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Esas raras colonias nuevas

Redacción 23/07/2026 - 00.39.hs

El alcance de la injerencia norteamericana en las decisiones del Palacio Miraflores es sorprendente. Al mismo tiempo, se han eliminado los altos costos de la ocupación militar y el ejercicio directo del poder, lecciones que EEUU aprendió en Irak y Afganistán, y no está dispuesto a olvidar.

 

POR JOSE ALBARRACIN

 

Un reciente artículo de Linda Kinstler (NYT, 17 de julio) se pregunta desde el título si la actual Venezuela es o no una colonia de EEUU. Aunque cumpla con las pautas fijadas hace casi cien años en la Convención de Montevideo (gobierno propio, territorio definido, población estable, cierta capacidad para relacionarse con otros estados) la verdad es que el actual "gobierno" de Caracas ha resignado enormes porciones de la soberanía nacional y de su propia autonomía para tomar decisiones. Tanto es así, que el canciller de Donald Trump, Marco Rubio, es considerado el verdadero "virrey" venezolano, aunque no haya puesto un pie allí desde que la invasión de enero pasado capturó al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, hoy prisioneros en Nueva York. Para tomar decisiones, le basta con enviarle mensajes de texto a la presidenta en ejercicio, Delcy Rodríguez.

 

Rubio morocho.

 

El alcance de la injerencia norteamericana en las decisiones del Palacio Miraflores es sorprendente. Al mismo tiempo, se han eliminado los altos costos de la ocupación militar y el ejercicio directo del poder, lecciones que EEUU aprendió en Irak y Afganistán, y no está dispuesto a olvidar.

 

Rubio controla efectivamente las finanzas de Venezuela, la distribución de sus recursos naturales, y casi todas las decisiones de gobierno. Un poco a la manera que el Banco Central francés controla la moneda de decenas de naciones africanas, el Tesoro norteamericano recauda todos los ingresos venezolanos, para luego entregárselos al gobierno formal, en cuentagotas y con expresas instrucciones de cómo y con quién gastarlo.

 

Esto le provee alguna ventaja a las actuales autoridades, porque elimina los sistemas de corrupción internos, y deja sus ingresos libres de reclamos de los acreedores. Para EEUU, representa administrar más efectivamente las sanciones impuestas a la economía de Caracas -que no han sido levantadas-, favorecer a las empresas norteamericanas y asegurar el cierre total del comercio con anteriores aliados del país caribeño como Rusia o Irán.

 

El control económico se direcciona en especial -pero no exclusivamente- a la industria petrolífera venezolana, que ha quedado a merced de las compañías norteamericanas, aunque éstas se muestren renuentes por el momento a hacer grandes inversiones. Pese a que toda competencia ha sido borrada, y a que hasta los activos que tenían instalados en el país la petrolera rusa Rosneft han sido poco menos que confiscados.

 

Obediente.

 

La actual presidenta venezolana debe pedir autorización casi para todo. Si la contactan para una entrevista en Fox News, difiere el pedido a la autorización de la Casa Blanca. Si su ministro de Relaciones Exteriores Yvan Gil intenta un tibio comunicado de desacuerdo con la guerra contra Irán, el posteo es borrado en cuestión de horas.

 

En Caracas también ejecutan por encargo el trabajo sucio demandado por Washington, incluyendo la eliminación de personas. Así ocurrió con la familia de Maduro, que fue expulsada en bloque de todo cargo oficial. También ocurrió con Alex Saab, un multimillonario amigo y socio de Maduro, a quien le quitaron el pasaporte venezolano para luego fue apresarlo y extraditarlo a EEUU en mayo pasado. Y ni hablar de Niño Guerrero, uno de los líderes del cartel "Tren de Aragua", a quien Caracas eliminó -con misiles e inteligencia norteamericanas- para luego rescatar su cadaver y despacharlo al país del norte.

 

A todo esto, la promesa de "hacer grande a Venezuela otra vez" se va dilatando cada vez más en el tiempo. La oposición venezolana, que pedía a gritos la intervención militar norteamericana, ahora no tiene ni idea de cuándo podrá presentarse a elecciones. A la líder Corina Machado no le alcanzó con regalarle su Premio Nobel de la Paz a Trump: desde que Delcy Rodriguez se mostró tan dócil y complaciente, en Washington le cortaron el rostro. Y encima, ahora con el terremoto que azotó el país el mes pasado, y con casi un millar de militares estadounidenses apostados en el país en tareas "de rescate", el propio Marco Rubio adelantó que la posibilidad de convocar a elecciones se ha aplazado indefinidamente.

 

¿Lejos?

 

Todos estos fenómenos hablan de una nueva era imperial norteamericana, de cuyos efectos los argentinos haríamos bien en no darnos por librados. Sin necesidad de intervenciones militares, y casi ni de gastos, Washington se ha garantizado la obediencia debida del gobierno argentino, que ha puesto a disposición de las empresas norteamericanas todos nuestros recursos naturales casi "tax-free", y ha cercenado vínculos con sus socios comerciales más importantes, sin recibir nada a cambio.

 

El presidente argentino hasta cometió el acto de genuflexión cuando en abril de 2024 viajó de madrugada -y de urgencia- a Tierra del Fuego, para rendirle pleitesía a la generala norteamericana Laura Richardson, que ni se molestó en pasar a verlo por Buenos Aires, y quien tiene la mala costumbre de venir por aquí a hablar de nuestros recursos naturales como si le pertenecieran.

 

En octubre pasado, el gobierno norteamericano realizó una escandalosa intervención mediática y financiera para garantizar el triunfo oficialista en las elecciones legislativas de medio término, que incluyó amenazas al pueblo argentino si no votaban por los candidatos del gobierno. Durante una semanas incluso el Tesoro norteamericano intervino el Banco Central argentino, en una operación monetaria que según se jactó el secretario Scott Bessent, le dejó muy buenos dividendos a EEUU.

 

Cabe preguntarse, entonces, si el futuro de la democracia argentina luce mucho mejor que el de la de Venezuela, ese espejo que cada vez se nos parece más, por obra y gracia de los mismos que nos lo presentaban como el cuco populista.

 

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