La restauración conservadora
La derrota del chavismo en las elecciones legislativas de Venezuela no hace más que confirmar que una nueva ola conservadora recorre el continente sudamericano. El triunfo del macrismo en Argentina y el decidido avance de la derecha que busca acorralar al gobierno del PT en Brasil con un juicio político a la presidenta forman parte del nuevo y difícil escenario.
Los gobiernos latinoamericanos, despectivamente llamados populistas, que en los últimos tres lustros lograron rescatar a sus respectivas sociedades de las aciagas consecuencias de la noche neoliberal de los noventa, hoy están cediendo terreno frente a una ofensiva reaccionaria que cuenta con toda la simpatía -y el apoyo logístico también, desde luego- de Estados Unidos. En Venezuela es donde más se notó la ingerencia de Washington al desplegar sin pudor su conocida batería intervencionista: apoyo económico a sospechosas ONGs, financiamiento a partidos de la oposición, campaña de hostigamiento internacional con respaldo de los grandes emporios mediáticos internos y externos, alianza con el gran empresariado local y respaldo a sus maniobras de boicot al gobierno y desabastecimiento de mercadería, uso de la violencia en las calles con líderes políticos educados en EE.UU. que promovieron levantamientos insurreccionales con alto costo en vidas, etcétera. El objetivo buscado se cumplió: cansar a la sociedad, desgastar al gobierno y minar su base de sustentación popular.
Con esta estrategia de atacar en varios frentes a la vez: la economía, la paz social, la política internacional, la derecha venezolana y su guardaespaldas norteamericano lograron lo que no pudieron en el intento de golpe de Estado de 2002, cuando casi matan a Hugo Chávez. No puede olvidarse ahora que, en las poquísimas horas que estuvo el gobierno golpista en el poder -antes del regreso de Chávez, rescatado por su propia gente- la Casa Blanca reconoció inmediatamente a los insurrectos en una decisión tan torpe como apresurada.
Desde luego que el gobierno venezolano tiene una fuerte tarea hacia adentro para pensar en sus falencias a la hora de consolidar la construcción política, mejorar la economía y enfrentar con mejores argumentos a la oposición. Pero ese análisis imprescindible no puede hacer perder la brújula a la hora de sopesar el tremendo poder que se complotó para demolerlo y al que tuvo que hacer frente durante tantos años.
A pesar de las falsedades que se han dicho, y se seguirán diciendo, sobre Venezuela, en ese país los grandes medios de comunicación, especialmente la televisión, han tenido libertad no solo para criticar al gobierno por sus acciones, sino para llevar a cabo las más virulentas campañas y ataques personales contra funcionarios. En más de una ocasión, periodistas o dirigentes de la derecha han lanzado desde las pantallas arengas destituyentes contra un gobierno legitimado por la voluntad popular en más de veinte elecciones realizadas desde que el chavismo llegó al poder. En ese menú tóxico no faltaron insultos y hasta instigaciones al crimen contra dirigentes y hombres del gobierno.
También en Francia hubo este domingo otro resultado electoral que contribuyó a remarcar la tendencia hacia una suerte de restauración conservadora a nivel global. El Frente Nacional de Marine Le Pen se impuso enarbolando su conocido discurso fascista y xenófobo.
Las fuerzas políticas populares y progresistas de todo el mundo enfrentan hoy un duro desafío. Deberán repensar estrategias y acumular fuerzas para, en principio, resistir los embates de los gobiernos conservadores que buscarán demoler los derechos tan arduamente alcanzados; y, en una etapa posterior, agruparse con el objetivo de recuperar el poder político que permita seguir avanzando en el áspero y empinado camino que lleva a una sociedad más justa y equitativa.
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