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Una pluma indómita rumbo al cielo

Redacción 07/08/2026 - 00.27.hs

A los 92 años, falleció Juan Carlos Martínez, histórico periodista pampeano, escritor de numerosos libros de investigación e incansable militante por los derechos humanos y por la libertad de prensa

 

FLAVIO FRANGOLINI

 

Hay personas tan luminosas que ni la muerte puede apagarlas. Juan Carlos Martínez, periodista, maestro, amigo, fue una de ellas: durante toda su vida, su pensamiento y su pluma atizaron un fuego implacable que seguirá encendiendo antorchas en los rincones más oscuros. Aunque no logre esquivar las lágrimas causadas por su reciente partida, esta semblanza procura recordar a un hombre íntegro y celebrar una vida plena, dedicada a combatir la injusticia, denunciar las atrocidades del poder y defender a los desprotegidos. Para él, éstas eran prioridades elementales de cualquier periodista.

 

“Zurdo desde la cuna”.

 

El “Pampa” Martínez nació el 22 de diciembre de 1933 en General Pico, y antes de ser respetado faro intelectual y valiente periodista, sus manos conocieron rudos inviernos en los andenes ferroviarios y sus piernas andariegas atesoraron numerosos goles como wing izquierdo en las canchas piquenses.

 

Siendo aún adolescente ingresó a trabajar como telegrafista en la estación de trenes, una función que ayudaba a coordinar movimientos de formaciones, registrar despachos de cargas y realizar comunicaciones de emergencia. Como joven empleado del Ferrocarril Oeste, su destino quedó inexorablemente ligado al club Ferro de Pico, por entonces una extensión natural de la vida ferroviaria local.

 

Quienes lo vieron jugar con la casaca verde recuerdan que lucía una velocidad desbordante y gran potencia para pegarle a la pelota con su pierna izquierda. Juan Carlos jugaba al fútbol de la misma manera en que luego ejercería el periodismo, recostado firmemente sobre la izquierda, encarando hacia adelante, con rápidos reflejos y furibundos disparos destinados a romper la red, primero; el silencio, después.

 

Conciencia de clase.

 

Durante aquella juventud obrera y asamblearia germinó también su irrenunciable conciencia de clase. Además, el dominio del telégrafo y el código Morse le otorgaron alta velocidad de tipeo, una impecable ortografía y capacidad para sintetizar información compleja en textos breves, cualidades que le abrieron rápidamente las puertas del diario Zona Norte, donde llegó a ser director.

 

El “Pampa” no estudió periodismo en la comodidad de una academia, se forjó al calor de las luchas populares, y desde su primera crónica tuvo claro que la máquina de escribir era un arma cargada. Por eso, cuando llegó el momento, puso el cuerpo con convicción y valentía mientras el país crujía bajo las botas de la dictadura.

 

Buscando nuevos horizontes llevó su labor fuera de la provincia, hasta consolidarse como redactor afilado e incorruptible. En esta etapa el paso más trascendental fue su incorporación al diario Río Negro, donde demostró un coraje cívico descomunal al replicar y difundir las notas sobre secuestros y desapariciones forzadas que publicaba Robert Cox en el Buenos Aires Herald.

 

Su atrevimiento le valió persecuciones, amenazas y un “exilio interno”, como él lo llamaba. Al denunciar lo que otros callaban por miedo, su firma en las editoriales del Río Negro se convirtió en acto de desobediencia y grabó su nombre a fuego en los archivos de la resistencia democrática.

 

En esos años, denunciar el terrorismo de estado significaba caminar al borde del abismo. Sin embargo, Juan Carlos decidió investigar los operativos clandestinos en la Patagonia. Como consecuencia, los servicios de inteligencia lo seguían de cerca, con amenazas constantes a la redacción y un estado de alerta permanente. Mientras otro colegas sufrían el exilio o la desaparición, él sobrevivió gracias a una combinación entre rigurosidad profesional extrema (publicaba datos impecables para que la dictadura no tuviera excusas) y una red de solidaridad obrera conservada de sus tiempos de ferroviario. Yo pensaba que Juan Carlos no sabía qué era el miedo, pero tal vez sí, solo que siempre escogía la decencia histórica.

 

De Galicia a Lumbre.

 

Aunque sostuvo un “exilio interno”, también vivió algunos años en España, escribiendo para La Voz de Galicia, y publicando en revistas prestigiosas como “Interviú” y “Cambio 16”. Juan Carlos recordaba con orgullo aquella entrevista con magistrados que juzgaron a la Junta Militar durante el gobierno de Raúl Alfonsín, publicada en diciembre de 1985. Desde las páginas centrales de la revista española, León Arslanián, Jorge Torlasco y Ricardo Gil Lavedra confesaron al mundo el impacto emocional que les provocaron los testimonios del Nunca Más, además de reafirmar su independencia frente a presiones externas y valorar el precedente histórico del juicio. Hasta ese día, ningún magistrado de la Cámara Federal se había expresado públicamente sobre el asunto.

 

Durante los años ‘90, su experiencia y prestigio lo trajeron de vuelta hasta la dirección del diario La Reforma, matutino histórico de su ciudad natal, donde comandó la redacción con estilo docente, exigiendo el rigor del dato, siendo inflexible a presiones corporativas o gubernamentales, y siempre abierto a las voces más postergadas.

 

En septiembre de 2001, durante una charla en un café, nos propuso (a Gustavo Laurnagaray y a mí) desafiar al poder con ideas y elaborar un periódico alternativo. En la peor de las crisis, él proponía más periodismo, más investigación, más rigurosidad. Así apareció Lumbre, que lograría instalarse como espacio de periodismo de investigación por excelencia en la provincia, desnudando redes de corrupción, impunidad judicial y abusos institucionales. Esta etapa de juventud recuperada, bañada por la adrenalina de una trinchera gráfica independiente, además de compañeros nos hicimos amigos entrañables.

 

Juntos, los tres atravesamos un juicio penal presentado por un abominable y cobarde abogado llamado Juan Carlos Tierno, uno de los personajes más oscuros y nefastos de la política vernácula contemporánea. El fallo absolutorio sentó un precedente jurídico invalorable para el periodismo local.

 

Pluma indómita e inmortal.

 

En sus últimos años, Martínez alternó su residencia entre Santa Rosa y La Plata, y se volcó con fervor a la investigación criminal y política, produciendo libros indispensables como “La abuela de hierro”, “El golpeador” (protagonizado por Tierno), “La apropiadora” (Ernestina Herrera de Noble) y “La Pampa Nostra”.

 

Nunca mezquinó un dato, jamás retrocedió ante una presión corporativa y siempre nos advirtió que “la única pauta que debe respetar un periodista es el compromiso con la verdad y los derechos humanos”, ésos que en la práctica defendió hasta el último suspiro junto a “Chicha” Mariani.

 

Hoy despedimos a uno de los hombres más íntegros que parió esta provincia. Y aunque las crónicas se tiñan de luto, las páginas de Lumbre y el recuerdo de nuestras charlas memorables serán el mejor refugio contra el olvido. Juan Carlos no creía en Dios, pero si existe, más le vale ir preparándose, porque el “Pampa” ya debe estar investigando y denunciando las injusticias del paraíso. Buen viaje, compañero. Eternamente gracias por la hermandad y la trinchera compartida.

 

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