Atenti, pebete
Una vieja letra del poeta Celedonio Flores previene que “cuando vayás para el centro caminá junando el suelo...” La advertencia bien podría ponerse en boca del intendente santarroseño, aunque por otras razones que las del poeta tanguero.
Es que a poco que se transite las calles capitalinas –y no solamente las del centro— se han convertido en un peligro latente para los transeúntes. Las veredas rotas, remendadas, sin terminar, con baldosas levantadas o filtraciones de agua surgen como riesgos ciertos para quien camina por ellas, especialmente las personas de edad o impedidas; de hecho junto a las aceras en buen estado aparecen las que dejan mucho que desear. Una de las trampas más peligrosas al caminar está dada por las antiguas bocas de registro del agua, muy a menudo sin agua y que han causado más de un accidente. Alguna víctima –según manifestación propia— estuvo inclinada a iniciar un juicio a la municipalidad, aunque no pasó de allí. Lo evidente es que los tropezones son materia común, justamente en esa, la zona más atractiva de la ciudad.
El otro complemento al lamento por las veredas son los excrementos de perros. En ese lamentable aspecto se diría que no hay cuadra céntrica, y también suburbana donde no haya, con el riesgo, más que frecuente por los rastros que se ven. Por cierto que esa mierda de todo tipo y tamaño se debe a los canes, en parte a los que vagabundean sin dueño, pero también mucho a los que sus propietarios sacan a pasear “para que hagan sus necesidades”, acción que los propietarios aguardan mirando distraídamente hacia otro lado.
El tema va bastante más allá de una cuestión risible; en ciudades del tamaño de Santa Rosa, y aún más pequeñas, existen reglamentaciones estrictas que obligan a los dueños a juntar las deposiciones por medios higiénicos y simples. De hecho hay algunas ciudades, europeas especialmente, en la que la transgresión de esta clase de ordenanzas se castiga con multas muy considerables.
Hay en el problema un tercer elemento directamente relacionado con lo expresado anteriormente y lo constituyen los lugares donde no han realizado ningún mantenimiento desde hace mucho tiempo, en especial con la presencia de gramilla. Cierto que esta condición no se da en el centro de la ciudad aunque en zonas no demasiado alejadas. Sin ir más lejos en una esquina de la muy transitada calle Pueyrredón, apenas a una cuadra de la avenida Luro, hay un de esas veredas –extensa para peor—que ostenta todos esos atributos negativos y obliga a los peatones a caminar por la calle.
Sería interesante que nuestros munícipes consideraran alguna medida al respecto como una forma de mejorar la vida urbana. El problema de los perros, se le dé o no importancia, crece junto con la población de la ciudad y hace a su atractivo, siquiera como lugar de paso para el turismo. Es comprensible, y hasta necesario, el encanto que prodigan las mascotas pero su cuidado debe ser integral, sin molestar a la convivencia. También, claro está, que resulta imprescindible una toma de conciencia por parte de quienes albergan esos animales.
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