Murió Fidel Castro, líder sin par en la sociedad contemporánea

EL MAYOR REBELDE CONTRA EL PODER GLOBAL

Sergio Santesteban – Fue uno de los mayores protagonistas de la era de las revoluciones y logró que la suya sobreviva al tsunami neoliberal y se siga proyectando en nuestros días.
Murió Fidel Castro, tenía 90 años y fue uno de los dirigentes políticos más relevantes del siglo XX y lo que va del XXI. Fue un hijo prodigio de la turbulenta era de las revoluciones sociales y uno de los pocos que llegó a materializarla sobre la faz de la tierra. Había empezado Rusia en 1917 bajo el liderazgo de Lenin; siguió China en 1939 de la mano de Mao y después llegó Cuba en 1959 con la conducción de Fidel. La diferencia en favor de esta última frente a las otras dos está en el éxito de su defensa y en su persistencia de forma y contenido, en su reinvención y en la superación de los momentos más críticos sin conceder “ni un tantico así” a los avances globales del capitalismo.
Por eso Fidel Castro es el personaje más odiado del imperio norteamericano y su descomunal maquinaria de propaganda. A su compañero de ruta, el Che Guevara, lo han descafeinado y convertido en un “justiciero romántico”; una jugada de marketing, una concesión al guerrillero derrotado en Bolivia. En cambio con Fidel la construcción mediática global ha sido despiadada: durante décadas fue el “dictador” de un “régimen” que no respeta la democracia y somete al pueblo cubano a sus caprichos. Se entiende: el Che cayó vencido mientras que Fidel triunfó, hizo la revolución socialista y la consolidó a 90 millas de Estados Unidos. Y eso no se perdona. Sufrió más de seiscientos atentados contra su vida, lo cual es una muestra cabal del odio que despertó entre los patrones del mundo y su desesperación por quitarlo del medio para “recuperar” a Cuba. El bloqueo comercial a la isla durante más de medio siglo exhibe los extremos a los que puede llegar la brutalidad de los que pretenden imponer su voluntad urbi et orbi y no admiten desobedientes.

Líder global.
Si la figura de Fidel se agiganta ahora con su muerte es porque fue mucho más que un dirigente político cubano. En su larga vida como revolucionario levantó su mirada mucho más allá de los problemas e intereses de su país. Por eso estuvo en Vietnam, en Africa, en América Latina y siempre aportando una claridad envidiable a la hora de plantar su bandera y ubicar a los enemigos de los pueblos, a los chupasangre de los países pobres; mejor dicho, empobrecidos. Sus discursos interminables apelaban a la emoción pero también a la inteligencia de los gigantescos auditorios que su figura convocaba. En cualquer punto de la tierra que se abriera una llaga producto de la explotación imperial, siempre llegaba la voz de Fidel Castro con su denuncia, con su lucidez para iluminar las conciencias. En esa desigual pelea contra un enemigo que lo superaba ampliamente en recursos económicos, militares y comunicacionales fue, muchas veces, la voz de los sin voz. El que ponía al descubierto tantas calamidades que castigaban a pueblos enteros silenciados y ninguneados por un sistema mediático global que tiene el poder de iluminar u oscurecer según sus intereses.
Fue también un perpetuo desvelado por los avances científicos y tecnológicos, pero no para deleitarse con las maravillas del ingenio humano sino para que esos logros puedan beneficiar también a las mayorías populares.
Esa sensibilidad por los “humillados y ofendidos” de la tierra y la pasión que desplegó en su defensa le granjeó la admiración internacional. No hubo otro líder político que, como él, arribara a cualquier país del mundo y convocara a multitudes a su alrededor. La gente lo reconocía, le mostraba su afecto y, sobre todo, lo escuchaba. En nuestro país fuimos testigos de ese fenómeno impar. Desafiando los protocolos de las visitas de jefes de Estado, era frecuente verlo tomar contacto con las personas comunes para hablar con ellas y, evidentemente, nutrirse e informarse directamente con esa relación. Esos encuentros, por lo general, tomaban la forma de mitines políticos en donde su voz se alzaba para hablar de los urgentes problemas regionales y globales que concernían a cada comunidad.

Un precursor.
La presunta indiferencia de las grandes mayorías populares por la política es, sin duda, una construcción mediática funcional a los intereses de las elites económicas y políticas globales. Fidel Castro perforó esa muralla discursiva con su potente presencia de dirigente comprometido con las necesidades de los más sumergidos. Y lo hizo en todo el mundo, en los cinco continentes, armado únicamente con sus convicciones y su más que módica estructura comunicacional, muy inferior a la gigantesca maquinaria propagandística del imperio.
Fue uno de los muy pocos líderes políticos que se atrevió a enfrentarse, de igual a igual, a Estados Unidos. Incluso cuando éste se convirtió en la potencia hegemónica global. Y no arrugó ante tamaño desafío, ni ante las amenazas, ni las centenares de atentados contra su vida, ni la invasión militar, ni ante las operaciones encubiertas para infiltrar enemigos en la isla, ni las miles de maniobras de espionaje que armaron en su contra. Fue, en ese sentido, un precursor de la independencia política que más tarde, y siguiendo su ejemplo, mostraron con respecto a Washington dirigentes latinoamericanos como Hugo Chávez, Lula da Silva, Evo Morales, Rafael Correa o los Kirchner.

Hostigados.
Lo que sí logró la política agresiva de Estados Unidos fue entorpecer el crecimiento de la revolución cubana, limitar sus logros, incluso inocular mediante el hostigamiento mediático persistentes niveles de descontento que fueron intensamente estimulados desde el exterior con aportes económicos para fomentar una resistencia que, de todos modos, nunca alcanzó niveles preocupantes en la isla. La defensa de la revolución, uno de los desvelos permanentes de Fidel Castro, también evolucionó en la medida en que se profundizaban los ataques y se perfeccionó en esa lucha permanente.
Así ocurrió durante décadas. Cabe preguntarse: qué otro líder hubiera soportado incólume semejantes estrecheces, semejante pérdida de calidad de vida, tan elevado costo económico y social para el desarrollo de su sociedad. Solo un conductor respetado y querido por su pueblo como él pudo sobrevivir a una agresión continua de la máxima potencia económica y militar como no se vio en otra nación del planeta. El vínculo tan cercano con su pueblo fue su principal fortaleza y lo que le permitió levantarse y arremeter con sus denuncias a un nivel que ningún otro dirigente del mundo se animó.
Los cuestionamientos políticos más duros que cayeron sobre él tuvieron como blanco privilegiado las medidas defensivas que adoptó el gobierno para enfrentar con éxito tan elevado nivel de hostigamiento externo en todos los campos. Ese estado de permanente agresión endureció las estructuras gubernamentales, conspiró contra los avances de las libertades individuales -que de todos modos lograron avanzar significativamente- y limitaron la expansión de las energías creativas de la sociedad cubana. Subsanar esos déficits y, a la vez, mantener vivo el espíritu -y los grandes logros- de la revolución fue el propósito que animó a su hermano Raúl Castro cuando se hizo cargo de la conducción del gobierno la década pasada.

Gratitud.
Los últimos años de su vida Fidel Castro los dedicó a observar y analizar el difícil escenario global y a expresar sus ideas en escritos que publicaba en la prensa de la isla. No hubo campo de la actividad humana que quedara afuera de su mirada escrutadora: la política, la economía, el ambiente, la medicina, las comunicaciones… todas las disciplinas fueron motivo de inspiración para su necesidad, que mantuvo hasta el final de sus días, de debatir, confrontar, intercambiar opiniones. También se lo siguió viendo en las grandes movilizaciones populares que tuvieron lugar en la isla como en los debates de las asambleas en donde se abordaran los temas más diversos.
Ese compromiso inalterable con la política popular lo demostró hasta sus últimos días. Y se lo reconoció con honda gratitud la inmensa mayoría de los cubanos que lo acompañó en las buenas y en las malas.

Fidel
Eduardo Galeano* – Sus enemigos dicen que fue rey sin corona y que confundía la unidad con la unanimidad. Y en eso sus enemigos tienen razón.
Sus enemigos dicen que si Napoleón hubiera tenido un diario como el “Granma”, ningún francés se habría enterado del desastre de Waterloo. Y en eso sus enemigos tienen razón.
Sus enemigos dicen que ejerció el poder hablando mucho y escuchando poco, porque estaba más acostumbrado a los ecos que a las voces. Y en eso sus enemigos tienen razón.
Pero sus enemigos no dicen que no fue por posar para la Historia que puso el pecho a las balas cuando vino la invasión, que enfrentó a los huracanes de igual a igual, de huracán a huracán, que sobrevivió a seiscientos treinta y siete atentados, que su contagiosa energía fue decisiva para convertir una colonia en patria y que no fue por hechizo de Mandinga ni por milagro de Dios que esa nueva patria pudo sobrevivir a diez presidentes de los Estados Unidos, que tenían puesta la servilleta para almorzarla con cuchillo y tenedor.
Y sus enemigos no dicen que Cuba es un raro país que no compite en la Copa Mundial del Felpudo.
Y no dicen que esta revolución, crecida en el castigo, es lo que pudo ser y no lo que quiso ser. Ni dicen que en gran medida el muro entre el deseo y la realidad fue haciéndose más alto y más ancho gracias al bloqueo imperial, que ahogó el desarrollo de una democracia a la cubana, obligó a la militarización de la sociedad y otorgó a la burocracia, que para cada solución tiene un problema, las coartadas que necesita para justificarse y perpetuarse.
Y no dicen que a pesar de todos los pesares, a pesar de las agresiones de afuera y de las arbitrariedades de adentro, esta isla sufrida pero porfiadamente alegre ha generado la sociedad latinoamericana menos injusta. Y sus enemigos no dicen que esa hazaña fue obra del sacrificio de su pueblo, pero también fue obra de la tozuda voluntad y el anticuado sentido del honor de este caballero que siempre se batió por los perdedores, como aquel famoso colega suyo de los campos de Castilla.
*Tomado del libro “Espejos. Una historia casi universal”.

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