Blanquean familiares

Cuando se trató la ley de blanqueo de capitales, el año pasado, la mayoría de los legisladores se puso de acuerdo y votó un artículo para impedir, expresamente, que los familiares de funcionarios públicos pudieran acogerse a ese beneficio. Durante el debate en el Congreso de la Nación hubo coincidencia en poner ese límite para evitar lo que a todas luces constituye un claro conflicto de intereses, es decir, que quienes tienen responsabilidad de gobierno puedan beneficiar patrimonialmente, a través de decisiones oficiales, a miembros de su familia o de su entorno cercano.
Indiferente a tales prevenciones el presidente de la Nación vetó ese artículo y habilitó la posibilidad de que sus familiares y los de todos los funcionarios del gobierno pudieran blanquear los dineros que sacaron al exterior para evadir al fisco. Ahora se acaba de saber, a través de una investigación periodística, que un hermano del presidente, un primo del jefe de Gabinete, un cuñado del secretario Legal y Técnico de la Presidencia y dos amigos muy cercanos al presidente y acaudalados empresarios pudieron blanquear enormes sumas que tenían depositados en bancos extranjeros. El monto total supera holgadamente los cien millones de dólares.
Por supuesto, la noticia fue ignorada por los grandes medios porteños entretenidos en demonizar a los mapuches, a los sindicatos o en seguir la ruta del dinero K, pero igualmente puso de manifiesto que se cumplieron los temores de los legisladores quienes resultaron burlados por la decisión presidencial.
Por el momento se conocieron estos nombres pero no se descarta que surjan otros. De paso la noticia permitió conocer que en el círculo íntimo de la cúpula del gobierno existen enormes fortunas depositadas en el exterior con el fin de evadir la ley tributaria.
También se supo que la información que trascendió sobre estas operaciones provocó mucho enojo en el macrismo, lo cual no deja de resultar paradójico. Más enojo debería causar en la población saber que personas tan cercanas al gobierno se beneficiaron con una operatoria que la ley prohibía expresamente y que solo mediante un veto presidencial pudo llevarse a cabo.

Aumenta el rojo
La apertura indiscriminada de las importaciones trajo una pésima noticia: el déficit de la balanza comercial del primer semestre superó los 3.400 millones de dólares y su proyección a fin de año podría alcanzar el récord en, nada menos, 107 años de estadísticas oficiales.
Este enorme rojo del comercio exterior se origina en la política económica del macrismo que sigue al pie de la letra la receta neoliberal sin tener en cuenta el pequeño “detalle” de que hoy, hasta las potencias económicas de occidente, implementan políticas proteccionistas. Lo acabamos de ver, y de sufrir, con EE.UU. y su virtual veto a la compra de biodiésel argentino.
Dos consecuencias nocivas para la economía tiene esta política comercial: destruye empleo al importarse productos que se fabrican en el país y compiten con las pequeñas y medianas industrias nacionales que son las mayores generadoras de mano de obra. Hasta alimentos se está importando en el colmo del sinsentido. La otra arista preocupante es que el elevado déficit comercial obliga al gobierno a endeudarse, y lo está haciendo a un ritmo muy acelerado: en veinte meses la deuda externa se incrementó en cien mil millones de dólares: más del doble de lo que tomó la última dictadura en siete años.
Indiferentes a este escenario, los charlistas televisivos ultraoficialistas y los gurúes de la city hablan de “brotes verdes”, de “rebote” de la economía y de “buenas perspectivas”. Desde luego, en lugar de datos aportan verborragia; a lo sumo algunas cifras aisladas y parciales que usan para confirmar sus hipótesis y sus sonrisas. Algo así como bailando en el Titanic.