El porteño Thiel
La noticia de la reciente "radicación" del tecno-billonario Peter Thiel en Buenos Aires, debería provocar el mismo entusiasmo que la aparición de moho en el pan de ayer, o de ratas en el almacén de quesos: es una clara señal del estado de descomposición al que están llevando al país y a sus instituciones las autoridades del actual virreynato. Pero como se sabe, el olor del dinero es un afrodisíaco para alguna gente, entre otros, el ocupante de la Casa Rosada, que esta semana recibió allí al joyero británico Maurice Ostro, de quien el año pasado había recibido como "obsequios" unos gemelos y una pulsera fabricados con resaca del topacio más grande del mundo. Se aguarda, en cualquier momento, una denuncia del pampa Diego Cabot por este flagrante hecho de corrupción.
Pedófilos.
El mes pasado fue Thiel, recién instalado en el país, quien tuvo una audiencia oficial con Milei, con el que aparentemente tiene "ideales compartidos". Luego de haber comprado una mansión en un barrio top de Buenos Aires, él y su esposo Matt Danzeisen inscribieron a sus hijos en una escuela local. Habrá sido un interesante intercambio el que tuvieron -o podrían haber tenido- con Milei, acerca del discurso que éste dio el año pasado en Davos, en el cual afirmó, sin la menor sombra de duda, que todos los homosexuales son pedófilos.
Probablemente la única forma de recular de aquellas sandeces, dichas -sin que nadie se las solicitara- en uno de los foros más públicos del mundo, sea explicar que los multimillonarios son impunes de todo, no importa el delito que cometan. Al menos en nuestro país es así, no importa si el delito es espiar a tu familia, coimear con las cloacas de Morón, contrabandear autopartes o enviar material bélico clandestinamente para reprimir manifestantes en Bolivia.
Un prolijo reporte del New York Times indica que entre las actividades del nuevo inmigrante se incluyó la participación en un torneo amateur de ajedrez en el barrio de Almagro, compitiendo con contadores y escolares, donde aparentemente "no jugó mal" y terminó en el tercer puesto. Pero, más que nada, lo que ha estado haciendo es reunirse con economistas locales, para discutir sus ideas de ultraderecha, y sobre... el Anticristo, uno de sus temas favoritos.
Plan B.
Nacido en Alemania y criado en los Estados Unidos, Thiel tiene un largo historial de "planes B" en cuanto a su locación planetaria. De momento, y pese a haber apostado fuerte con millones de dólares a la presidencia de Donald Trump, se manifiesta desconfiado respecto del destino del país del norte. Así es como consiguió una ciudadanía en Nueva Zelanda en 2011, y tiene un trámite pendiente desde 2022 para obtener un pasaporte en Malta, un coqueto paraíso fiscal en el mar Mediterráneo.
El historial incluye también la fundación de una ciudad autónoma en Honduras, "Próspera", en la que invirtió no sólo cuantiosos recursos económicos, sino también sus ideales utopistas antidemocráticos: según su criterio, la democracia no funciona, y debería ser reemplazada por una administración más eficiente, como las de las empresas multinacionales. Ponele.
Se comenta que su actual tirria con los EEUU tiene que ver con un proyecto que se va a plebiscitar en las elecciones legislativas de octubre próximo, que en California -donde reside y donde están afincadas sus empresas- incluirá un referéndum sobre la imposición de un impuesto estadual a las fortunas de más de mil millones de dólares, que deberían pagar al Estado un 1% de su valor total, durante cinco años.
Apocalipsis.
Pero parece que hay otras motivaciones en juego aquí. Como muchos de su condición, Thiel se toma muy en serio la cuestión del fin del mundo, que ve como algo bastante probable y cercano, y que asocia tanto a la posibilidad de una guerra nuclear, como a la irrupción de alguna inteligencia artificial que se rebele y quiera tomar el control del mundo de los humanos. Como alguien que trabaja tanto en el campo de la computación de punta, como en la provisión de servicios militares al Pentágono estadounidense, sus temores parecen dignos de tener en cuenta.
Ahí es donde entra Argentina, un país que mayormente se mantiene aislado de los conflictos bélicos del estúpido hemisferio norte, no por mérito propio sino por la indiferencia con que el mundo nos había tratado hasta hace poco. Cómo podrá zafar nuestro país en la hipótesis de una guerra nuclear, por cierto, es algo debatible: a menos que el viento sople para otro lado, la hecatombe debería llegarnos tarde o temprano.
Así que el enamoramiento de nuestro nuevo vecino no tiene que ver con su fascinación con la "vibra" de Buenos Aires, ni con que lo hayan llevado a comer un bife de chorizo, a visitar una pizzería en Corrientes o a un superclásico en Núñez. La clave parece estar en sus soliloquios sobre el inminente apocalipsis, o sobre el posible establecimiento de un nuevo gobierno mundial totalitario, que suelen dejar estupefactos a sus anfitriones locales.
De momento, y pese al babeante entusiasmo de los funcionarios locales, sus inversiones aquí se limitan a una coqueta propiedad en Barrio Parque. La pregunta que cabría hacerle, si alguien se tomara en serio su solicitud de ciudadanía argentina, es por qué motivo, siendo un hombre que aparentemente lee, sigue manteniendo esa postura antidemocrática. Si es evidente que el mundo está siendo llevado a una nueva guerra por el individualismo y la desaparición del orden legal internacional, ¿no sería más sensato apostar a la democracia, esto es, el sistema que permite la expresión de la voluntad común de los humanos, que es lo que, conforme la ciencia más sólida, es lo que nos ha llevado al estado de progreso material del que hoy gozamos?
PETRONIO
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