¿Querés recibir notificaciones de alertas?

Las notificaciones están desactivadas

Para activar las notificaciones:

Javier Bassa, la vida en 100 andariveles

Redacción 25/10/2026 - 00.08.hs

Hay vidas que no se escriben en un solo renglón. Y este sería un caso. En un mundo acelerado brilla con fuerza esa gente que hace falta, esas personas que construyen puentes donde otros levantan muros.

 

MARIO VEGA

 

A veces sucede. Presumimos de conocer a alguna gente, y en realidad lo que tenemos presente es nada más que una pátina de la personalidad de una persona. Quizás sabemos algo de su vida, pero sólo de manera superficial. En este caso puedo señalar que he escuchado de Luis Javier Bassa (67) desde siempre, pero sólo una mínima parte de lo que hizo, o lo que hace.Pero es verdad que siempre lo registré. De verlo por allí, como buen deportista décadas atrás –fue el primer nadador pampeano que compitió en un campeonato nacional, o como jugador de básquet ligado al Club All Boys--, y bastante también por ser hijo de un matrimonio que a su manera marcó una época en esta ciudad. Porque quién de los jóvenes de aquella época no estuvo alguna vez en Kascote, o quizás en el Café de Sonia, por nombrar dos lugares emblemáticos de la noche santarroseña. Clide Bassa era el papá, empresario dueño del boliche más icónico que hubo por aquí. Y el Café de Sonia –que por muchos años reunió a músicos, poetas, e intelectuales en un cálido ambiente de bohemia-- era llevado adelante por su mamá, Sonia Tueros.

 

Muy apreciado.En estos días, charlando con quienes lo trataron más accedí a saber que Javier es, primero, alguien muy querido. Una persona de fuertes convicciones, y que siempre está haciendo algo. Ya practicando un deporte –mucho menos que antes, claro--, o actividades vinculadas a su cuestión laboral… Y por si faltara algo continúa como referente del teatro en nuestra provincia. Al punto que fue uno de los principales impulsores del ATTP (Asociación Trabajadores del Teatro Pampeano), del que es su socio número 1. No fue sólo protagonista en natación, sino también en básquet, pelota a paleta, fútbol y boxeo. Y –siguiendo a uno de sus hijos-- supo prenderse en competencias de karting. Inquieto, emprendedor, decidido, suele hacer gala de un humor que divierte a quienes lo rodean. Tiene además el don de la buena gente, de la que ofrece su casa o lo que sea con generosidad para que sea punto de encuentro cada vez que se necesite.

 

Hombre comprometido.

 

Incursionó en política –es declarado peronista-- y fue en su momento secretario de Gobierno de la ciudad en que vive durante la intendencia de Omar Avila; y hasta en algún momento se le cruzó la idea que podía pujar por el municipio de su ciudad.

 

Sí, es de esa clase de personas que hacen falta. De los que no se quedan de brazos cruzados, sino que tienen una motivación interna inquebrantable, de esas que invierten su tiempo, energía y generosidad de manera voluntaria en causas comunitarias, ya en la cosa pública, en un taller de teatro independiente o en cuidar a un amigo enfermo. Ese es Javier Bassa.

 

Por supuesto antes de todo eso hubo un pibe lleno de inquietudes, con cosas que le iban surgiendo en el camino y que él afrontaba poniéndole todo. Con la pasión de los que acometen las situaciones con un compromiso inquebrantable y un entusiasmo desbordante hacia una actividad, una causa, una profesión o una relación. Y eso pasa con Javier. Su familia. Como quedó dicho sus padres fueron Clide y Sonia, y tiene tres hermanos: Sergio, ya jubilado residiendo en Buenos Aires; Florencia que vive en Rosario y es nutricionista; y Juan Silas Bassa reconocido concertista de piano que triunfa en Europa.

 

Javier considera a General Acha su lugar en el mundo, el sitio de paz ideal para su gran familia ensamblada. Tuvo un primer matrimonio cuando vivía en Santa Fe (había ido a estudiar Abogacía), y dos hijos de esa relación: Luisina y Antonela.

 

Luego, transcurridos los años, de su unión con Verónica Tosseli (“hija del Gringo Toselli”) llegaron Santino, Octavio y Catalina. Y más tarde los nietos -- Ema (16), Oliver (1) hijos de Antonela; y de Luisina son Luca y Tony, mellizos de 4 años-- que completan el grupo que obviamente es central en la vida de Javier.

 

Escuetamente explica que tiene una hija más que casi no ve porque vive en Europa. “Con Paloma tengo poca relación por la distancia…”.

 

“¿Cómo conocí a Verónica? Ella cayó una noche con una amiga al Café de Sonia… me pareció que me miraba y entonces me acerqué y la invité con una cerveza. Al tiempo nos pusimos de novios y nos casamos…”. Es abogada y ahora es la titular por concurso del Registro Automotor de General Acha, donde también se desempeña Javier. “Nos cruzamos por primera vez hace 26 años y aquí estamos… felices”, afirma, y una amplia sonrisa aparece en su rostro.

 

Nada le es ajeno.

 

Vecino entrañable de la Santa Rosa de la infancia, hoy es puntal de la cultura en General Acha. Javier (“Pipío” para todos en el club All Boys porque dicen que cuando nadaba salía del agua como un pollito mojado), reconoce una vida de mil andariveles: de la pileta auriazul a su intervención en competencias nacionales, pasando por llegar al título de abogado para cumplir una promesa familiar.

 

Mucho anduvo en esos veranos dorados en los boliches de sus padres, Clide y Sonia, en un transcurrir donde nada pareció serle ajeno. Y así el deporte, el estudio, la política y el activismo apasionado en los escenarios independientes de la ATTP y el Grupo Arlequín lo tuvieron como protagonista.

 

Es cierto, hay hombres que parecen negarse a vivir en un solo renglón. Espíritus movedizos, moldeados con el barro de una época en la que la vida se aprendía en la vereda y el mundo se medía por la lealtad de las barriadas. Javier Bassa pertenece a esa estirpe de hombres de brazos abiertos y risa franca, cuya biografía no es precisamente una línea recta y monocorde.

 

La cuna de Gil 166.

 

Para comprender el gen emprendedor y el imán social de Javier resulta indispensable asomarse al portón de su casa paterna. Se crió en un hogar de puertas anchas, donde las tertulias y las mesas largas eran el paisaje cotidiano.Sus padres fueron auténticos pioneros del comercio y la vida social santarroseña. Su mamá el alma de la recordada Sedería Ivalú y, más tarde, del emblemático Café de Sonia, un punto de encuentro ineludible en el centro de la ciudad. Su padre –quedó dicho-- el dueño de Kascote.

 

La familia vivía en la calle Gil al 166, y desde allí los hermanos Bassa hicieron de esa zona de la ciudad su territorio de pequeñas fechorías y aprendizaje. "Nos criamos en la calle, estábamos todo el día en algún club practicando deportes o haciendo macanas, esa es la verdad", confiesa Javier con una sonrisa que descoloca la solemnidad de los años. "Pensá que no había televisión ni celulares; era la calle pura y darle para adelante". Una noche gloriosa. De aquellos tiempos en el boliche de su padre, atesora una anécdota que marcó su debut precoz en las bandejas. Javier tenía apenas 12 ó 13 años cuando un sábado a la mañana el "Tero" García —el DJ oficial de Kascote— fue a avisarle a Clide que se iba de mochilero a Bariloche. El hombre se agarró "una luna increíble" al quedarse sin su hombre de la música para la noche más fuerte de la semana. Desesperado, miró a su hijo y le preguntó si se animaba… Con la ingenua inconsciencia de la infancia, Javier tiró un "sí" rotundo. Clide, rápido de reflejos, sacó una publicidad de urgencia en la radio anunciando que "el DJ más joven del mundo" pasaría música ese sábado en Kascote. El boliche se llenó y dejó gente afuera. Javier recuerda con nitidez la imagen de la cabina vidriada rodeada de curiosos, que miraban asombrados cómo ese pibe manejaba los discos de vinilo. Fue una noche divertida y gloriosa que llegó de la mano de la audacia familiar. Un estudiante errante. El mapa escolar de Javier Bassa refleja su espíritu itinerante. Pasó por el jardín de infantes de las monjas, cursó de primero a tercer grado en el Santa Rosa College, cuarto y quinto en el colegio de los curas, y finalizó la primaria entre sexto y séptimo en la Escuela Normal. La secundaria la inició en el Colegio Industrial, justo en el histórico año en que se incorporaron mujeres a la matrícula, pero las distracciones de la juventud le hicieron perder el curso en las vacaciones de invierno. Siguió en el Colegio Nacional, y más adelante en Buenos Aires pasó como alumno pupilo por el Juan XXIII y el Nacional de Buenos Aires. Terminó el ciclo secundario en el bachillerato nocturno Simón de Iriondo de Santa Fe, alternando ya los libros con el trabajo diario. Nadador promisorio.

 

Decía al principio que su historia deportiva comenzó a escribirse de buena manera en el agua. Cuando promediaba el séptimo grado, el recordado "Píldoro" Gazzia detectó sus condiciones y se lo llevó un mes entero a Buenos Aires para entrenar de cara al Campeonato Argentino de Natación.Paraba en una pensión de estudiantes junto al propio "Píldoro" y entrenaba en los andariveles de Independiente y posteriormente en el Ateneo. Javier rememora hoy que el profesor que lo pulió técnicamente había sido el entrenador de Luis Alberto Nicolao, el máximo prócer de la natación argentina.

 

Tenía apenas 12 años y compitió en una exigente categoría sub-14, y ciértamente acarició la gloria al clasificarse en el puesto 14 entre casi cien nadadores. Fue todo un acontecimiento para aquel pibe que se había formado en torneos locales en las piletas de All Boys, El Prado y Estudiantes.El deporte, además de templanza, fue el gran tejedor de su inagotable red de amigos. Evoca las tardes de fútbol en la canchita de tierra donde hoy se levanta el Hotel Calfucurá, o las inferiores de básquet en All Boys, club que lo contuvo muchísimo y se transformó en su segundo hogar cuando se produjo el divorcio de sus padres.

 

El colimba boxeador.Cuando llegó la edad fue convocado para el servicio militar, e iba a hacer la colimba en un momento de extrema tensión internacional: el conflicto del Canal del Beagle con Chile. La emergencia estiró su permanencia bajo bandera durante 18 largos meses.

 

Fiel a su costumbre de buscarle la vuelta a la adversidad, en el cuartel se anotó en boxeo. "Fue muy gracioso", rememora, "porque cuando practicábamos en los entrenamientos gané todas las peleas, pero cuando subí al ring de verdad, perdí las dos oficiales... la última por nocaut. ¡Hubo que retirarse…! Hay que contar las perdidas también”, dice con una sonrisa. La abogacía.

 

La abogacía estuvo en los planes de Javier desde su infancia, cuando miraba con profunda admiración a Ramón Turnes. Después de superar un restrictivo examen de ingreso en la Universidad Nacional del Litoral en Santa Fe --ingresaban solo 300 alumnos sobre 4.000 inscriptos-- , Javier cursó como alumno regular, alternando los botines con los códigos.

 

Es que si bien en Santa Rosa jugaba al fútbol con amigos (su amigo Gustavo Gallego, con sorna, lo define como “entusiasta futbolista”), no era de los mejores. Pero como tenía eso del deportista nato, utilizó esa condición para transformarse en un número 9 goleador, y así integró la Selección de su Universidad del Litoral. “¡Y fuimos campeones! Se jugó en San Juan, y había prometido que si lográbamos el título dejaba mi camiseta en el santuario de la Difunta Correa… Eso hice, y ahí me asombró la devoción de los sanjuaninos por lo que es una leyenda para ellos”, se admira aún hoy.

 

“Javier Bassa Calzados”.

 

El imperativo de la vida familiar lo llamó temprano. Se casó a los 23 años y llegaron sus hijas mayores, Luisina y Antonela. Y ahí las cosas cambiaron abruptamente porque hubo la necesidad de mantener la familia, y eso lo alejó transitoriamente de las mesas de examen.

 

Consiguió trabajó en la Junta Electoral y luego volcó la tradición zapatera de su familia abriendo un comercio en Santa Fe: “Javier Bassa Calzados”. Y le fue bien, al punto que llegó a administrar dos locales con éxito.

 

Pero el vacío de la carrera inconclusa seguía allí. Cada tanto se quejaba de no haber podido terminar la facultad, hasta que un día su hija Luisina lo arrinconó sin darle opciones: “Dejá de quejarte de una vez por todas y volvé a estudiar”. El reto fue el resorte definitivo. Javier vendió sus dos zapaterías en pleno funcionamiento, se encerró a estudiar con la disciplina de los viejos nadadores, se recibió de abogado y regresó a su tierra pampeana.

 

Cómo llegó al teatro.

 

“Te cuento una anécdota: los grupos de padres de primaria de mis hijas en Santa Fe eran realmente muy creativos. El curso de Antonela que iba a sexto grado organizaba las fiestas escolares, y el padre de una piba, de apellido Venturini, que era un gran titiritero me decía que estudiara teatro. Cuando volví a La Pampa Antonela me contó que Venturini había fallecido en un accidente… me apenó mucho, y la verdad que lo que me había dicho siempre me había quedado rondando”, cuenta.

 

Un día, pasando por donde Pedro Di Nardo enseñaba teatro se le dio por preguntar, y allí empezó.

 

Se entusiasmó y nunca más dejó. Hay que decirlo, varias personas que compartieron las tablas con Javier sostienen que “es buen actor… le creés cuando lo ves en escena. Y como director también se destaca”, dijo uno de los más veteranos teatreros de Santa Rosa que no quiso que lo nombrara.

 

Impulsor del ATTP.

 

Lo cierto es que la actividad teatral lo atrapó a Javier, y allí estuvo su espíritu creativo para darle forma al ATTP. “Veía que algunos grupos no tenían relación entre ellos, y se me ocurrió que había que juntarlos. A la primera reunión en el CMC fueron unas veinte personas y decidimos arrancar; así que armé los papeles para la personería jurídica y hoy soy el socio número uno”. Pely Malgá fue electo presidente y después vino la movida que todos conocemos.

 

Más tarde Javier Bassa fue designado presidente pero “fue en época de pandemia… yo viviendo en General Acha y la verdad no pude hacer mucho”, reconoce.

 

El Grupo Arlequín.

 

No obstante siguió trabajando en lo teatral con el Grupo Arlequín, participando de cuatro encuentros provinciales. Así, con “Un amor en Chajarí”, dirigida por Norberto Tojo, logró el premio a mejor actor; y ahora mismo el grupo de General Acha está celebrando sus 20 años.

 

Con Arlequín Javier tomó parte del festival Psigomáticos del Humor en Santa Rosa: “Ahí escribí a pedido de Omar Lopardo un monólogo que fue muy bien recibido”, amplía.

 

En tanto junto al mismo Omar y Amparo Fernández hicieron la obra “Cangrejal”. “Ganamos y fuimos a representar la provincia en un festival de Neuquén”, precisa Javier.

 

“Buen actor, y un tipazo”.

 

“Es un excelente compañero, apasionado del teatro, generoso y solidario. Es muy buen actor…”, lo define Amparo. “En estos tiempos tan hostiles hacen falta más Javier Bassa, que construyan en su territorio… él lo hace ahora en General Acha articulando un armazón de solidaridad, teatro, amor y militancia”, completa.

 

Otro actor y director (el mismo que no quiere que lo nombre) no tiene dudas: “Un tipazo… además buen actor y director. Y siempre con esas ganas de ir por más”, señala.

 

Un sueño hermoso.

 

Su entusiasmo no decae, y en la mente de Javier Bassa ronda un sueño: “Quiero hacer un teatro tipo ATTP en Acha… ¡o mejor! Un cine teatro... aunque ahora las cosas están complicadas con este hombre (Javier Milei) al que no sé si llamar presidente. Agrede, insulta y lo malo es que si la cabeza es violenta eso se traslada hacia abajo...”, reflexiona.

 

Y como siempre va por más amplía el sueño: “Me encanta cocinar, y cuando esto mejore me gustaría poner un restaurante. Es otra idea que me ronda”, agrega.

 

Cuando le pregunto como ve la provincia es contundente: “(Sergio) Ziliotto para mí está haciendo una muy buena gestión. La verdad es que a General Acha le ha dado mucho. Y no importa que el intendente (Abel Sabarots) es radical… el peronismo se caracteriza por no diferenciar cuando alguien es de otro partido”, razona.

 

“Un loco lindo”.

 

Aunque ama General Acha, Javier tiene muy presente el mapa de esa ciudad capital donde nació, hoy tan distinta de aquella que transcurrió cuando las infancias se hamacaban entre el guardapolvo blanco y las tardes eternas en el club. Hoy mira el camino recorrido con la satisfacción de quien ha hecho de la amistad su ley primera y del servicio comunitario una forma de dejar huella.

 

¿Qué se me ocurre ahora sobre él? Me da la impresión que es "un loco lindo". Una persona auténtica, divertida y entrañable, que genera afecto y simpatía; alguien que se mueve al ritmo de sus propios impulsos –aunque puede escuchar la “sugerencia” de una de sus hijas que lo mande a estudiar-- y no parece importarle demasiado la rigidez de lo convencional.

 

Y pienso… cuánta falta nos hacen más locos lindos, de esos que van por allí soñando, disfrutando de las pequeñas cosas que la vida nos ofrece todo el tiempo… Y entonces digo: ¡Dale Javier… seguí así que vas muy bien! Claro que sí.

 

“Loco lindo” con montón de amigos.

 

Javier Bassa supo hacerse de una enorme cantidad de amigos, de aquellos de su primera juventud y de la actualidad. En Santa Rosa y en General Acha. “Me voy a olvidar de alguno pero bueno… Poné al Gustavo Gallego, Pata Barreix, Rubén Wals y su esposa Claudia con el que somos familia… y además Conejo Maceira, Adriana Dossio, Lolo Capello, Graciela Ligaluppi… ¡Son un montón! A todos los recuerdo con cariño, con alegría”, señala.

 

Gustavo Gallegos,empedernido bromista, lo gasta siempre a a Javier diciéndole que si no fuera por la cantidad de amigos y porque tiene una familia grande, no lo iría a ver nadie al teatro. Obviamente, se trata de una broma.

 

El mismo Gustavo recuerda que cuando Javier fue a estudiar a Santa Fe él agarró para La Plata a empezar Abogacía… “Me tuve que volver porque me amenazó la Triple A”, relata Gallego con una sonrisa. Sus amigos dicen que en realidad se volvió porque era vago, nada más.

 

A Javier le gusta recordar que con Pata Barreix se hacían “la rata” en la primaria. “Salíamos a caminar por todo Santa Rosa y como no teníamos un lugar donde estar nos descubrían fácil… éramos dos chicos caminando por toda la ciudad con guardapolvo y portafolios…” se ríe.

 

Y cuenta: “Una vez que lo operaron al Pata en el Sanatorio Santa Rosa iba y me quedaba con él… Yo era alumno del Don Bosco, así que pasaba a la mañana por el sanatorio y me quedaba con él. Al tercer día que no fui al colegio mis padres preguntaron por qué… Me retaron bastante pero zafé porque en mi defensa les dije que tenia que cuidar a mi amigo. Y eso no lo vieron mal”. Y así fue siempre. La amistad, para Javier, es sagrada.

 

'
'