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Leo is dead

Redacción 26/07/2026 - 00.17.hs

A fines de la década de los años sesenta, mucho antes de las computadoras personales, y por ende, de internet y las redes sociales, una revista universitaria de EEUU publicó un artículo que disparó una de las teorías conspirativas más difundidas de la historia. Según el análisis efectuado sobre letras de canciones e imágenes en las tapas de los álbumes, llegaron a la conclusión de que el entonces Beatle Paul Mc Cartney había muerto en un accidente automovilístico en 1966, y por razones contractuales, para mantener viva la franquicia, había sido reemplazado por otra persona que se le parecía enormemente, tanto en su aspecto físico como en sus cualidades vocales. Así se instaló la idea de que "Paul está muerto" (Paul is dead), todavía referenciada en los libros y foros sobre la historia de los Beatles.

 

Dead.

 

El truco tuvo éxito porque estaba presentado como una investigación dedicada, con varias fuentes distintas, que incluían letras de canciones como She's leaving home o Glass Onion, tapas de discos como Magical Mistery Tour o Abbey Road, todo analizado a la luz de las lecturas orientales que la banda cultivaba por aquellos años.

 

Que Paul apareciera en un disco disfrazado de morsa, o en otro, caminando con los pies descalzos, inmediatamente se conectó con ritos funerarios de la India y otras culturas orientales, dando a entender que por algún extraño motivo, la banda que había permitido la sustitución e impostura ante la muerte de su miembro original, quería compartir con sus fans estos "guiños", no se sabe si por culpa o por duelo.

 

El caldo de cultivo era ideal, además, por el auge de suspicacias que provocó pocos años antes el asesinato del presidente John Kennedy (cuya investigación oficial nunca resultó convincente) y por el hecho singular de que, en aquellos años, la gente prestaba atención a la letra de las canciones y se las tomaba muy en serio. Por ejemplo, Charles Manson aseguraba que los asesinatos que perpetró su secta provenían de "instrucciones" en canciones de Los Beatles. ¡Qué años aquellos, en los que la vulgaridad literaria del regatón hubiera sido imposible!

 

Segundo.

 

Algo parecido pasó el domingo pasado, tras la final de la Copa del Mundo, cuando fue bajando la espuma de la cerveza y los hinchas argentinos comenzaron a compilar el listado de cosas extrañas que habían ocurrido esa tarde en Nueva Jersey. Se había invertido demasiado en esa celebración como para permitirse la simple tristeza del fin de fiesta, de la despedida a una camada de jugadores brillante, y ni qué hablar de reconocer las virtudes del rival triunfante.

 

Para empezar, esa extraña arenga del capital argentino en los pasillos rumbo al campo de juego, dando a entender que en el vestuario había ocurrido algo traumático que debía ser superado. Esa extraña seguidilla de lesiones en la defensa argentina, que motivó la obligada sustitución de piezas claves del equipo. Ese extraño récord por el cual, el equipo más goleador de la la Copa, no llegó a disparar una sola vez al arco rival en los 90 minutos reglamentarios. La extraña ausencia en los cambios del centrodelantero más rendidor del equipo.

 

La idea instalada es que la FIFA operó algún tipo de "apriete" en favor de España, lo cual se confirmaría por el hecho de que sus jugadores fueron premiados por encima de los argentinos en todas las categorías: el arquero, que ni tocó la pelota (el nuestro atajó casi diez); el capital del equipo, que no influyó en ningún resultado (el nuestro metió 8 goles) y hasta el jugador joven revelación, un artista circense consumado, digno de cualquier trapecio.

 

En el clima previo de una feroz campaña de odio contra Argentina, no ya del equipo de fútbol, sino de la nación entera (¿cómo ese obsceno despliegue de xenofobia no motivó ningún rechazo serio de de la FIFA ni de los países organizadores?) y el recuerdo de otras finales con decisiones arbitrales amañadas, como en Italia 1990 o Brasil 2014, esta nueva teoría conspirativa del 2026 ha llegado para quedarse. Y se aguardan nuevos capítulos y nuevos argumentos futuros.

 

Sospecha.

 

Es improbable que las teorías conspirativas desaparezcan en el futuro, ni siquiera con la inteligencia artificial superpoderosa que podría rebatirlas en una fracción de segundo. Como sospechamos que la verdad no se sabrá nunca, nos encanta disfrazarnos de detective, con sobretodo, lupa y pipa, para desconfiar de todo y de todos.

 

Casi sería deseable que aplicáramos el mismo escepticismo, la misma desconfianza, a nuestros representantes políticos, y nos dedicáramos a hacer el seguimiento de la enorme cantidad de ocasiones en que nos defraudan, nos mienten, sin disimulo y hasta con aparente placer.

 

Pero claro, la teoría de que Paul ha muerto ya no parece muy convincente: ¿cómo es posible que el supuesto sustituto haya demostrado, sesenta años después, un talento igual, si no superior, al supuesto Beatle muerto? A los 84 recién cumplidos, acaba de sacar un disco, "The Boys of Dungeon Lane", que los expertos reconocen, con extraño acuerdo, como una obra mayor.

 

En cambio, cuando se trata de esa "organización sin fines de lucro" que regentea el fútbol mundial, cualquier suspicacia está permitida. Si la teoría es que, por ejemplo, la FIFA (o su presidente, Mr. Magoo) secuestró a un hijo del capitán argentino, para luego cortarle todos los deditos y devolvérselos a la familia, encurtidos en frasquitos de vidrio, con una leyenda de advertencia, la hipótesis no parece tan descabellada.

 

Sólo nos queda el consuelo de que, como Al Capone, esta manga de mafiosos nunca pagará por sus verdaderos crímenes, pero de todos modos terminarán en gayola, vestidos de naranja como la selección de Países Bajos.

 

PETRONIO

 

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