Mario Chaves, maestro de los detalles
Ha sido un deportista estupendo y pionero del sóftbol nacional. El Negro Chaves vuelca hoy su rigurosa autoexigencia en las crónicas de Deportes Capital, demostrando que la pasión no sabe de retiros.
MARIO VEGA
A Mario Humberto Chaves lo conozco desde hace casi seis décadas. Al principio porque transitamos el mismo camino en el deporte, y ahora mismo porque nos atrapó otra pasión inexplicable: el periodismo.
Quienes hemos caminando los diversos escenarios deportivos de por aquí sabemos perfectamente que la memoria no es un archivo frío de computadora, ni una carpeta que se encarpeta en un disco rígido.
Existen los que ignoran la historia y sus protagonistas, y no está bien. Claro que no.
Hay que decir que la memoria es un entramado complejo de rostros mudados por el tiempo, de alegrías y algunas penas compartidas que siempre acechan, de abrazos de vestuario y de trayectorias que, le pese a quien le pese, cimentaron el suelo que hoy pisan con naturalidad las nuevas generaciones.
La autoexigencia.
A veces, si uno lo mira de lejos, con lapicera y un cuaderno en una mano, y una cámara fotográfica colgando de su cuello --en cualquier predio de la periferia donde haya una competencia deportiva-- podría dar la falsa impresión que El Negro Chaves es un tipo de pocas pulgas, un hombre hosco o distante. Pero se trataría de un grosero error de diagnóstico.
Lo que Mario trasunta en cada gesto no es mal humor; sino un nivel de importante autoexigencia. Porque es riguroso, casi obsesivo de los detalles. Una manera de ser heredada de aquellas épocas fundacionales en que el deporte se tomaba como una verdadera profesión del alma.
Al Negro Chaves le gusta --es verdad, con justa y legítima razón—, que quienes lo rodean en la vida manejen el mismo nivel de compromiso y respeto por la tarea emprendida.
Lugares comunes.
Hemos conversado mucho a lo largo de este viaje de la vida. Hablamos de los avatares cotidianos, de las ausencias imborrables que nos van dejando los años y, por supuesto, de esa pasión indomable que nos unió desde muy chicos: el sóftbol. También, aunque de forma un tanto más tangencial, nos cruzó la mística del fútbol, pero hoy el es periodismo nuestra mayor, más madura y más entrañable afinidad.
Lo reconozco y lo respeto por lo que es: un gran laburante de toda la vida, de esos que dejaron una huella de eficiencia, puntualidad y responsabilidad en cada rubro donde les tocó desempeñarse. Empezó ayudando a su familia como cadete en una despensa del barrio, luego fue oficinista, y más tarde tuvo un paso por el histórico Molino Werner —ese gigante que alimentó el desarrollo de Santa Rosa— y, finalmente, resultó un muy eficiente empleado bancario en distintas entidades de la ciudad.
El periodista.
Hoy, en la etapa de su madurez, puedo decir sin equivocarme que es el cronista deportivo al que más se lo ve en el llano santarroseño.
Dueño de su propio medio gráfico y digital, “Deportes Capital”, y conductor de un escuchado programa matutino en la versión local de radio La Red, Mario Chaves es, sin lugar a dudas, un personaje de nuestro deporte y un periodista respetado en el ambiente por su capacidad de trabajo y su honestidad.
Diría, sin intención de molestar a ningún colega, que es el que más trabaja en el área. Hoy lleva adelante la noble tarea de informar con la misma meticulosidad técnica con la que corría las bases de joven o lanzaba la bola hacia el home.
Nosotros y el sóftbol.
Aunque por estas horas me comentó que recordaba que nunca compartimos un equipo de sóftbol de manera oficial, debo decir que la memoria es un réferi inapelable que no acepta discusiones: jugamos juntos varios torneos argentinos defendiendo con orgullo los colores de la provincia de La Pampa.
Siempre tengo presente una frase de su autoría que define a la perfección la mística profunda del bate y el guante: “El sóftbol es una suma de pequeños detalles…”. Nada más cierto. Es una escuela de paciencia y precisión donde jamás se termina de aprender del todo.
En un momento de la charla me recuerda: “Con vos Mario (me habla a mí), si habremos puesto de nuestros bolsillos para la compra de pelotas, bates, guantes y lo que hiciera falta”. No lo dice, pero sé que en una oportunidad cobró su sueldo en el Banco donde trabajaba y en Danlow Sport (casa de deportes) compró 20 guantes de sóftbol que distribuyó entre los chiquilines a los que entrenaba en su barrio.
Sí, porque era así; el que podía, bancaba, sin pedir nada a cambio y sin alarde alguno. “Era espontaneidad pura. Así sentíamos el deporte”, define.
La familia.
Mario Humberto Chaves nació en esta capital, en el seno de un hogar donde el trabajo y la dignidad del esfuerzo eran las leyes primeras. Fue hijo de Luis Chaves, oriundo de Trenque Lauquen, quien se desempeñaba como un excelso artesano marmolero, un orfebre encargado de grabar a puro martillo y buril las letras de plomo y los nombres que hoy abundan en las lápidas del viejo cementerio local. Su madre fue María Berta, una toayense que entregó su vida al cuidado silencioso de sus tres hijos: Ángel Eduardo, Luis (fallecido tempranamente a los 44 años) y el propio Mario.
Su descendencia es hoy su mayor trofeo y su orgullo más sagrado. Sus hijos son Mariana (vive en Epuyén junto a su nieto Natán), Mario Gastón (administrativo en Imago y padre de sus nietas Lourdes y Sol), Nadia Geraldine (fue excelente jugadora de vóley. Hoy como docente es empleada en el Ministerio de Educación, y es mamá de Catalina); y Jimena, su hija del corazón que se desempeña como agente publicitaria.
Han pasado apenas unos meses del fallecimiento de su compañera Silvia Eberhardt (en sus tiempos atleta, lanzadora de jabalina), y Mario afrontó con entereza el golpazo. “Porque claro, mi familia es siempre primero… Nos juntamos en la casa de mi hijo o en la de mi hija, y ahora soy visitante; pero cuando estaba Silvia la mayoría de las veces éramos locales. Nos gustaba que vinieran.... Hoy todo cambió… Ella partió a un plano existencial, estoy convencido”, dice y mira hacia algún lado.
Siempre el deporte.
La infancia y adolescencia de Mario transcurrieron en la entrañable barriada de las calles Uruguay y González. En las veredas de aquella Santa Rosa de antaño no hacían falta consolas de videojuegos, pantallas táctiles, ni celulares. Se despuntaba el deporte por el puro gusto de la aventura callejera y con una pasión que rozaba el fanatismo. Enfrente de su casa natal se abría un inmenso terreno baldío, un descampado de tierra y abrojos que formaba un triángulo perfecto delimitado por la avenida Uruguay, Autonomista y Juan XXIII. Ese triángulo fue su primer gran estadio olímpico. Allí, de sol a sol, se practicaba absolutamente de todo: fútbol de potrero, béisbol improvisado, sóftbol…
Las canchas de los curas.
Los sábados eran días sagrados de encuentros en el colegio de los curas, el Domingo Savio. Allí se jugaba pelota a paleta en la cancha abierta que se abría hacia la derecha, al básquet en playones ásperos; y al fútbol en dos canchas —una de baldosas que te rompía las rodillas en cada caída y la otra de ladrillos—; y además estaban los juegos de mesa como el ping-pong o el metegol. No se les escapaba nada y a todo le hacían los pibes del barrio.
Y por si faltaba algo, en las tardes noches las juntadas en el Bar de Adolfo (en Don Bosco y Villegas), donde El Negro lucía otra de sus grandes condiciones. Él, y también Alejandro Eberhardt, tomaban un taco de billar y a tres bandas metían 15 ó 20 carambolas sin parar, y todos los demás quedábamos pasmados ante semejante exhibición. Vaya si eran completos… los dos.
La pelota, esa pasión.
Los mismos chicos que formaron el "Avenida" (por la avenida Uruguay) y salían en patota a desafiar a otras barriadas de la ciudad, llegaron a ganarle un amistoso por 2 a 1 al primer equipo de Winifreda y disputaron muchos partidos bravos contra Quehué en canchas abiertas al viento. “Había jugadores buenos, como Pocholo Cid, Cacho Fumagalli, Noé Castillo, Pelé López, El Flaco Bosia, Nino Pandolfini… jugaba mi hermano Guegue, y otros chicos de por ahí”. Lo que no dice es que él era el mejor de todos, habilidoso, rápido y goleador.
Su llegada al fútbol oficial de la Liga Cultural se produjo jugando en la cuarta división del club Estudiantes, tuvo luego un paso breve por General Belgrano y desembarcó en Pampero de Ataliva Roca gracias al interés de Gogui Rodríguez, un dirigente de la institución.
En Atlético Santa Rosa.
Su transferencia al Club Atlético Santa Rosa se dio de una forma desopilante. Una tarde de sábado, tras terminar de jugar sóftbol en la Villa Don Bosco, se cruzó con un grupo al Mateo Calderón para mirar un partido amistoso del Albo. Al equipo dirigido por "Cacho" Peralta le faltaba un jugador para completar los once titulares. El querido Tito Zarelli lo divisó desde el banco de suplentes y le pegó el grito al director técnico: —¡Cacho, acá tengo uno para completar, ponelo al Negro! Y lo mandaron a la cancha sin calentar. Chaves, inspirado, clavó tres goles en un ratito de juego.
Cuando fue a entrenar al equipo de Ataliva le dijeron “no sos más de aquí. Tenés que ir a Atlético Santa Rosa”. Él no estaba enterado, porque todo fue sin mediar explicaciones, revisaciones médicas ni papeleos burocráticos de la Liga.
En ese tiempo los sábados eran de sóftbol y los domingos de fútbol para la misma institución del Albo. Fue hasta que la comisión directiva lo intimó a elegir una de las dos disciplinas.
El Negro Chaves se quedó con el bate y el guante sin miramientos ni especulaciones económicas, a pesar de que el fútbol le garantizaba un dinero que no venía nada mal.
Los estudios.
Tras cursar la primaria en la Escuela Nº 38, ingresó al Colegio Comercial. Esta querida institución le dejó una herramienta que hoy le agradecen sus crónicas diarias en la computadora: la capacidad de escribir con gran velocidad en la máquina Olivetti con los diez dedos de la mano sin mirar el teclado una sola vez.
Después debió dejar Ciencias Económicas en la Universidad para salir a laburar y arrimar un mango más a la mesa familiar. No obstante nunca abandonó el placer de la lectura. Y así asimiló desde muy joven las máximas del general José de San Martín: decir la verdad, cumplir con el deber y respetar la palabra empeñada.
Su libro de cabecera, ese que todavía repasa cada tanto sigue siendo “Las Fuerzas Morales”, del pensador rioplatense José Ingenieros. Una suerte de inspiración para manejarse en la vida.
Un pionero.
El profesor “Catón” Montoya le había enseñado los rudimentos básicos del sóftbol en la primaria, pero la llegada de Carlos Cano al barrio —venía de Bahía Blanca para desempeñarse en la Empresa Ford— le dio orden táctico y conocimiento a los entrenamientos de los pibes. Y fue Cano quien los llevó a su primer Campeonato Argentino de Béisbol y a un segundo certamen nacional en Rosario.
Con los años, Mario Chaves se consagró como el primer pitcher de técnica "molinete" de la historia de nuestro país. Así abrió el camino y dejó la huella para fenómenos contemporáneos mundiales de la talla del gran Lucas Mata; y también de algunos otros.
Junto a Alejandro Eberhardt y Oscar Cuffini se habrían de convertir en los primeros pampeanos en vestir la camiseta de la Selección Argentina de Sóftbol, disputando los Juegos Rioplatenses. Hoy hay muchos, pero ellos fueron los pioneros.
Su nivel de autoexigencia era tal que, siendo un pibe, juntaba un tacho con bolillas caídas de los árboles de paraíso para tomarlas de a una, lanzarlas hacia arriba en el patio y ensayar la coordinación exacta del golpe de bate al vuelo cuando la semilla caía.
Hubo un antes.
Por toda esa inmensa historia de gloria construida cuando el deporte era incipiente, confieso que me da un poco de bronca cuando lo veo llegar hoy a la cancha de sóftbol en su rol de periodista y noto que algunos chiquilines —y otros que ya peinan canas y deberían tener más memoria histórica— no saben de quién se trata, ignorando su figura y mezquinándole la consideración que su tremenda trayectoria merece.
El colmo de ingratitud y desconocimiento ocurrió el año pasado, durante el desarrollo del Campeonato Panamericano de Sóftbol disputado en el estadio Arnaldo Gómez. Algún colaborador de la organización pretendió prohibirle el acceso a un sector de la cancha al "Negro" Chaves mientras intentaba sacar fotos para su diario digital.
Y entristece. Están quienes no parecen comprender que antes del maravilloso y laureado presente de nuestros seleccionados nacionales (tanto en varones como en mujeres), hubo pioneros de carne y hueso. Uno ha sido Mario Humberto Chaves.
Derecho al respeto.
Hizo fútbol de liga, atletismo de pista, pelota a paleta, vóley, corrió los 1500 metros llanos (y ganó algunas pruebas), lanzó la jabalina y también era bueno; y hasta mostraba su fina clase con el taco de billar en las noches de bohemia en el bar de Adolfo.
Hoy, mi amigo El Negro Chaves va religiosamente a cada cancha –porque sigue trabajando--, sin importarle demasiado el reconocimiento ajeno, concentrado como está en la fidelidad de su próximo programa radial en La Red; o en su página “Deportes Capital”.
Pero a mí sí me importa. Porque una comunidad sin memoria es tan triste como un estadio vacío en una tarde de domingo, y el Negro Chaves se ha ganado, con su trayectoria y sus méritos, el derecho indiscutido a ser respetado como una leyenda de nuestro deporte pampeano.
Agasajo a deportistas y colegas.
Hay gestos en el deporte que no se miden por medallas ni por minutos en el aire, sino por la calidez de un reencuentro alrededor de una mesa.
Desde hace varios años, Mario Chaves lleva adelante de manera silenciosa una serie de cenas destinadas a agasajar a deportistas, colegas y amigos. ¿Por qué lo hace? “No sé… me gusta, quiero hacerlo. Encontré en esto lo que siempre quise: entregar algo desde otro costado, sin costo alguno para los invitados”, confiesa.
En tiempos donde los recursos escasean, Chaves se las ingenia para recibir a todos por el puro placer de reconocer el esfuerzo ajeno. La iniciativa ya acumula 20 agasajos históricos. Comenzó con un ágape en el Círculo de Ajedrez conducido por su amigo Guillermo Saitúa, pasó por los salones del Sindicato de Gráficos y del Centro Empleados de Comercio, y se transformó en asados grandes en el Sindicato de Luz y Fuerza durante su etapa en radio La Tosca. Más tarde se mudó a Telecomunicaciones y, en sus ediciones más recientes, recaló en las instalaciones de UPCN.
En el último encuentro, la convocatoria alcanzó el centenar de asistentes entre atletas de diversas disciplinas, periodistas y allegados, con un servicio impecable. Este salto fue posible gracias al respaldo de sus anunciantes amigos cosechados desde el lanzamiento de Deportes Capital en 2014, y a un apoyo clave: “Tenía una logística para 40 personas y ahora, gracias al acompañamiento de mi amigo Jorge Lezcano, pudimos elevar la cuenta al doble”, destaca el Negro con una legítima sonrisa de satisfacción. Un tercer tiempo inolvidable que premia la dignidad del deporte pampeano.
Quienes no lo tratan demasiado no saben que es un tipo solidario (así era su compañera Silvia). Capaz de comprar guantes para los chicos de sóftbol con dinero de su sueldo; y también de regalar decenas de camisas, corbatas y varios trajes el día que se despidió de su actividad bancaria. “Nunca más usé camisas… remera y jeans”, se ríe con ganas Mario.
“Un insultador serial”.
Mario Chaves no elude hablar de la actualidad. “Si quienes nos gobiernan no atienden el preámbulo de la Constitución que establece explícitamente el mandato de ‘promover el bienestar general’ están desenfocados y perdidos. Y además el artículo 14 bis refiere a los derechos sociales y laborales; la protección a la familia y acceso a una vivienda digna. Y si no cumplís con eso, más allá de otras cuestiones… Ojalá la sociedad entienda al momento de votar”, pide.
Y no tiene dudas para completar: “Hoy nos gobierna un insultador serial e inhumano… basta con puntualizar sobre las reducciones presupuestarias en Salud, Universidades, Discapacidad y tantos otros. Se necesita gente con empatía hacia los que menos tienen, entre tantos otros aspectos referidos”, concluye.
El deporte y el periodismo.
El teclado de una computadora –es velocísimo escribiendo-- y una pelota de fútbol. Resume de alguna manera dos aspectos de su vida.
Jugadores de softbol.
Mario Chaves, Oscar Cuffini y Alejandro Eberhardt. Los primeros tres pampeanos en integrar un seleccionado nacional de sóftbol. Después vinieron varios y varias más.
Entre Colegas.
La última “juntada” de deportistas y periodistas. Se ven a Pepo (conocido comerciante), Juan C. Carassay, Mario Vega, Leo Santesteban, Jorge Lezcano y Mario Chaves.
Artículos relacionados
