Dificultades económicas en Irán, pero también injerencia de EE.UU.

SIETE DIAS DE VIOLENCIA CALLEJERA EN CIUDADES DE IRAN

En una semana de protestas en ciudades de Irán, que tomaron forma violenta como en Venezuela, murieron 20 personas. Las dificultades económicas de Irán tuvieron bastante que ver, pero también la mano injerencista de EE.UU., Israel y Arabia.
EMILIO MARIN
El final de 2017 y el comienzo de 2018 fue poco auspicioso para la República Islámica de Irán. Entre el 28 de diciembre pasado y el 3 de enero hubo protestas en varias ciudades, que al principio tenían carácter pacífico, contra la carestía de la vida, la inflación y los mayores precios de los combustibles, entre otros puntos, pero luego degeneraron en violencia callejera contra la fuerza policial, edificios públicos y viviendas privadas.
Esa parte tan negativa hizo rememorar lo que la oposición venezolana hizo en Caracas y de otras ciudades entre abril y julio pasado, también con un alto costo en vidas, 131. Ya se verá que hay algunas similitudes entre los sucesos en el país persa y el sudamericano.
El presidente iraní, Hassan Rohani, anunció el proyecto de Presupuesto para el próximo año, que empieza en marzo de 2018 y culmina en mismo mes de 2019. Y ese presupuesto desató la inconformidad de una parte no menor de la población, pues subían los precios de la energía y los combustibles, y eso iba a encarecer el costo de la vida.
El estado iraní -como en venezolano, otra coincidencia- depende del precio del crudo internacional, su principal producto exportable, y hubo años de bajas cotizaciones del barril. Así la caja estatal se vio resentida. Tanto o más importante que eso fue el efecto negativo de las sanciones económicas y financieras aplicadas hasta 2015 con mayor virulencia por parte de Estados Unidos y potencias europeas, a las que se sumaron con alegría criminal Israel y el reino de Arabia Saudita.
El objeto de ese estrangulamiento era el crudo iraní, pero también todos sus movimientos comerciales y financieros, obstaculizados en grado extremo por un sistema internacional basado en el dólar y entidades financieras manejadas por Washington. Burlar o al menos contrarrestar ese bloqueo lleva tiempo y obliga a andar por caminos indirectos, con trueques y monedas de equivalencia. Y eso aumentó la cotización del dólar en el mercado negro de Irán, elevó el precio de los artículos de consumo y dejó al gobierno en posición de deudor frente a su gente, la que no obstante lo reeligió en 2017 en primera vuelta por otros cuatro años.
En ese resultado favorable tuvo mucho que ver el acuerdo obtenido por su gobierno en julio de 2015, con EE.UU. y demás integrantes del Consejo de Seguridad, más Alemania, sobre su programa nuclear pacífico. Así se fueron levantando varias de las sanciones, por etapas, sin una liberación total ni simultánea.
Eso significa que varias demandas de bajar la inflación, crear más empleo, acceder al crédito, etc, seguían siendo asignaturas pendientes para esta revolución que en febrero próximo cumplirá 39 años de vida.

La versión violenta.
Quiere decir que había causas internas y políticas económicas y sociales que Rohani no había podido resolver. Más aún, en una nota favorable a su gobierno, firmada por Rasoul Goudarzi y publicada por Resumen Latinoamericano con el título de “Triángulo fatídico detrás de protestas violentas en Irán”, se añade otro dato que a los argentinos puede remitirlos al diciembre de 2001: “el país experimenta una situación económica crítica por el aumento de precios de alimentos y la incapacidad de algunos institutos financieros y bancos en devolver el dinero de la gente”.
Se subraya esta situación social para no creer que todo lo ocurrido a partir del 28 de diciembre pasado es pura maquinación e injerencia imperial, sionista y de la monarquía saudita. Había problemas internos a resolver. Y coherente con esa génesis, las primeras manifestaciones callejeras fueron pacíficas, en la ciudad de Mashhad. Después hubo un giro hacia la violencia y la destrucción. Seis personas perdieron la vida en Qahderijan, mientras asaltaban una estación policial. En Khomeinishahr, otros manifestantes asesinaron a un niño de 11 años y dejaron herido a su padre. En Kahriz Sang, gente armada con escopetas atacó a dos guardias de seguridad, dando muerte a uno y dejando grave al otro. En Takestan, al norte de Qazvin, atacaron templos de oración, edificios privados, instituciones públicas y quemaron vehículos.
La cantidad de muertos se estimó en 20 y el número de detenidos en mil. El ministro de Educación de Irán, Mohamad Bathaí, admitió que un gran número de los arrestados en las protestas eran jóvenes y muchos de ellos, estudiantes. Otro motivo para que Rohani analice a fondo lo sucedido, porque es grave que una parte de la juventud haya sido arrastrada a episodios de tanta violencia contra la república islámica. Algo mal debe haberse hecho…

La mano de Trump.
En ese vuelco hacia la destrucción y la muerte, sin caer en posturas paranoicas, evidentemente tuvo que ver la injerencia de la administración Trump y sus aliados regionales.
Mientras Rohani admitía la licitud de las protestas pacíficas y las críticas a su gobierno, con la finalidad de “una mejora de la situación del país y de la vida de la población”, desalentando la violencia, desde Washington llegaban los tuits de Trump fogoneado una rebelión sangrienta. El 31 de diciembre tuiteó: “el gran pueblo iraní ha sido reprimido durante muchos años. Están hambrientos de comida y libertad. Junto con los derechos humanos, la riqueza de Irán está siendo saqueada, ¡Es hora de un cambio!”.
Casualidad o no, después de esos mensajes recrudeció la violencia y hubo tres muertos en Hamadan, dos en Izeh y dos más en Lorestan.
Luego Trump volvió a atacar a Irán pero al mismo tiempo a la política de la administración Obama, que firmó el acuerdo nuclear en 2015. Tuiteó: “Todo el dinero que el presidente Obama les dio de forma alocada fue al terrorismo y a sus bolsillos. La gente tiene poca comida, mucha inflación y carece de derechos humanos. ¡Estados Unidos está vigilando!”.
El magnate neohitleriano completó sus pensamientos: “Mucho respeto al pueblo de Irán en su intento de recuperar su corrupto gobierno. ¡Verán un gran apoyo de los Estados Unidos en el momento adecuado!”. Eso del “momento adecuado” sonó a una amenaza concreta de intervención.
Tampoco se quedó atrás el premier sionista y socio menor de Trump, Benjamin Netanyahu, quien elogió a los “valientes manifestantes y sus exigencias de libertad y justicia; iraníes e israelíes volverán a ser grandes amigos, cuando caiga la República islámica, algo que sucederá algún día”.
En cambio Rusia, China, Siria, Venezuela, Cuba y otros países, reclamaron a la Casa Blanca que cesara en su injerencia en Irán. El representante ruso ante el Consejo de Seguridad, Vasili Nebenzia, urgió a dejar de discutir sobre Irán y pasar a otros temas más importantes como la situación en Irak y Yemen, el último un palo para Arabia.

Contraataque iraní.
La política del gobierno persa fue correcta durante esta mini crisis. Admitió la justeza de muchos reclamos y pidió que se canalizaran pacíficamente, por lo que el grueso de los manifestantes dejó las calles el 2 de enero. Los grupos más violentos quedaron expuestos a partir de ese día, cuando cayeron estrepitosamente en su capacidad de convocatoria. Hasta medios israelíes admitieron que a partir del 2 de enero las protestas habían terminado.
El comandante iraní de los Guardianes de la Revolución, general Mohammed Ali Jafari, aseguró que el 3 de enero había finalizado la ola de violencia y minimizó la representación de los manifestantes contrarios al gobierno, asegurando que no habían sido más de 15.000.
El 3 y luego el viernes 5, quienes ganaron las calles fueron los defensores de la república islámica, en movilizaciones multitudinarias que apoyaron a Rohani y al ayatolá Alí Jamenei. Incluyeron algunos carteles para que el gobierno preste atención a las exigencias de la población por la situación económica difícil.
Hubo ríos de gente en las ciudades de Ahvaz, Kermanshah, Bushehr, Abadan, Gorgan y Qom, también en Teherán, Mashhad, Isfahan, Rasht, Yasoij, Ardabil e Urmia, tras el rezo del viernes. Muchos manifestantes coreaban gritaban “¡Muerte a Estados Unidos, muerte a Israel!”.
En simultáneo, las fuerzas de seguridad detuvieron a grupos contrarrevolucionarios, algunos supuestamente ligados a un agente de la CIA, Michael Andrea, y otros del grupo proscripto MKO (Muyahedin Jalq). El Fiscal iraní Mohammad Jafar Montazeri reveló el 4 de enero que esos sectores fueron los confabulados con EE.UU., Israel y Arabia Saudí para desencadenar los disturbios.
En el exitoso contragolpe iraní sobre la oposición violenta y la injerencia exterior pesó también el descrédito de Trump. En vez de sumar para la agitación violenta, el magnate empujó los peces hacia las aguas profundas, teniendo en cuenta que fue él quien dictó una orden para impedir el ingreso de iraníes a EE.UU. y abogó por anular el acuerdo con Irán suscripto por Obama. Igual resultado tuvo Trump amenazando invadir Venezuela: fortaleció a Nicolás Maduro.
El cronista se alegra del fracaso norteamericano en la mini crisis iraní. Ateo, no creyente, ora para que Rohani encuentre soluciones concretas y prontas a los dramas económicos de su gente. De lo contrario, si se minimiza el problema creyendo que sólo hay 15.000 disconformes, las revueltas pueden reaparecer, agravadas.