El liberador de robots
La iniciativa proviene de la pluma de Federico Sturzenegger, quien al igual que el presidente, ha venido teniendo frecuentes reuniones con el billonario Peter Thiel, a quien debería considerarse el verdadero cerebro detrás de esta iniciativa.
POR JOSÉ ALBARRACÍN
El presidente argentino, Javier Milei, acaba de subir la apuesta en materia de extravagancias. En una nota con su firma publicada en el diario británico Finantial Times, formuló una convocatoria a las empresas desarrolladoras de inteligencia artificial, para que se radiquen en Argentina. La oferta incluye ya no sólo una virtual exención impositiva: también les garantizará la total inexistencia de regulación "prematura y mal comprendida", y hasta la creación de un verdadero esperpento jurídico: las "corporaciones no humanas" que, operadas por la IA o por robots, tendrían personería legal plena, y responsabilidad jurídica limitada.
Libertad.
En realidad, el título del artículo se dirige directamente a la inteligencia artificial -como si fuera una persona- invitándola a "liberarse" en Argentina. Un concepto sumamente discutible: la libertad es un atributo del ser humano y no de sus creaciones, que supuestamente deben servir a la humanidad.
No menos discutible es la idea de otorgarle plena libertad a las compañías que desarrollan esta tecnología. El propio presidente norteamericano Donald Trump -principal referente de su par argentino- acaba de emitir una orden ejecutiva titulada "Promoting Advanced Artificial Intelligence Innovation and Security", en la cual les requiere a las empresas de IA que sometan al control estatal sus modelos más avanzados antes de su su lanzamiento al público, por razones de seguridad nacional.
En realidad, esta no es la única preocupación atendible en la materia: está la cuestión ambiental, por el enorme gasto de energía y de agua que requieren los centros de datos de IA; la burbuja financiera que plantean las enormes inversiones que se vienen haciendo; la peligrosa volatilidad de estas inversiones, que comprometerán portfolios de inversiones privadas y de seguridad social con las próximas cotizaciones en bolsa... para no hablar del riesgo apocalíptico que plantean los propios desarrolladores, al que colocan en un pie de igualdad con la posibilidad de una hecatombe nuclear.
Una vez más, el gobierno parece obrar en la asunción de que Argentina es una especie de desierto, sin consideración alguna de los saberes, las opiniones y las tradiciones que sus habitantes hemos venido aquilatando en poco más de dos siglos de independencia.
Terminator.
La propuesta proviene de la pluma de Federico Sturzenegger, quien al igual que el presidente, ha venido teniendo frecuentes reuniones con el billonario Peter Thiel, a quien debería considerarse el verdadero cerebro detrás de esta iniciativa.
Desde el oficialismo, por supuesto, se presenta esta propuesta como un posicionamiento del país en la avanzada. El embajador ante EEUU, Alec Oxenford, comentó extasiado en su cuenta de X: "¿Quién hubiera dicho que Argentina estaría alguna vez a la vanguardia mundial en materia de ideas institucionales y jurídicas?". Curiosamente, ninguno de los responsables de esta propuesta tienen formación jurídica, de lo contrario se cuidarían más de incurrir en el ridículo.
A los ciudadanos argentinos ni se intentó explicarnos esta novedad, que, por cierto, requeriría una sanción legal, ya que se trata de una cuestión de derecho de fondo, más concretamente, el de sociedades. ¿Cuál será la ventaja para el país con estos nuevos "habitantes"? No son conocidos por generar puestos de trabajo, sino todo lo contrario. Generan enormes gastos de energía y pasivos ambientales. No gastan un centavo (las IA no van al supermercado ni viajan en vacaciones) y, si encima no se les va a cobrar impuestos, la apuesta parece perdida de antemano.
Quien sí sabe de estas cosas es Yuval Noah Harari -que dedicó su último libro ("Nexus") a analizar a la IA en el contexto histórico de la comunicación humana- quien salió por el mismo medio (FT) a cuestionar la propuesta del presidente argentino. Curiosamente, éste respondió agradeciendo su aporte y prometiendo una respuesta: no lo trató de "salame" ni de "ensobrado" -como suele hacer con quienes lo refutan- ni tampoco lo atacó por su identidad sexual. Probablemente este raro gesto de civilización se deba a que Harari es de nacionalidad israelita.
Harari.
Al historiador no le parece una buena idea darles personería jurídica a las IA, ni permitirles operar en los mercados, los tribunales y la vida política de los humanos, sin que exista un ser humano que responda por ellas. Y no le falta razón: si ya sin ese ropaje legal estos entes puede interferir perniciosamente en la economía y hasta en los procesos democráticos, cuánto más peligroso sería que se les permita un acceso pleno, y para colmo, sin una responsabilidad clara.
Si algo define a una IA es su falta de conciencia. Un ser humano es consciente de su responsabilidad, y sabe que su conducta puede llevarlo no sólo a la quiebra, sino también a la cárcel: este temor no se da en una inteligencia artificial, que además, ante la amenaza de quiebra que representaría su muerte, haría todo lo necesario para evitar estas consecuencias legales, manipulando con maestría el sistema legal y sus vacíos.
En su artículo, Milei traza un paralelo histórico con la coyuntura que plantea este novísimo desarrollo tecnológico: recuerda el caso de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, un ente creado en los albores del capitalismo (siglo XVII) al que se dotó de responsabilidad limitada y de una virtual patente de corso para desarrollar sus explotaciones en todo el mundo. Harari señala, con justeza, que en realidad no se trata de un buen ejemplo histórico, ya que esta compañía, que cometió atrocidades sin nombre en la actual Indonesia, llegó a transformarse en una "empresa-estado" que no respondía a ninguna ley salvo la de la propia codicia. La perspectiva actual, de una "IA-Estado" que gobierne a los seres humanos, no parece nada halagüeña.
Curiosamente en su llamado a las inversores de IA, el presidente argentino menciona entre las bondades argentinas el hecho de que nuestro país se encuentra en "una región de estabilidad geopolítica, algo cada vez más escaso". Lo curioso es que, precisamente, la conducta irresponsable de su actual presidente y su búsqueda de protagonismo en guerras ajenas, esté comprometiendo crecientemente la seguridad nacional. Alguien debería recordarle que el juego de la ruleta rusa sólo vale si la pistola le está apuntando al propio jugador, y no a sus conciudadanos.
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