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Redacción 05/09/2026 - 00.25.hs

En un discurso emitido por la cadena nacional, plagado de omisiones en cuanto al propio cumplimiento de la Ley, el Presidente concretó su esperada alocución sobre Malvinas. Por más que se hayan querido disfrazar con referencias históricas y morales las palabras de Milei tuvieron una clara reminiscencia “galtierista”, evocadora de la ocupación de las islas por parte del “majestuoso general” que trataba de ocultar con aquella acción el fracaso del llamado Proceso de Reorganización Nacional.

 

Como un apoyo a su idea citó la nueva circunstancia que depararía el desagrado que tuvo en Donald Trump por la reciente política exterior de Gran Bretaña; consideración dicha en tiempo potencial, y de la que los diarios ingleses hicieron una interpretación desmedida y proclive a acciones bélicas por parte de nuestro país. Milei, en una clara alusión a ese detalle, pidió “a quienes son amigos de la Argentina que no miren para otro lado cuando se vulnera la soberanía”.

 

Al margen de lo formal el metadiscurso tuvo dos alusiones de fondo, breves pero firmemente señaladas: una presunta reelección, según él basada en los logros económico-sociales de su gobierno; y –muchísimo más grave— la instalación de una base naval-militar en Tierra del Fuego la que, aunque no lo dijo, sería conjunta con los Estados Unidos, un objetivo que los norteamericanos persiguen desde hace tiempo.

 

Esos dos núcleos envuelto en un palabrerío reiterado en cuanto a patriotismo, soberanía y defensa de los recursos naturales, todo dentro del marco de los nuevos planteos geopolíticos que tiene el mundo. Como era de esperar, dada su alineación política con Israel, no tuvo ni una palabra precisa en cuanto a las acciones efectivas a concretar por la instalación de empresas judías y británicas dedicadas a la extracción de petróleo en el área malvinense, empresas cuyo avance y radicación permitió su gobierno y que están en muy avanzadas en cuanto al proceso de radicación. Tampoco a las leyes sobre el problema, previas a su administración, que nunca cumplió. Dentro de esa misma tesitura estuvo la carencia de mención alguna en cuanto a poner fin a la depredación de los recursos pesqueros que barcos de distintas naciones hacen sobre aguas argentinas, las de Malvinas incluidas. Asimismo hubo un oportuno olvido del anterior discurso en el que reivindicó el derecho a la autodeterminación de los ocupantes kelpers.

 

Otros detalles que merecen ser destacados son su giro de 180 grados en cuanto a la acción y reacción que en la Guerra de Malvinas tuvo Margaret Thatcher, cuyo retrato ornaba el despacho presidencial. Hubo también una invitación a todos los partidos políticos del país para emprender una acción conjunta sobre Malvinas, recordando –un poco tarde, en verdad— que “hay causas que están por encima de cualquier diferencia política y Malvinas es una de ellas”, un apoyo en el que difícilmente caigan los opositores. También en la creación de una suerte de organismo de inteligencia exterior, sospechoso ya desde su misma mención.

 

Para una interpretación integral de su política externa cabe recordar que ese mismo día, antes de su alocución, el Presidente había aplaudido el derrocamiento del gobierno constitucional y legítimo de Salvador Allende, en Chile al que con ligereza e ignorancia histórica, calificó de comunista.

 

Por Walter Cazenave

 

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