Un gobierno mal parado
En una de las payasescas presentaciones del presidente Milei, aproximadamente un año atrás, llamó la atención que gran parte de los concurrentes -una suerte de tribuna- saludaba la aparición del Presidente repitiendo a coro una serie de denuestos que involucraban a John Maynard Keynes (Milei es un férreo detractor de ese economista británico). Como los especialistas en economía no suelen formar conjuntos de elogio o críticas a voces, y en el nivel popular Keynes era -y es- muy poco conocido, el suceso apestaba a cosa preparada, no exenta de cierta torpeza.
El destinatario de aquella bulla –fallecido en 1946- fue uno de los economistas cuyas teorías tuvieron mayor repercusión económica y política en el siglo XX, y cuyo pensamiento central apuntaba a que “el sistema capitalista no tiende al pleno empleo ni al equilibrio de los factores productivos, sino hacia un equilibrio que solo de forma accidental coincidirá con el pleno empleo”, concepto que eriza la piel de los neoliberales.
Pues bien: el diario porteño Página 12, en simultáneo con el madrileño diario Red, de España, publica una nota respecto a que, a nivel mundial, hay un consenso de facto sobre que el acuerdo liberal globalista ha fenecido, al considerar que el Estado ha vuelto a tener un papel de importancia en el nuevo modelo de acumulación. Sostiene nada menos que, en rigor, “la presencia del Estado nunca ha dejado de tener importancia en el orden económico. El propio neoliberalismo y la globalización se lograron mediante continuas intervenciones estatales. Fueron el soporte del mercado”.
Exactamente a lo contrario del nivel que se embarcó la Argentina neoliberal, el nuevo modelo trata de “un Estado que comanda la reorganización económica de los países y del orden mundial: impone aranceles para proteger empresas propias, chantajea a naciones para invertir en el territorio local, subvenciona determinadas industrias, devalúa la moneda para fomentar exportaciones, aplica normas de origen a las importaciones, crea y fragmenta mercados, en función de criterios geopolíticos o de “seguridad nacional”, etcétera. De un Estado de soporte, propio del liberalismo, estamos transitando a un Estado gestor, inversor y planificador del desarrollo económico”.
O sea que, más allá de la circunstancia propia de cualquier país y en un enfoque global no hay duda de que ha comenzado a concretarse una suerte de “nuevas políticas industriales”, de cuya vigencia cada vez mayor no dejan dudas las estadísticas, que marcan una indudable línea ascendente en cuanto a los países que las han adoptado en los últimos diez años. Dicho en forma más clara: para impulsar el desarrollo, los gobiernos, a través del Estado, impulsan actividades productivas, en lugar de dejarlas únicamente en manos del mercado.
Esta nueva concepción del desarrollo deja de lado en forma absoluta aquello que el gobierno mileísta pretendió imponer como una ley inamovible: el crecimiento “se sostiene sobre gobiernos que aplicaban una gestión macroeconómica sólida” (austeridad fiscal, recorte del gasto público, flexibilización laboral), apertura de los mercados y las “empresas privadas que hacían el resto”.
La nueva concepción, que desde luego abunda en políticas proteccionistas y de subsidios, deja absolutamente mal parado al gobierno argentino, máxime que procede de las para él irrecusables fuentes académicas y económicas del tan admirado Norte.
Estas nuevas formas, que suelen llamarse productivistas, para mal de los economistas gubernamentales argentinos, se completan con una decidida mejora en los servicios sociales, especialmente de educación y salud. Difícil que en alguna futura concentración mileísta haya abucheos para Keynes.
Artículos relacionados
