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Las tijeras que hacen reír

Redacción 31/10/2026 - 00.04.hs

Cortar el pelo puede hacerlo cualquiera, pero Paula Grimalt es una especie de superheroína para todos los niños y las niñas de Santa Rosa, pero sobre todo para las mamás y los papás que no saben bien qué hacer con el cabello de sus hijos.

 

No es fácil que un pequeño niño se siente de manera voluntaria para que alguien les corte el pelo. En medio de ese no saber qué hacer aparece “Mamá Peluquera” para salvar el día, el infinito y más allá. Paula Grimalt llega todos los días a la peluquería y se pone su capa, que en verdad más que una capa es un delantal.

 

Llegan los niños y Paula sonríe, corta el pelo y sonríe, barre y sonríe, siempre sonríe porque si hay algo que ella tiene muy claro es que no hay nada más lindo que alguien te haga sentir especial, que te haga sentir bien.

 

Ir al local de Mamá Peluquera (@mamapeluquera.lp en Instagram), en el barrio Procrear –Nicolino Locche 669-, es abrir la puerta para ir a jugar, porque una vez que se abre ese mundo hay juguetes y juguetes y más juguetes y mientras los chicos juegan, Paula se acerca, les habla, les hace chistes, les busca una capa temática de Spiderman, de Hulk, de emojis sonrientes, de Mujer maravilla, y les ofrece un auto o una moto para que se sienten y ella pueda empezar con su magia.

 

En el caso de que algún niño o niña no quiera sentarse, Paula se pone de rodillas o se agacha, se sienta a la par, de igual a igual y, como un malabarista, empieza a cortar el pelo. “Me encantan los peques. Me encantan las ocurrencias que tienen, las salidas, lo que dicen y lo agradecidos que son. Porque quizás no quieren cortarse, pero a veces no es eso, es que simplemente necesitaban otro tiempo”, detalla la peluquera infantil en la charla con LA ARENA.

 

Confianza.

 

Paciencia. Son más de 45 minutos de paciencia. Al menos ese es el tiempo que Paula estima que le puede tomar hacer un corte. Pero no piensa en el tiempo, piensa en hacer sentir bien. Que los niños y las niñas siempre quieran volver.

 

“Yo no pretendo que ellos vengan derecho a sentarse y se pongan la capa y se dejen mojar el pelo. Yo los observo y miro cómo llegan. Si veo que tienen miedo o vergüenza, encaro la situación por otro lado. El corte es secundario. Pero termino logrando que esa criatura confíe en mí. Les digo alguna pavada, jugamos con algún juguete o les pongo algo en la tele y bueno, terminamos divirtiéndonos”.

 

“Después se van con una sensación agradable, se dan cuenta de que no fue traumático y no tienen ganas de irse. Y lo mejor es que después vuelven, las familias los vuelven a traer porque ellos piden volver a la pelu. Eso me dicen, que querían volver a cortarse el pelo. Es re lindo y lo disfruto un montón, creo que ellos me dan más brillo a mí”, resalta Paula.

 

Pero “Mamá Peluquera” no es solo una heroína para los más chiquitos, también lo es para las mamás. No solo porque cada madre descansa en que su hijo o su hija va a estar bien, sino porque Paula hace poco empezó a dar turno para ellas también. “Siempre les corté solo a los niños, pero algunas mamás me empezaron a preguntar si les podía cortar las puntas. Y empecé a ver que los chicos llegan impecables, pero que las mamás no tienen tiempo para ellas. Y me acordé. Yo también estuve ahí y me puse en el lugar. No me costaba nada cuidar a una mamá. Pero mi público sigue siendo básicamente infantil. No quiero que se pierda eso”.

 

Los pequeños momentos crean grandes historias. Hay que cuidar el recuerdo. Hay que hacer sentir bien y Paula tiene eso muy en claro. Sabe cuando una familia llega desesperada, que no saben qué más hacer porque no dieron con el lugar: “Hoy en día se usa mucho llevarlos a la barbería y si los niños se sienten bien, está perfecto. Yo siempre les digo que prueben, que visiten a otros peluqueros. Pero a veces, la máquina los asusta, los asusta mucho esa vibración, el ruido intenso en la oreja. El otro día vino un chiquito de dos años y estaba muy angustiado. No quería saber nada. Antes lo habían llevado a una barbería. Y yo prefiero ir lento, de a poco, y corto con tijera. Así nos aseguramos de que el corte quede bien y de que se vaya feliz”.

 

Bebés.

 

Mamá peluquera también hace el primer corte del bebé y ni siquiera ahí se olvida de lo que ella sintió cuando a su hijo le cortaron el pelo por primera vez. Lo que tenía que ser un momento feliz, en verdad no lo fue. “A todas nos gusta sacar fotos y que nos quede un recuerdo. Creo que todas tenemos guardado un mechón de pelo de nuestros hijos. Por eso yo les doy un diploma de primer corte y les pego un mechoncito. Después me di cuenta de que a los hermanos más grandes no les daba nada, entonces armé un diploma de valentía. Vieras la emoción con que se van. Inflan el pecho, pueden con todo, son valientes”.

 

“No quiero ir al parque, quiero ir a la peluquería”, dice un niño de cuatro años. La mamá se lo lleva de la mano, le promete churros, alguna que otra golosina, pero el niño no se quiere ir. Más allá de que Paula es peluquera y que se ocupa de la estética, ella no habla del cabello, tampoco habla de la estética o de cómo quiere que le quede el corte, el objetivo principal es darles el tiempo y el lugar para que ellos se sientan bien, para que siempre quieran volver al lugar en el que fueron felices.

 

“Yo siempre quiero que las personas que vienen se sientan bien, que se sientan bien recibidas, que sepan que no son uno más, que acá los conozco por su nombre y por las cosas que les gustan. Yo creo que lo mío es más una experiencia, un momento, una emoción. Por eso después quieren volver a cortarse el pelo conmigo, porque se acuerdan cómo los hice sentir, cómo los hice vivir ese momento. Después, quizás, ni siquiera saben qué les hice en la cabeza, pero cómo los hice sentir eso es siempre lo que los hace volver”.

 

Paula está exactamente en el lugar en el que tiene que estar, con la magia en las manos y con la confianza en su voz, aprendió una vocación que convirtió en oportunidad. Incluso en los momentos difíciles, Paula no se rindió. Ella cree en su mundo feliz, en acompañar con gratitud, en poner en movimiento toda su alegría. Siempre empática, siempre atenta, un lugar al que todos quieren volver.

 

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