Dolorosa paradoja
El pensamiento, la acción y el proceder de lo que comúnmente se llama “la derecha” obran como si todo aquello que no coincide con sus métodos y metas fuera inadecuado y no merece otra cosa que la destrucción o, en algunas versiones, el ocultamiento. Son características comunes, más allá del lugar donde ocurran y quien las promueva, sea en la Argentina de Milei o en los Estados Unidos de Trump.
En este último país, precisamente, se está dando un fenómeno cultural de índole negativa y, hasta cierto punto, inesperado. Los sectores más conservadores de esa nación, que nunca perdieron vigencia desde la Guerra de Secesión, han iniciado una cruzada contra los libros a través de una censura que avanza al amparo de las políticas del actual gobierno. La noticia, por cierto que asombrosa, informa que en los dos últimos años más de cinco mil libros han sido retirados de las bibliotecas públicas en los Estados que adhieren al conservadorismo. Son aquellos que tienen una versión moderna de la sexualidad, conllevan una crítica al proceder y el sistema de vida de los estadounidenses o dan visiones distópicas de las sociedades futuras que puedan aplicarse al sistema capitalista. Algunos de los títulos y los autores son famosos en el nivel mundial.
Para aquellos norteamericanos que, con alguna ingenuidad, hay que reconocerlo, se sentían orgullosos de vivir en un país de libertades, estos hechos encarnan una paradoja dolorosa. Después de todo fue uno de ellos, el autor de Fahrenheit 451, quien postulaba en su novela más famosa un futuro donde la tarea de los bomberos no sería apagar el fuego sino quemar libros, una proyección imaginaria ante la que asoma una realidad inquietante.
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