Acerca del voto como intento para sobrevivir

Señor Director:
El título de esta nota puede impresionar como inquietante o disparatado. Sin embargo, es verdadero el motivo, pues mucha gente se pregunta cómo es que una persona puede votar en favor de quien representa intereses diferentes de los suyos.
Creo que el voto, por qué o por quién se vota, es un acto complejo y que en algunas personas resulta de un estado existencial que supone cierta forma de desamparo.
Estoy atento a las explicaciones que se ensayan acerca de esta manera de votar. Desde el campo político la respuesta dominante es que resulta de una acción de propaganda que consiste en sugerir que se representa y se propone exactamente lo contrario de lo que se representa y propone. Este tipo de propaganda existe y hasta es posible que tenga una presencia mayor de lo que se suele suponer.
Leí a un psicoanalista argentino que aborda el tema con franqueza, a partir de preguntarse por qué un individuo de las clases baja y media vota por candidatos y partidos que no están precisamente orientados en el sentido de favorecer sus necesidades. Explora el terreno del masoquismo y principalmente del masoquismo anal como una probable respuesta, pero él no la adopta sino como expresión de otro rasgo humano: el que hace que quienes habitan en desamparo e inseguridad tienden o pueden tender a votar por quienes tienen alguna responsabilidad por su estado, por una tendencia a buscar instalarse en la tienda o el ámbito del más fuerte con la esperanza de ser aceptado y protegido.
En la búsqueda de respuestas aparece el tema de la ancianidad, sobre todo la de nuestro tiempo, cuando la existencia se está prolongando visiblemente. Cierta cantidad de ancianos podrían hacer esa opción de voto, a pesar de que, por ejemplo, la integrante del directorio del Fondo Monetario Internacional (FMI) Christine Lagarde, ha dicho: “Los ancianos viven demasiado y eso es un riesgo para la economía global”, para agregar que hay que hacer algo al respecto. La Lagarde no dice qué es lo que habría que hacer y bien puede alegar que tiene una idea diferente. No obstante, es notorio que el neoliberalismo ahora imperante en gran número de países propone prolongar la edad jubilatoria y en otros casos aconseja o aplica la eliminación de ciertas acciones sociales que se orientan a proteger la ancianidad en problemas (pensiones, subsidios, etc.).
En el otro extremo de la existencia, la niñez en igual situación, la respuesta citada puede, en mi opinión, relacionarse con el “síndrome de Estocolmo”, que tiene en cuenta los casos en que alguien que ha sido secuestrado se convierte en aliado y hasta en amante del secuestrador. La explicación coincide con la que insinúa nuestro analista sobre el impulso que busca ser aceptado por quien restringe su libertad o pone en riesgo su existencia, como una manera de protegerse. El secuestrador llegaría a aceptar un ofrecimiento que halaga su vanidad o porque ve conveniencia al menos circunstancial.
Si el síndrome de Estocolmo puede explicar los casos de ancianos o niños en situación de desamparo, se infiere que tal estado crea un problema que cada individuo resuelve según su experiencia o su naturaleza. El chico de barrio que sirve a un hampón o a un policía descarriado cree ganar seguridad con esa alianza, aunque le signifique riesgos y lo obligue a ceder la parte del león.
Chicos ni ancianos dan una única respuesta. El anciano llega a las altas edades en muy diferentes condiciones, con una tradición de conducta que varía mucho. Si hay quienes votan por egoísmo, los hay que responden a otras motivaciones, aun en el desamparo. Y hay chicos que, si bien ganarían en protección para su estado de desamparo y riesgo, optan por su libertad como una manera de sobrevivir en el medio hostil. De última: somos, como se ha dicho, seres en situación y dependemos en gran medida de nuestras circunstancias. Somos “Yo y mis circunstancias”.
Atentamente:
Jotavé