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Discutibles opiniones

Redacción 27/07/2026 - 00.13.hs

Se diría que la evidente campaña antiargentina comenzó apenas terminado el partido que se perdió con España. Las acusaciones sobre la índole de nuestro país y sus habitantes llovieron en los medios de comunicación, excediendo cualquier antecedente. Discutibles -y a menudo erradas- opiniones aparecieron en las redes informativas con la autoría de políticos, deportistas, actores, cantantes y gente común; todos apuntaban a una coincidencia: los argentinos somos violentos, tramposos, malos perdedores… y racistas. Esos conceptos no quedaban en simples declaraciones sino que en un proceso que la psicología de masas explica, trasformaban el rumor en hechos, algunos significativos y hasta muy dolorosos. Para el caso, valga el ejemplo de las dos personas que sufrieron graves lesiones cuando querían quemar una bandera o el muy lamentable espectáculo en una estación del subterráneo de Madrid (que en nada desmerecieron aquellos de los pogroms contra los judíos, en la Alemania nazi) contra un par de muchachos que lucían la casaca argentina. En el grupo de jóvenes intervinientes parecía campear la idea del linchamiento, y no estuvieron lejos.

 

Duele pensar que los actores de semejante hecho son los nietos de aquellos españoles hambreados tras la Guerra Civil que en forma tan agradecida recibieron la ayuda argentina.

 

Ya se había advertido, desde este medio inclusive, una campaña similar aunque menos intensa, en la prensa deportiva mexicana; también en el periodismo de otras naciones que acusaban de favoritismo a los triunfos del equipo nacional. Pero lo presente tuvo mayor entidad, tanta que obliga a pensar el por qué de esos calificativos -y las acciones consecuentes- para con nosotros.

 

En el país han surgido voces que hablan de una motivación envidiosa, pero que inspiran dudas porque ¿qué envidia se puede tener de un país de buen fútbol pero con una economía destruida, sus habitantes hambreados y un gobierno de características ultraderechistas y torpes?

 

También es llamativo que los reniegos antiargentinos surgieran casi simultáneamente con el gesto de los jugadores del seleccionado nacional de fútbol al mostrar una bandera en la que se reivindicaban las islas Malvinas. En ese muy digno gesto -quizás por lo inesperado- fue evidente la molestia de varios países centrales, con amenazas más o menos encubiertas a los jugadores argentinos que militan en el fútbol europeo.

 

Ese proceder de los jugadores chocó de frente con la actitud del gobierno argentino, que pretendió desmerecerlo, acaso para que siguiera pasando desapercibida la entrega de los recursos naturales de Malvinas, explícitamente avalada por el gobierno mileísta. Además, para ojos extranjeros, la postura de apoyo total a Israel en el genocidio palestino por parte del gobierno argentino bien puede aparecer como propia de un país racista, por más que la nuestra sea todo un ejemplo de población híbrida.

 

Dentro de un abanico de consideraciones, la falta de una palabra oficial de defensa y esclarecimiento obliga a considerar si, dentro de las actitudes de un gobernante desaforado como Milei, ¿no pudo haber sido una suerte de desquite del oficialismo ante la actitud de los jugadores, haciendo públicas a nivel internacional las peripecias del pueblo argentino e ignorando las sugerencias de discreción en cuanto a las islas?

 

La ola de rumores dio la vuelta al mundo y -hay que reconocerlo- tuvo también voces que la descalificaron por absurda y mal intencionada. Por cierto que varios de los críticos cambiaron rápidamente de opinión y borraron sus comentarios desfavorables.

 

En el fondo del tema laten (con múltiples evidencias) los afanes comerciales de la FIFA y su presidente, siempre atento a la preservación del enorme negocio del fútbol.

 

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