Desigualdad también frente a la muerte

La vigencia de un mundo cada más desigual en cuanto a la riqueza y su distribución, se refleja en la información diaria. A veces se evidencia en la estadística, como ocurrió la semana pasada ante informes oficiales que demuestran con números claros que la brecha entre pobres y ricos es cada vez mayor.
Pero las noticias cotidianas también ponen en evidencia otro costado de esa misma realidad, aunque se requiere una lectura algo más atenta para detectarla.
Por ejemplo, el atentado ocurrido el pasado mes de enero por parte de extremistas islámicos contra el semanario humorístico francés Charlie Hebdo, sacudió al mundo con sus doce muertos y provocó reacciones de repudio diversas, algunas de fuertes consecuencias. Los reclamos y pronunciamientos ante el suceso (algunos de fuerte connotación racista) se prolongaron durante semanas en los más altos niveles gubernamentales de los países de Occidente.
Pero la desigualdad también se manifiesta en la clase de muerte y sobre quiénes recae. Al respecto una noticia estremecedora, con un fondo de miles de muertos, pero ocurrida en un Oriente que aparece como distante y ajeno, tuvo escaso eco en el periodismo internacional. Se trata de la renuncia a su puesto de un operador de drones del ejército de los Estados Unidos, actitud que tomó al advertir que con sus servicios en el manejo de esos vehículos sin tripulación que realizan bombardeos indiscriminados, había contribuido directa o indirectamente a matar más de un millar y medio de personas en Irak, Afganistán, Pakistán y Yemen. La muerte de un niño afgano fue el disparador de su renuncia llevándolo a preguntarse cómo, ante hechos semejantes, “podían nuestras acciones ser legales y justas”. No es la primera vez que actos similares de objetores de conciencia le cuestan a las fuerzas armadas norteamericanas la pérdida de técnicos altamente calificados.
Ahora la brecha vuelve a manifestarse con otro ropaje terrible: el de la desesperación, sentimiento que fue capaz de empujar algunos pobrísimos inmigrantes africanos a afrontar en frágiles embarcaciones un mar peligroso y frío en procura de alcanzar una Europa que no los quiere y en la que, apenas, España e Italia tienen para con ellos algo parecido a una actitud humanitaria. La consecuencia de semejante acto es espantosa: veintinueve murieron de frío en medio de un temporal y quince estaban graves al momento de ser rescatados.
El horror del suceso le dio trascendencia mediática y los europeos comienzan a declamar un complejo de culpa, pero no da para hacerse demasiadas ilusiones; pasados unos días el hecho será uno más de los tantos similares, con muertos en el mar por distintas causas, aunque siempre tras de la esperanza de llegar a un lugar que les permita vivir un poco más dignamente.
Apenas un poco de sensibilidad por los semejantes alcanza para advertir que la muerte tiene distinta trascendencia según a quién y en dónde suceda. Es lo esperable en un mundo cada vez más occidental pero poco o nada cristiano.