Oscura y escarpada es la senda habitual

Señor Director:
Desde la posición algo distanciada que he elegido (o, quizá, a la que me han arrojado los años) leo lo que se publica acerca del acontecer local, por ver de entenderlo.
Todo lo relacionado con la triste suerte de Carla y Sofía (en Pico) y de Candela (en el conurbano) presenta más de un desafío a la capacidad de análisis y a la relación del hecho con los paradigmas en vigencia. Otro tanto me sucedió con Cromañón, ahora repetido en Brasil como antes y seguramente después en cualquier sitio del mundo.
En todos los casos salimos a la búsqueda del o los culpables. Preferimos que sea uno solo, para concentrar en él la descarga de los demonios de la culpa, pero terminamos aceptando que puedan ser más, aunque no demasiados. La idea de una culpa colectiva, que trasciende al presente y retrocede largamente en el tiempo, no nos es grata porque, de esa manera, la culpa se convierte en aire, en gas que escapa por todos los agujeros de la trama, de suerte que cuando recogemos nuestra red tenemos la triste experiencia del pescador frustrado. Por eso, aquellos míticos policías (a veces muy reales) que decían que si no aparece un culpable hay que inventarlo se mostraban como hombres prácticos porque sabían que nada perturba más a una sociedad o a cualquier grupo humano que la certeza de que no hubo culpable y que la culpa nos hizo pito catalán. Hay quienes aceptan al otro no como prójimo o hermano sino para tener a quien culpar.
Es posible que la demanda de hallar un culpable sea otra manera de espantar a los fantasmas que acosan a todo hombre. Llevo ya mucho escrito sobre la culpa aquí (y en Caldenia) y, si bien acepto que si hay un crimen existe una culpa, observo que la obsesión por hallar un culpable llega a comprometer la justicia de la acción. El mítico comisario sabía que si no aparece un culpable la buena conciencia de sus vecinos ya no tendrá reposo. Para ver de evitar tanto trastorno, los hombres no míticos codificamos la culpa y de alguna manera la sacamos del acontecer (su ámbito natural), hacemos que cristalice y así quede ofrecida como referencia para sentenciar y liberar de su peso a las buenas conciencias (o para que las buenas conciencias sobrevivan). De tanto en tanto se deja saber que Fulano de Tal, luego de ocho o más años de cárcel fue liberado porque accidentalmente se supo que no pudo ser el autor de tal hecho o porque otro fulano se confesó autor o porque, en un momento de sinceramiento, se puso de manifiesto que los investigadores retomaron la tradición del mítico comisario y plantaron pruebas. Rara vez se sabe de los que murieron en prisión como culpables sin serlo. La realidad suele revelarse tan kafkaiana como en los relatos de Franz Kafka.
En los mentados casos de General Pico, mientras se tramitan algunos juicios políticos a funcionarios judiciales se producen liberaciones de presuntos culpables y se caen algunas culpabilidades dadas por ciertas. Un presunto abusador sexual capturado lejos de Santa Rosa dice (por su abogado) que huyó porque ahora quien recibe ese tipo de acusación debe esperar en prisión hasta que se aclare su situación. Es presunto culpable hasta que se demuestre lo contrario. En el trámite de juicios políticos se denunció que algunos jurados habían anticipado su dictamen conforme a las posiciones políticas partidarias.
Se aprecia que la culpa es como el mercurio: se escurre, se derrama y termina generando una atmósfera deletérea de la que hay que escapar a toda carrera. En un pueblo de Santa Cruz la gemela de la hermana asesinada logra casarse con el hombre que está en prisión por haber sido hallado culpable de la muerte de su gemela. Ella lo acusó, pero ahora lo ve inocente.
De muchos casos recientes de gran resonancia lo único que queda firme son las víctimas. La muerte no es errónea: es definitiva. Quienes murieron no retornan, por más que la culpa siga escurriéndose. ¿Tendrá sentido del humor la culpa?
Atentamente:
JOTAVE