¿Querés recibir notificaciones de alertas?

Las notificaciones están desactivadas

Para activar las notificaciones:

Domingo 14 de junio 2026

Un aroma de amargura

Redacción 14/06/2026 - 00.17.hs

El viernes pasado se produjo un hito en la historia del capitalismo, o para el caso, de la humanidad (hay quien dice que ambos conceptos son inseparables). Resulta que Elon Musk, el nazi sudafricano al frente de compañías como X (ex Twitter), Tesla (autos eléctricos) y Neuralink (implantes cerebrales) comenzó a cotizar públicamente en bolsa las acciones de su compañía de exploración espacial e inteligencia artificial, SpaceX, y como por arte de magia se transformó en el primer billonario de la historia. O lo que allá llaman "trillonario", esto es, alguien que acumula un millón de millones de dólares, un número con trece dígitos. Nada mal para un proyecto empresario al cual, cuando comenzó, su propio creador no le adjudicaba ni el 10% de probabilidades de éxito.

 

Quince.

 

A un valor de 135 dólares por acción, esta "presentación en público" colocaba el valor de la quinceañera SpaceX en 1.77 billones, una apuesta algo optimista si se tiene en cuenta que, el año pasado, la compañía obtuvo ingresos por "apenas" 18.3 miles de millones, con un resultado operativo deficitario en 4.2 miles de millones, conforme datos públicos compilados por el economista Robert Reich. Un balance al que contribuyen sustancialmente los contratos oficiales y las exenciones impositivas del gobierno norteamericano, a cuyo actual presidente Musk contribuyó unos 250 millones de dólares para su elección en 2024. Para no hablar de su fugaz paso por el gobierno, al mando del así llamado "departamento de eficiencia gubernamental" que terminó colapsando.

 

Pero, como todas las cosas en Wall Street, de lo que se trata es de las expectativas, y allí estaban todos los inversores, muchos de ellos fondos buitre, muchas administradoras de fondos de pensión, mucho broker manejando los fondos de pequeños inversores, todos queriendo "un pedazo" de esta compañía, en la cual jamás tendrán voz ni voto, ya que Elon Musk la ha estructurado de modo tal que sólo su opinión es la que cuenta. Al fin y al cabo, es el principal propietario, el gerente y el ingeniero máximos.

 

Poco importa aquí que el desempeño de la compañía no sólo sea flojo en lo financiero: todo el mundo ha visto los videos de sus lanzamientos de cohetes que terminaron en fuegos artificiales. Poco importa tampoco que entre los objetivos declarados de la compañía se encuentre el de "llevar la luz de la conciencia a las estrellas", una propuesta que no parece muy cuantificable en términos contables, ni debiera excitar la imaginación de los materialistas hombres de la bolsa.

 

Batman.

 

Para el caso, tal parece que la imagen de superhéroe de comic que cultiva Musk, les hace ignorar a los inversores su consumo de ketamina, su pública exhibición de saludos nazis, sus 14 hijos con cuatro mujeres distintas (hay dos a los que bautizó X AE A-XII y Exa Dark Sideræl, respectivamente- su desprecio por la democracia y su paranoia apocalíptica, principal motor en su proyecto central de conquistar el planeta Marte.

 

Y si, el muchacho está un poco "tocado", pero si tiene tanto dinero, ¿qué puede salir mal?

 

Bueno, parte del problema es que, antes de colonizar Marte, parece que Musk está colonizando (en un sentido amplio, que incluye la colonoscopía) el planeta Tierra. Ahí está como muestra la ciudad que "inventó" para el funcionamiento de SpaceX, y donde vive la mayoría de sus empleados, denominada Starbase, y ubicada en la costa de Texas, cerca del límite con México.

 

Se trata de una ciudad totalmente privada, a la que sólo se accede a través de portones electrónicos rigurosamente vigilados, y donde cualquiera que pretenda dar un paseo no autorizado será repelido vigorosamente por el personal de seguridad. Incluso viejos vecinos del área (antes el pueblo se llamaba "Boca Chica") tiene prohibido pasear por sus calles, parques, y su centro comercial con sushi bar y todo.

 

Ponzi.

 

En esa pequeña Utopía, donde los empleados de la compañía eligen vivir para evitarse largos traslados lejos de su familia, la gente trabaja un mínimo de doce horas, y la vida comunitaria se rige por el catecismo de Musk, el amo.

 

Imposible no recordar aquel otro proyecto utópico -hoy felizmente olvidado- denominado Fordlandia. Fue cuando un siglo atrás, el magnate automotor norteamericano Henry Ford inventó una ciudad en el medio del Amazonas brasileño para la producción de caucho para sus neumáticos, y donde los pobres obreros locales, que trabajaban por sueldos miserables debian someterse a un régimen de vida dictado por su empleador, el que incluía una dieta estrictamente vegetariana, y un código moral calvinista.

 

De algún modo, a partir del viernes hay una enorme cantidad de personas que han pasado a depender del humor voluble -y del supuesto talento- de este nuevo héroe de pacotilla llamado Trump. No porque sean sus empleados (esa categoría que los nuevos multimillonarios han decidido exterminar) sino porque gracias al clima tóxico de la época, muchos tomadores de decisiones han atado esos destinos a esta nueva aventura mesiánica.

 

Si esto es o no una estafa piramidal -como sugiere el ya citado Robert Reich- todavía está por verse todavía. Pero hay demasiadas reglas que se están rompiendo, tanto políticas como económicas, para que todo esto que está sucediendo no destile un olor sospechoso. La palabra "musk" ("almizcle" en español" designa, entre otras cosas, a un aroma amargo, animal, primitivo, que evoca vagamente la masculinidad tóxica que Musk practica. Ojalá que nuestras pituitarias no estén en lo cierto.

 

PETRONIO

 

'
'