La magnífica humanidad
A un año de asumir su cargo, el papa León XIV dedicó su primera encíclica a la cuestión de la inteligencia artificial. En esto hay una continuidad con la impronta de su antecesor Francisco, que empleaba estos documentos eclesiásticos para reflexionar sobre cuestiones profundas de la humanidad.
POR JOSE ALBARRACIN
Si algo caracteriza al sistema económico imperante, es la constante búsqueda de fuentes de lucro, aún cuando ello implique usurpar bienes que tradicionalmente han sido comunitarios y que incluso las leyes declaran como dominio público. Es el caso, por ejemplo, del agua: cincuenta años atrás, el agua envasada era una rareza, hoy es un lugar común. Y no sólo las compañías de refrescos se la apropian: también las mineras, las agropecuarias. Y hablando de ese rubro, la idea de que una semilla que se emplea para producir un alimento pudiera ser de propiedad privada y general "royalties" hubiera sido impensable hace pocas décadas atrás, y hoy es una imposición de las grandes cerealeras como Cargill o Monsanto/Bayer. La industria de la inteligencia artificial se inscribe claramente dentro de esta lógica de apropiación, por parte del capital, de bienes comunes: el problema es que en este caso ya no es un mero recurso natural, sino tan luego la esencia de la persona humana, su mente. En palabras del CEO de OpenAI, Sam Altman, "vemos un futuro en el cual la inteligencia pasará a ser una utilidad más, como la electricidad o el agua, y la gente nos la comprará a nosotros por metros".
León.
Parece adecuado, entonces, que ante semejante panorama -que viene a introducir cambios radicales no ya en la economía, sino en la estructura de la personalidad- a un año de asumir su cargo, el papa León XIV haya dedicado su primera encíclica a la cuestión de la inteligencia artificial.
En esto hay una continuidad con la impronta de su antecesor Francisco, que empleaba estos documentos eclesiásticos para reflexionar sobre cuestiones profundas de la humanidad aquí y ahora, desde una perspectiva espiritual y humanista alejada del discurso de los negocios y la diplomacia.
La encíclica lleva el hermoso nombre de "Magnifica Humanitas" (Magnífica humanidad) y es, precisamente, una reivindicación expresa del espíritu humano en tiempos en que esa cualidad única de nuestra especie está siendo amenazada por los más recientes desarrollos del capitalismo. Se la ha criticado por ser algo tibia, sin contener una condena expresa de esta nueva tecnología -que implica un peligro inminente para la humanidad y su medio natural-pero ese tono conciliatorio no resulta tan extraño viniendo del Vaticano.
El documento de 42.300 palabras fue firmado exactamente en el día del 135 aniversario de la "Rerum Novarum", la encíclica del anterior papa León (el XIII) que también venía a sentar postura sobre una crisis humanitaria, en aquel caso, la que planteaba la Revolución Industrial.
Inhumana.
Para poner las cosas en claro, el papa empieza por dejar sentado que la AI es fundamentalmente "no humana": "Debemos evitar la concepción errónea de igualar este tipo de 'inteligencia' a la de los seres humanos. Estos sistemas meramente imitan algunas funciones de la inteligencia humana. Al hacerlo, a veces sobrepasan la inteligencia humana en velocidad y capacidad de cómputo, ofreciendo beneficios tangibles en varios campos. Pero este poder se mantiene totalmente atado al procesamiento de datos. Las así llamadas inteligencias artificiales no viven experiencias, no poseen un cuerpo, no experimentan alegría ni dolor, no maduran a través de las relaciones con humanos, y no saben por sí mismas lo que significan el amor, el trabajo, la amistad o la responsabilidad".
Esta postura viene a contradecir el pensamiento de muchos actores vinculados a este sector industrial, que han insinuado la posibilidad de que estos "modelos" puedan sentir o expresar emociones humanas.
Yendo más a lo concreto, el documento ratifica lo esencial de las buenas prácticas laborales y la retribución justa al trabajo: "Los distintos tipos de inseguridad" en el ámbito laboral "no deben ser evaluados sólo en términos de eficiencia, sino en relación a la dignidad del trabajador, el derecho a una remuneración suficiente, y a la genuina posiblidad de participar en la sociedad".
Al respecto, condena las "nuevas formas de esclavitud" relacionadas con la economía digital, incluyendo a los jóvenes que trabajan por un salario mínimo en el etiquetamiento y moderación de contenidos, y hasta los niños que trabajan en la peligrosa extracción de los minerales que estas tecnologías requieren: "Los cuerpos de esta gente son heridos y agotados para permitir el el flujo computacional continúe ininterrumpidamente".
Babel.
En algunos párrafos el mensaje parece tener destinatarios claros en los "mercaderes del templo" contemporáneos, y los políticos que desprecian a su propia ciudadanía: "El valor de las personas no depende de lo que producen o consiguen" sino que "hay derechos que le corresponden a todos y cada uno por el sólo hecho de ser humanos". La palabra "dignidad" es reiterada una centena de veces en el texto.
El punto máximo parece ser una metáfora bíblica (como las que tanto gustan al presidente argentino): "Les pido a todos que abandonen la construcción de otra Torre de Babel, y a unir fuerzas en la construcción del bien común, para que la humanidad nunca pierda su belleza, y el mundo pueda volver a reconocer al corazón humano como el lugar donde mora Dios".
La historia de Babel, del Génesis, describe un mundo en el que la humanidad intentó construir una torre cuya cumbre llegara a los cielos, desafiando el poder divino, ante lo cual sufrieron el castigo de perder una lengua común, con la aparición de distintos idiomas que generaron divisiones y desconcierto. Es una advertencia contra una tecnología que se postula como lenguaje universal, cuando la diversidad está en la esencia misma de lo humano.
Volviendo a Altman, hace poco emitió un documento en el que predice que para 2030, la inteligencia artificial superará a los humanos en prácticamente todos los campos del conocimiento. Es interesante la respuesta que proporciona Geoffrey Clinton, uno de los creadores de la tecnología, que sin embargo es consciente de sus peligros: "Si te interesa saber cómo es la vida de los seres que no están en el tope en materia de inteligencia, preguntale cómo les va a los pollos".
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