Breve historia a propósito de la marcha por Santiago

LA SEMANA PAMPEANA

I – Sobre el fin de semana, la multitudinaria marcha que pidió en Santa Rosa por la aparición con vida de Santiago Maldonado -y sumó su voz al creciente clamor que recorre todo el país- coincidió con la reanudación de los juicios a los responsables de la represión que hace cuarenta años tuvo como víctimas a decenas de pampeanos. El largo tiempo transcurrido desde la comisión de los delitos de lesa humanidad por los que son juzgados y la presencia de un gobierno nacional que, como en los 90, no aparece comprometido con la causa de los derechos humanos, pareció alentar -a quienes han tratado, antes y ahora, de imponer un manto de silencio como respuesta a las atrocidades de aquellos años-, a reeditar el viejo discurso del olvido matizado ahora con alusiones a la necesidad de cerrar la “grieta”.

II – Una lectura simplista del resultado electoral de 2015 los lleva a creer que aquél “fuego sagrado” recogido del clamor popular de la democracia recuperada, encendido por Raúl Alfonsín con el juicio a las juntas y reavivado años después por Néstor Kirchner, ha sido barrido por la historia reciente luego del triunfo de ese engendro político mezcla oportunista de antialfonsinismo radical y de antikirchnerismo variopinto.

III – Aquí el nacimiento de las organizaciones de derechos humanos reconoce su origen formal en la presencia del Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel cuando visitó La Pampa invitado por LA ARENA en el marco de su medio siglo de vida periodística. Pero aún antes de esa fecha, la defensa de los derechos humanos formó parte de la agenda popular que la mantuvo hasta que, en los oscuros años de la dictadura, el silencio ganó a las organizaciones y siguió manifestándose en soledad desde estas páginas pese a las terribles represalias que se abatieron sobre los periodistas y sus familias. Una bomba que voló el edificio de LA ARENA el 4 de agosto de 1975, el encarcelamiento del periodista y militante político Raúl Celso D’Atri, hijo del director de LA ARENA y del jefe de Redacción, Saúl Santesteban, semanas después en un allanamiento en el domicilio del primero, se repitieron luego el nefasto 24 de marzo de 1976 cuando Santesteban fue nuevamente sacado de su domicilio en la madrugada y encarcelado mientras RCD era trasladado a penales fuera de la provincia. Luego corrió igual suerte Miguel Angel Pumilla, periodista de LA ARENA encarcelado poco después.

IV – El silencio que ganó a la sociedad pampeana en esos años solo fue quebrado por la solitaria voz de LA ARENA que, desde el primer día del golpe, reclamó, aún en el marco de censura y con las limitaciones que se imponían en un clima de terror e inseguridad generalizados, -y pese a las explícitas amenazas que significaban las detenciones de sus periodistas y la voladura de su edificio-, que la detención de ciudadanos honestos ponía a todos en peligro. Lo fue también la voz solitaria del director de LA ARENA reclamándole al presidente de entonces, Jorge Rafael Videla, dueño de vida y muerte, personalmente y en la cara, por la libertad de los presos políticos pampeanos. La cínica respuesta del dictador fue que no había presos políticos en La Pampa. (En esos años, hasta el humor de nuestro recordado Julio Alvarez Murguiondo en su columna Mundo 76 servía de excusa para clausurar la salida de LA ARENA como ocurrió en repetidas oportunidades. O las amenazas con forma de citaciones que la autoridades de la Subzona 14, máxima autoridad política de esos años de terror, hacían al director para que compareciera por una opinión o una información que no gustaba al poder militar).

V – Cuando retornó la democracia, a la solitaria voz de LA ARENA de los años oscuros se sumaron otras que, protegidas ahora por el estado de derecho, se animaron a romper su silencio y amplificaron el reclamo. Esa voz ampliada es la que, sobre el fin de semana, le marcó la cancha a quienes intentan, hoy como ayer, confundir la “grieta” con los derechos humanos y reeditar el “algo habrán hecho” con Santiago Maldonado. Esa multitud que recorrió las calles y salió masivamente a pedir la aparición con vida ejerció su derecho a reclamarle a las autoridades la aparición con vida del desaparecido detenido por la Gendarmería. Reafirmó así la fe en la verdad y en la justicia, le dijo no al olvido y reafirmó el credo de una sociedad que eligió dirimir sus diferencias en la arena del debate político, en los medios, en la discusión parlamentaria, en boca de sus representantes o a viva voz en los debates callejeros… sin mordazas, sin censuras, ni terrorismo de Estado, ni persecuciones o amenazas. (LVS)