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Miércoles 17 de junio 2026

Cuando las persianas bajan

Redacción 17/06/2026 - 01.07.hs

El Gobierno celebra la baja de la inflación y las inversiones vinculadas a la minería, el petróleo y el gas. Pero emerge otra realidad: el cierre de miles de empresas con la consecuente pérdida de empleo para centenares de miles de trabajadores.

 

IRINA SANTESTEBAN

 

Según un reciente informe del Centro de Economía Política Argentina (CEPA), entre noviembre de 2023 y marzo de 2026 desaparecieron 26.448 empleadores, un promedio de 31 empresas que cerraron cada día durante 28 meses de gestión.

 

La mayoría corresponden a pequeñas y medianas empresas, la columna vertebral de la economía argentina, pues son creadoras de mano de obra, motor del desarrollo de las economías regionales y un factor decisivo de movilidad social.

 

El "milagro económico" que pregona Javier Milei en los foros de la derecha mundial, se muestra con su verdadero rostro: un proceso de destrucción productiva, cierre masivo de empresas y pérdida de puestos de trabajo. Mientras el gobierno exhibe dudosos indicadores para tranquilizar a los mercados financieros, aparece cada vez más visible la tragedia social de fábricas, talleres, comercios y empresas pequeñas, medianas y aun grandes que cierran sus puertas, o se “reconvierten”, dejando miles de trabajadores sin empleo.

 

Desempleo.

 

En los 28 meses analizados por CEPA se destruyeron 339.841 puestos de trabajo registrados, a los que deben sumarse más de 30.000 empleos en casas particulares. En total, más de 370.000 trabajadores dejaron de formar parte del empleo formal privado: un promedio de 440 puestos registrados menos por día.

 

Los sectores más afectados son la construcción, la industria manufacturera, el transporte, el comercio y los servicios vinculados al mercado interno. En el caso de la construcción, se perdieron más de 81.000 empleos, por la parálisis de la obra pública que produjo la Motosierra. En la industria manufacturera, un número similar: casi 80.000; mientras que en transporte la disminución superó los 64.000. Todas estas actividades han funcionado históricamente como motores de generación de trabajo, dinamizadores del mercado interno y de la economía en general. La micro, sería, pero para Milei solo importa la “macro”.

 

Plan de destrucción.

 

No se trata de una crisis aislada o coyuntural, sino que es el resultado directo del plan económico -el mismo de Martínez de Hoz durante la dictadura - que considera a la industria nacional como un obstáculo y no como una herramienta estratégica para el desarrollo. Aquella frase célebre del ministro orejudo, que decía que era el Dios Mercado quien debía decidir si se produce “acero o caramelos”, tiene plena vigencia hoy.

 

La apertura indiscriminada de importaciones fue presentada -igual que hace 50 años - como una receta mágica para bajar precios y aumentar la competencia. La realidad demostró lo contrario: miles de fábricas bajaron sus persianas incapaces de competir con productos importados favorecidos por la política cambiaria y arancelaria. Del otro lado del mostrador, los consumidores no vieron una reducción significativa de precios, pues lo que sí ocurrió fue una avalancha sustitutiva de producción nacional por mercadería extranjera, muchas veces de menor calidad.

 

Algunos empresarios, sobre todo los más grandes, aumentaron sus ganancias pues abandonaron la fabricación local para convertirse en simples importadores. Lo hicieron al elevado costo social de despedir a la mayor parte de su personal, para dedicarse a vender los mismos bienes, pero fabricados en China o Brasil. De esta forma, no solo aumentan las cifras del desempleo, con lo que ello implica para cada familia sin sustento, sino que se destruye la capacidad laboral, tecnológica y productiva acumulada durante décadas. No solo se pierden puestos de trabajo, sino conocimiento, experiencia, innovación y soberanía productiva.

 

Modelo extractivista.

 

El cierre o achicamiento de empresas emblemáticas como SanCor, FATE, Whirlpool, Canale y tantas otras, refleja un cambio en la matriz productiva, que deja así de ser un país industrial para convertirse en un mercado consumidor dependiente de bienes importados, en un retroceso que nos lleva a una reprimarización de la economía.

 

Es volver a ser el “granero del mundo” del que se enorgullecían las clases oligárquicas de principios del siglo pasado, pero ahora no con granos sino con hidrocarburos, minerales, litio y tierras raras.

 

Detrás del desmantelamiento industrial emerge el verdadero modelo económico facho-libertario: una Argentina especializada en exportar recursos naturales y en proveer materias primas a las grandes potencias y corporaciones transnacionales. Milei no tiene como centro el trabajo industrial ni el desarrollo científico-tecnológico, sino el extractivismo.

 

La apuesta oficial se concentra en Vaca Muerta, la megaminería metalífera, el litio y otros emprendimientos destinados a abastecer mercados externos. Se generan enormes rentabilidades para grandes grupos económicos, pero muy pocos puestos de trabajo en comparación con la industria manufacturera. Mientras una Pyme industrial puede emplear decenas o cientos de trabajadores por unidad productiva, los megaproyectos extractivos requieren una cantidad reducida de personal una vez finalizada la etapa de construcción.

 

A ello se le suma el altísimo costo ambiental, pues la expansión minera y la explotación intensiva de hidrocarburos demandan enormes cantidades de agua y generan impactos sobre ecosistemas débiles y comunidades locales. En provincias afectadas por la escasez hídrica, la disputa por el agua ya forma parte de la vida cotidiana. Lo que para las corporaciones aparece como una oportunidad de negocios, para muchas poblaciones significa contaminación, pérdida de recursos naturales y deterioro de las condiciones de vida.

 

El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), apoyado alegremente por gobernadores de provincias “beneficiadas” con estas inversiones, vino a cristalizar este modelo, orientado a multinacionales. Mientras miles de pequeñas y medianas empresas nacionales enfrentan tarifas crecientes, caída del consumo y competencia desleal de productos importados, las grandes corporaciones extractivistas reciben beneficios fiscales, cambiarios y regulatorios extraordinarios.

 

Por ello, frente a la Argentina de 1910, que tanto extraña Milei, exportadora de materias primas, subordinada a los intereses del capital trasnacional y dedicada a la exportación de petróleo, gas litio y minerales, se hace necesario levantar otro modelo de país, que ponga en el centro el desarrollo industrial de carácter nacional, con un Estado presente, integración territorial, desarrollo tecnológico propio y pleno empleo, de calidad y derechos laborales.

 

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