¿Querés recibir notificaciones de alertas?

Las notificaciones están desactivadas

Para activar las notificaciones:

Estrellas Amarillas: Una ruta, veinte ausencias y una pregunta para todos

Redacción 11/08/2026 - 00.14.hs

La Organización Mundial de la Salud sostiene que los traumatismos ocasionados por el tránsito se encuentran entre las principales causas de muerte de niñas, niños y adolescentes en todo el mundo.

 

Agosto suele ser el mes en que celebramos a las infancias. Las escuelas organizan actividades, las familias preparan encuentros y la sociedad vuelve a poner la mirada sobre los derechos de niñas y niños. Sin embargo, hay una realidad que no admite festejos mientras siga repitiéndose: la violencia vial continúa arrebatando la vida de quienes más deberíamos proteger.No hablamos de estadísticas. Hablamos de hijos, de hermanos, de nietos, de compañeros de escuela.

 

Hablamos de proyectos de vida que nunca llegaron a desarrollarse. De familias que aprendieron a convivir con un dolor que pudo haberse evitado.

 

Existe un dato que debería conmovernos profundamente. En los últimos diez años, veinte niñas y niños menores de doce (12) años fallecieron en distintos siniestros viales ocurridos a lo largo de la traza de la Ruta Nacional Nº 5.

 

606 kilómetros es una distancia que muchos recorremos con naturalidad, quizás varias veces por mes, sin imaginar que ese mismo trayecto guarda una de las expresiones más dolorosas de la siniestralidad vial.

 

Si lo observamos desde otra perspectiva, la realidad resulta todavía más impactante: en promedio, cada treinta kilómetros (30 km) de ese tramo se cobró la vida de un niño/a durante la última década.

 

Veinte vidas. Veinte familias. Veinte ausencias que todavía nos interpelan.La Organización Mundial de la Salud sostiene que los traumatismos ocasionados por el tránsito se encuentran entre las principales causas de muerte de niñas, niños y adolescentes en todo el mundo. A su vez, el Observatorio Vial de la Agencia Nacional de Seguridad Vial viene advirtiendo que los siniestros de tránsito siguen constituyendo una de las principales causas de muerte violenta en nuestro país. Son cifras que reflejan un problema de salud pública y que nos recuerdan que detrás de cada número existe una historia irrepetible.

 

Porque ninguna estadística puede mostrar una silla vacía en una mesa familiar.

 

Ningún informe alcanza a describir el silencio de una habitación donde ya no se escuchan risas.

 

Ningún porcentaje puede medir el vacío que deja una infancia que se interrumpe demasiado pronto.

 

Cada uno de esos 20 niños tenía un nombre, una familia, amigos, sueños y un futuro por delante. Cada uno dejó una huella imborrable en quienes lo amaban. Recordarlos no significa permanecer anclados en el dolor; significa asumir el compromiso de que esas historias nos impulsen a construir un tránsito más seguro para todos.

 

Esta nota no busca señalar responsables ni emitir juicios sobre circunstancias particulares.

 

Cada siniestro tiene su propia historia y cada familia carga con un dolor imposible de dimensionar.

 

El verdadero propósito es otro: invitar a reflexionar.

 

Preguntarnos qué podemos hacer, como comunidad, para que ninguna familia vuelva a atravesar una tragedia semejante.

 

Quizá el mayor desafío sea dejar de pensar que los siniestros les ocurren únicamente a otros. La inmensa mayoría de quienes protagonizaron estas tragedias salió de su casa convencidos de que regresarían. Esa falsa sensación de que "a nosotros no nos va a pasar" es uno de los mayores obstáculos para construir una verdadera cultura de la prevención.

 

La seguridad vial suele analizarse desde la infraestructura, los controles, la legislación o las sanciones. Todos esos aspectos son indispensables y deben fortalecerse permanentemente. Pero también es necesaria una transformación cultural desde la educación.

 

En este Mes de las Infancias, el mejor homenaje que podemos hacerles no consiste únicamente en celebrar. Consiste en comprometernos.Ojalá llegue el día en que las estrellas amarillas dejen de multiplicarse sobre nuestras rutas.

 

Mientras tanto, cada una seguirá recordándonos que detrás de una tragedia vial nunca hay solamente una víctima. Hay una infancia que se perdió para siempre. Hay una familia que nunca volverá a ser la misma. Y hay una sociedad que tiene el deber de aprender de cada una de esas historias para que no vuelvan a repetirse.

 

Porque las infancias no pueden esperar.

 

Y porque protegerlas es una responsabilidad que nos involucra a todos.

 

'
'