelota. Estaban los Sombra malabaristas de la pelota, que a pura finta y amago deleitaban a quienes los admiraban desde afuera; un grupo en el que se anotaban uno de los hermanos de Osmar, Pirincho; y también quien sería su cuñado, Pirulo Cardoso, crack extraordinario de ese tiempo.

 

Sin embargo, el Bocha y su hermano Délfor —el entrañable cantautor hoy radicado de manera obligada por el exilio en México— nacieron con una vibración distinta. A ellos no les atrajo el baldío y la pelota, sino que prefirieron el ámbito de la cultura, el sonido de la guitarra y el misterio infinito de los pinceles deslizándose sobre el lienzo.

 

Pintura y música.

 

Esta inclinación por la pintura llevó a Bocha a las aulas del Instituto Provincial de Bellas Artes, donde se recibiría como Profesor de Dibujo y Pintura, un logro inmenso para aquel pibe de la Chacra 40.

 

El destino caprichoso determinó que jamás ejerciera la docencia formal frente a un aula, de tal modo que su pizarrón fueron los paredones y los letreros comerciales de la ciudad.

 

La pintura y el dibujo, en aquella juventud, caminaba en paralelo con la música. Durante un tiempo integró el grupo folclórico Los Fogoneros, compartiendo guitarreadas y madrugadas junto a Víctor Hugo Godoy, Terencio Fernández y Esteban Alfaro.

 

Cuentan que Bocha rasgueaba la guitarra con soltura, un hábito que el tiempo y las asperezas de la vida terminaron por apagar.

 

Circo de los hermanos Core.

 

Hay aspectos de la vida de Bocha que, seguro, muchos no conocen. Después de cumplir con el servicio militar obligatorio en los inviernos crudos de San Martín de los Andes, regresó a la llanura buscando un rumbo laboral esquivo.

 

Fue entonces cuando la bohemia y el azar lo subieron a las tablas de una compañía teatral integrada al Circo de los hermanos Core. Arriba de la pista Bocha hacía de todo: ayudaba a armar las estructuras, les daba el pie cómico a los payasos y era el asistente del acto central de la noche acompañando a Federico Core: “Un artista extraordinario… vos sabés que el tipo con los ojos vendados le tiraba cuchillos a la silueta de su mujer que se ubicaba sobre un fondo de madera. Pero encima tenían estopa impregnada en querosén y eran cuchillos que iban prendidos fuego… ¡Y te juro por mi vieja que no veía nada, porque yo mismo me encargaba de ajustarle la venda! Era un espectáculo fantástico, la habilidad del viejo era una locura... ¡y mejor que no fallara", recuerda hoy entre risas, con una mirada nostálgica que se queda flotando en el aire.

 

¡A hacer manteca!

 

La vida errante del circo lo llevó hasta Junín, durmiendo en los asientos del colectivo de la compañía. Una madrugada, a las cuatro de la mañana, un golpe seco en la ventanilla cambió sus planes: alguien le ofrecía trabajar en una fábrica de manteca de la zona. “Había que cargar camiones con fardos de manteca destinados a exportación, y como al parecer al dueño le parecí guapo para el laburo me tomó estable. Cinco años estuve aprendiendo a hacer manteca y crema”, rememora.

 

Pero el óleo y los pinceles tiraban más, a la vez que sentía que el desarraigo pesaba demasiado, que lo suyo era pintar el monte y dibujar su paisaje, y pegó la vuelta definitiva a Santa Rosa. “El dueño quería que me quedara, pero entendió… y me dijo: ‘eso sí, tenés las puertas abiertas si un día querés volver’. Pero me vine definitivamente”, completa.

 

El secuestro de Cristina.

 

Ya asentado en Santa Rosa conoció a Cristina Ércoli, y Bocha pensó enseguida que era una de esas historias que prometían una vida entera de mates y complicidades.

 

Pero la realidad argentina de mediados de los setenta no respetaba nada. Pocos días después de ponerse de novios, la violencia política y paraestatal de fines de 1975 destruyó el proyecto de un plumazo: una patota armada secuestró a Cristina en su domicilio particular. Eran las 3 y media de la tarde del 19 de noviembre de 1975.

 

Después que la llevaron Bocha volvió a la casa al final de la Avenida entonces Roca (hoy San Martín Oeste) para ver cómo estaba, y se encontró con la policía. Antes de que lo llevaran detenido, pudo observar que una habitación estaba destruida. “Habían puesto una bomba y la volaron”, contó. “A mí me tuvieron unos pocos días y me largaron”, recordó.

 

El calvario.

 

Iba a ser el comienzo del calvario. “Al principio podía llevarle a la Seccional Primera algunas cosas que necesitara… pero pasados los días nos dijeron que ya no estaba ahí. Fue tremendo porque nadie nos decía absolutamente nada. La verdad que teníamos con sus padres una angustia que nos destrozaba el alma", rememora Sombra con los ojos humedecidos por el peso de la memoria.

 

Junto a su suegro, Guillermo “Mito” Ércoli, a quien había conocido poco antes en su establecimiento rural de Fortín Olavarría, iniciaron un peregrinaje desesperado por despachos, juzgados y comisarías, intentando descifrar en qué rincón de la geografía del horror tenían secuestrada a la joven.

 

Penal de Devoto.

 

Finalmente, llegó el dato: Cristina estaba alojada en el Penal de Devoto, en Buenos Aires.

 

Comenzaba así una de las etapas más dolorosas e injustas en la vida del artista. Mientras los padres de Cristina tenían una autorización precaria para ingresar al penal, a Bocha le cerraban la puerta en la cara sistemáticamente. Viajó nueve veces a Buenos Aires, gastando los pocos pesos que tenía en colectivos y pensiones de mala muerte, presentándose en la mesa de entradas del penal.

 

Cada vez que iba, la burocracia penitenciaria le exigía un papel diferente: un sello nuevo, una firma certificada, una actualización de datos. Una "bicicleta" perversa destinada a desgastar su resistencia.

 

Sin saber bien cómo seguir acudió al recordado dirigente comunista pampeano León Nicanoff, quien lo iba a ayudar dándole una carta: “Andá con esto a Buenos Aires a la Liga Argentina por los Derechos Humanos", le indicó. Allí le aconsejaron que se presentara en el penal como apoderado de la detenida, llenando un sinfín de formularios técnicos. Sin embargo, la respuesta en las ventanillas de Devoto siguió siendo una pared de piedra: “Tiene que venir acompañado por un abogado y un escribano público”, le dijeron.

 

Fue precisamente el escribano al que fue a ver que lo advirtió: “Te están bicicleteando, pibe, y estás llamando la atención… Estás corriendo peligro, no vengas más".

 

¿La liberaban?

 

Cabe imaginar la desesperanza de Osmar ante esa situación. En un momento de la charla quiere explicar que “ya varios meses antes” había una resolución de la Corte Suprema que decía que Cristina debía estar en libertad. Pero eso no pasaba.

 

La angustia llegó a su punto cúlmine el 23 de diciembre de 1977. Bocha fue con su suegra, Luisa, hasta las inmediaciones de la cárcel de Devoto, porque un rumor señalaba que estaban liberando presas. Los familiares de otros detenidos deambulaban por la zona, masticando el mismo silencio de plomo. Alguien alertó que las detenidas ya no estaban en Devoto, y pudieron saber que habían sido sacadas sin que se pudiera advertir y llevadas a Coordinación Federal, al centro clandestino de detención que funcionó en la calle Moreno 1417 de Capital Federal.

 

Había una pista, y allí fue Bocha con un pequeño grupo. Hubo un momento en que la policía montó un operativo de dispersión, cortó la calle y desalojó a empujones y amenazas a quienes esperaban. En medio del desbande, Bocha y un pequeño grupo se refugiaron en un mercadito que funcionaba como verdulería. Con el corazón en la boca, le pidieron permiso al dueño del local para guarecerse de las requisas de la calle. “El hombre fue un tipazo, una billetera de oro en tiempos donde nadie quería meterse en problemas. Nos miró, se dio cuenta de nuestra desesperación y nos dijo: 'Quédense acá muchachos, cierro un poco la persiana y no hay ningún problema”, relata Sombra, reivindicando la solidaridad silenciosa de los comunes.

 

Abrazo del alma.

 

Pasaron los minutos y las horas de una vigilia angustiante, hasta que se hizo la tardecita. De pronto el pesado portón de hierro de la dependencia estatal se abrió de par en par. Un grupo de entre diez y quince mujeres, salieron a la vereda cargando bolsos de lona, bultos y paquetes de ropa. El portón se cerró inmediatamente detrás de ellas con un ruido metálico y seco.

 

Las mujeres se quedaron paralizadas contra la chapa del portón, sin animarse a dar un paso, naturalmente temerosas. Sabían que el terorismo de Estado había montado simulacros liberando a personas en la vía pública, las obligaban a caminar y las baleaban por la espalda argumentando un intento de fuga, plantando luego un arma junto al cuerpo de alguna de las víctimas.

 

Bocha no aguantó más, y tampoco los demás que esperaban junto a él y fueron hacia el grupo… Ignorando advertencias y el miedo que lo había acompañado durante meses, salió corriendo, cruzó la calle y llegó el abrazo del alma. Ese que los fundió de tal manera que los llevó –a él y a Cristina-- a no separarse nunca más. Sí, nunca más…

 

Muestras.

 

De regreso en La Pampa, su arte, sus pinturas de estilo posimpresionista, comenzó a retratar los paisajes de Santa Rosa y la provincia no como atractivas postales de colores, sino como escenarios vivos de la memoria colectiva.

 

En 1982 Osmar Atilio Sombre se incorporó al Centro Pampeano de Artistas Plásticos, recorriendo el país con muestras colectivas en salas de Neuquén, Bahía Blanca, San Luis, Morón y la Capital Federal.

 

En 1986, el reconocimiento de los jurados fue unánime: obtuvo la Mención Especial en el Salón Provincial Pampeano y el prestigioso premio de Alta Propaganda a la mejor obra de un autor santarroseño gracias a su monumental óleo titulado Paisaje de Toay.

 

Muralista de la memoria.

 

En las últimas décadas, el artista mudó su caballete a la calle, transformándose en el "muralista de la memoria". Su trazo fue el elegido por las organizaciones sociales, como Mujeres por la Solidaridad, con el mural de Andrea López y el reclamo de justicia en la entrada misma de Santa Rosa –frente a la rotonda del Avión--, en los paredones linderos al Hospital Lucio Molas y en el corazón del barrio Plan 5000.

 

Pero también reflejó la historia del transporte popular, inmortalizando en lienzos nostálgicos al viejo colectivo de Cutín Pérez, que unía Santa Rosa a través de los guadales con Colonia 25 de Mayo.

 

El homenaje que merece.

 

Se viene una gran muestra retrospectiva del Museo Provincial de Artes dedicada a repasar la trayectoria de Bocha Sombra. Se va a inaugurar el 11 de diciembre y se extenderá hasta febrero de 2027.

 

Un hito cultural necesario para abrazar la obra de uno de nuestros creadores más viscerales. Y también la oportunidad histórica para contemplar -reunidas en un mismo espacio- las obras que pintan como ninguna rincones y sucesos de La Pampa.

 

Cabe decirlo, Bocha no pintó para la vanidad ni para las postales decorativas del turismo. Lo hizo para resistir, para cobijar la poesía errante de Bustriazo en las noches oscuras, y para darle su trazo combativo a la lucha de los organismos de Derechos Humanos en los paredones de la ciudad.

 

Será un justo reconocimiento. Bocha Sombra tendrá al fin una verdadera justicia poética pintada al óleo. Como lo merece. Por gran artista... y por buena gente.

 

El Atelier Museo de Bocha y Cristina

 

En la calle Río Negro 943, el Atelier-Museo “La Cinacina” abre sus puertas como una trinchera contra el olvido. Los más diversos objetos se pueden ver allí. Bocha --¿y también Cristina?-- es un verdadero coleccionista de cosas: piedras, radios antiguas, máquinas de coser que son reliquias, y cuadros con pinturas en las paredes y por todos los rincones…

 

Bocha, creo, pertenece a esa estirpe de hombres capaces de encontrar belleza donde otros solo ven olvido. Como supo definirlo Armando Lagarejo, le seduce cosechar abandonos y jugar con los restos de las cosas para devolverles el alma.

 

Así lo retrató en palabras al contar que una tarde en La Humada, Bocha con apenas dos tronquitos juntados del suelo fue capaz de improvisar una función de títeres de dos horas, regalando magia pura a los chicos del oeste. Es que con esa misma ternura artesanal habitó la vida y protegió a sus amigos.

 

Así es que Juan Carlos Bustriazo Ortiz “llegaba cada jueves a casa y se quedaba. Hablábamos y nos recitaba sus poemas. Lo invité una vez que nos encontramos en el Temple del Diablo y se le hizo costumbre”, cuenta Bocha.

 

Fue un ritual que se repetía y la casa de Bocha y de Cristina se transformaba en el refugio semanal del vate errante. Llegaba con el frío de la noche a cuestas y encontraba en la mesa hospitalaria un plato de comida caliente, un vaso de vino y, sobre todo, anfitriones atentos y ávidos de recibir los versos recién paridos del monte.

 

Esa amistad trascendió la mesa compartida. Con celo de archivista y afecto entrañable, Sombra ilustró las portadas de numerosos libros regionales y rescató manuscritos, papeles sueltos y objetos personales de Bustriazo y del poeta Edgar Morisoli, salvando del naufragio una porción fundamental de la identidad literaria pampeana.

 

Hoy, los estantes de "La Cinacina" custodian esos tesoros: objetos cotidianos del bardo,, cuadros diversos y en cada rincón no hay sólo objetos inertes; hay fragmentos de vidas entrelazadas por el arte y la amistad.

 

Y en un lugar especial, un enorme lienzo con la figura de Bustriazo, sintetiza la grandeza de esa hermandad con el poeta nochernícola.

 

Bocha, el ordeñador.

 

Cuando liberaron a Cristina fueron con Bocha a vivir un tiempo al campo de la familia Ércoli, en Fortín Olavarría. Y claro, él tuvo que empezar a hacer tareas que ni por asomo sabía.

 

Una de esas era ordeñar todas las mañanas. Pero se le complicaba porque la vaca pateaba el balde, mañereaba… y no daba leche.

 

A Bocha le habían dicho que al animal había que hablarle, hacerse “amigo”, pero a él le parecía francamente ridículo.

 

Lo cierto es que la vaca no le obedecía, lo hacía renegar y mucho… “¿Tendré que hablarle de verdad?”, se preguntaba Bocha.

 

Un día, mientras la arrimaba al corral, se animó a susurrarle. Eso sí mirando para todos lados que nadie lo estuviera mirando: “Dale viejita, haceme la gamba… no me hagas renegar”, le dijo cerca de la cornamenta. La vaca paró las orejas, suspiró hondo y se dejó amarrar. Esa mañana no hubo pezuña en el balde ni cabezazos a los tirantes. Se habían vuelto compinches, y el secreto quedó guardado entre la vaca y Bocha, el ordeñador.

 

Del barrio.

 

La charla de Osmar “Bocha” Sombra con el periodista de La Arena. Se conocen desde cuando ambos vivían atrás de las vías hacia el norte.

 

Compañeros.

 

La escena refleja a una pareja que se puede sentir plena. Se acompañaron en los tiempos más difíciles y están juntos desde 1975.

 

Artista.

 

Una pintura con la imagen de una modelo en Buenos Aires. Tiene cientos de obras, aunque no sabe en realidad cuántas son. Se viene la muestra retrospectiva de Bocha Sombra.

 

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