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De buena madera

Miguel Giuliani encontró en la carpintería un oficio que absorbió por el trabajo de su padre y con el que hoy enseña a casi 100 personas por mes en los cursos que brinda a diario, sobre todo a mujeres. Se destaca por sus trabajos en melanina y distintos amoblamientos.
El 90 por ciento son mujeres. Miran la pizarra con los números e indicaciones y después lo aplican a su trabajo para armar una cajonera, un placard o una cucha para el perro. Aprenden a manejar los distintos martillos y lijadoras. Adquieren un oficio que puede ser una salida laboral o una forma de hacer y arreglar sus propios muebles.
«La mayoría son mujeres y las motivaciones son distintas, algunas lo hacen por una cuestión recreativa y otras buscan una forma de ganarse unos ingresos. Por ejemplo hace un tiempo empezó una chica con hijos chiquitos que me decía ‘me quiero ir aunque sea dos horas de mi casa, despejarme un rato y poner la cabeza en otra cosa’. Al tiempo me contó que puso su propio microemprendimiento haciendo muebles con pallets. Eso funciona y está buenísimo», cuenta Miguel Giuliani (45) en su carpintería del barrio santarroseño de Villa Alonso, en la calle Pampa, el lugar donde diariamente además de hacer sus trabajos particulares brinda talleres para quienes encuentran en el trabajo sobre la madera un oficio o un pasatiempo.
Desde chico Miguel convivió entre el aserrín y las herramientas de un carpintero. Su papá Abel (77) se hizo conocido en la ciudad por su labor con la madera y esa herencia se transmitió a su hijo que desde chico aprendió los secretos del trabajo de Geppetto, ese carpintero literario que supo construir al entrañable Pinocho.
«Desde chico empecé a ayudarlo, cada uno tiene su personalidad y, como suele suceder por ser de generaciones distintas, chocás, tenés rispideces. Y siempre fue así hasta que llegó un momento en que le dije: ‘Ok, trabajamos en el mismo lugar pero vos hacés tus trabajos y yo los míos’. Y así fue, por supuesto que él ya tenía todas las maquinarias y eso ayudó, además de enseñarme y guiarme, pero de alguna manera también cada uno tomó su camino».
Miguel se especializa en los trabajos con aglomerados, con melanina. En el armado de placares, de amoblamientos de cocina, de juegos infantiles, de cuchas. «Podés hacer un montón de cosas, lo que se te ocurra. A mí nunca me gusto trabajar los marcos, las aberturas, lo macizo, eso siempre lo hizo mi viejo. Ya hace más de 20 años que trabajo en esto y armé mi clientela. La carpintería es un trabajo que siempre tiene demanda y con el crecimiento que ha tenido Santa Rosa en los últimos años es impresionante el trabajo que hay, por eso yo creo que hoy hay una especie de revolución de los oficios. Y las mujeres tomaron la delantera».

Demanda femenina.
Fuera del horario de la carpintería, las tardes en un gimnasio se acumularon y también las relaciones sociales. El grupo que compartía el horario se fue enterando del trabajo de Miguel y empezaron los comentarios. «Las mujeres me decían que organizara cursos los sábados, que querían aprender. Insistieron tanto que al final comencé a dar clases gratuitas. Fue tanta la gente que vino que llegó un momento que me colapsó, así que decidí poner una tarifa y cobrar. Pero vino más gente, así que no me quedó otra que organizarme y hoy hay casi 100 personas que vienen a los cursos todas las semanas».
Miguel ocupa su galpón de carpintero de lunes a sábado. En talleres de hasta 15 personas enseña los secretos de cómo armar un mueble, por eso las pizarras tienen números y cálculos. Durante el resto del tiempo, hace sus trabajos particulares y se dedica a Brenda (13) y Ciro (11) y a deleitarse con algún plato en «Lo de Marta», la tradicional casa de comidas que su madre, la misma Marta (67), atiende desde hace mucho tiempo.
«Hay mucha demanda de trabajo en cuanto a los oficios y es una buena salida laboral y relativamente fácil, podés laburar bien y la gente se ha empezado a volcar por ese lado. Hubo un momento en que se fue perdiendo el oficio, pero hoy veo un resurgir, una revolución, sobre todo porque muchas mujeres se inclinan por la carpintería, la plomería. El oficio no se va a perder nunca porque siempre necesitás alguien que te coloque o arregle algo. Ver entrar una tabla y que salga hecha un mueble es súper gratificante».

Docencia.
Para muchos, el nombre de Miguel Giuliani está asociado a tapas de diarios, relatos radiales e imágenes de TV. En los ’90 fue un goleador implacable de Atlético Santa Rosa y abrió las puertas del fútbol más grande del país. Estuvo ahí, miró, lo dudó. Y se volvió. Encontró en la carpintería una salida que en otros lugares, muy parecidos a un laberinto, no encontraba. Y se convirtió en un emprendedor a tiempo completo.
«Cuando empecé con los cursos me enganchó mucho esto de poder transmitir algo, enseñar algo que vos sabés. Pero no porque yo haya estudiado o tenga la receta mágica o sea lo mejor, simplemente que vos sabés hacer algo y se lo transmitís a otra persona, porque en definitiva, ¿qué otra cosa vas a dejar?», se pregunta Miguel, que también muestra su costado solidario con la construcción de cuchas comunitarias para perros callejeros.
«Hemos hecho un montón y la verdad que es un laburo muy gratificante. En la carpintería se puede hacer de todo, casitas para juegos infantiles, muebles chiquitos, grandes, todo se puede adaptar», destaca quien a cada «alumno o alumna» le da cuatro claves para trabajar y un «secreto» para diferenciarse del resto.
«A la gente que viene yo les digo que hay cuatro cosas fundamentales para trabajar en este oficio: las herramientas, el diseño, los materiales y las medidas. Vos con esas cuatro cosas podés trabajar, pero hay un quinto elemento que te va a diferenciar, y es el detalle. Con el detalle vas a marcar la diferencia».