Políticos y empresarios, recalculando en función de Trump

LA SEMANA POLÍTICA

Emilio Marín – La política local tenía una variedad de problemas propios: la “pesada herencia” que argumenta el gobierno y “el ajuste” que cuestiona la oposición. A esos debates se sumó qué hacer frente al cambio de gobierno en Washington.
Donald Trump no sólo preocupó a sectores de la sociedad norteamericana, como se desprende de la multitud de actos realizados estos días en el Norte para cuestionar su figura. Las bolsas bajaron varios puntos, siendo recuperados no todos en las siguientes jornadas, pues la preocupación también alcanzaba al mundillo económico y financiero. Obvio, no sólo a Wall Street sino también al resto de las bolsas de un planeta que se preguntaba y aún lo hace, ¿qué hará el futuro presidente cuando se instale en el Salón Oval?
El grueso de esos interrogantes no tiene aún una respuesta clara; no debe disponerla ni el propio electo, republicano. Se requerirá un cierto tiempo, para analizar los equipos de gobierno que forma y las prioridades que va fijando de cara al 20 de enero.
Se comprende el ajetreo de las empresas multinacionales, comenzando por las que tienen casas matrices en Estados Unidos, por acercar posiciones lo más posible con el núcleo de poder político consagrado por las urnas, en rigor por máquinas de votación que recibieron críticas por su mala performance en varios estados.
Ese “operativo reacomodamiento” sucede a nivel de gobiernos de muchos países, pues la mayoría había jugado en el equipo de Hillary Clinton, como quedó patentizado en el caso de Mauricio Macri. Los peronistas ironizan con que la canciller Susana Malcorra “se comió la curva” porque no vio el cambio que se venía. Se fue al pasto. En rigor eso le ocurrió al grueso de los políticos, analistas, medios de comunicación, etc.
Ahora ha comenzado una suerte de idolatría al magnate multimillonario, comenzando por Macri, que quiere reflotar los tiempos de amistad de los años ’80 cuando exploraron negocios inmobiliarios conjuntos en Nueva York.
El peronismo no quiere quedar afuera de esa buena onda con el futuro presidente. Un caso grotesco se cuestionó ayer acá, al comentar que Guillermo Moreno quiere enviarle las obras completas de Perón y Evita, como si Trump fuera un recién llegado al “movimiento nacional y popular”.
En otro tono, no tan burdo, Cristina Fernández y Daniel Scioli, hicieron declaraciones casi elogiosas del “winner” por su proteccionismo del mercado interno y los trabajadores. Así presentadas las cosas, casi que el triunfo de los republicanos el martes 8 sería una victoria popular contra el neoliberalismo.
Por cierto que aquel resultado tiene en su base un voto popular que protestaba contra la crisis económico-social que se vive en EE UU. De allí a asegurar que Trump protegerá al mercado interno y los trabajadores norteamericanos, media una gran distancia. Lo primero en él, como toda su vida, será asegurar grandes negocios para el gran capital y su propio imperio. Algunas migajas pueden caer en la mesa de obreros blancos de Detroit o Chicago, pero ninguna llegará a Avellaneda, Rosario ni Córdoba.

Culpa de Macri.
El republicano aún no empezó a gobernar. Lo mal que viven los norteamericanos de capas medias y bajas no es su culpa sino, ante todo, de la actual administración demócrata y Wall Street, junto con lo malo que aporta el partido republicano en su dominio de las dos cámaras del Capitolio y muchos estados.
Lo mismo vale para la situación económica argentina. Sus grandes dolores los han provocado decisiones políticas del presidente, junto con empresarios que lo votaron y apoyan, y que aportan lo suyo. Por caso, los dueños de Alpargatas, que han suspendido hasta fines de enero a sus 3.600 trabajadores de ocho plantas textiles del país.
Una pluma tan poco favorable al mundo obrero como la de Marcelo Bonelli, editorialista de Clarín, detalló en su último Panorama Empresarial las posiciones al interior de la Unión Industrial Argentina. Son muy desalentadoras para el gobierno, porque tienen un pigmento muy crítico. Allí, por ahora entre cuatro paredes de la UIA, sin salir a hacer ninguna campaña pública contra el gobierno, esos popes industriales admiten, descorazonados, que la recesión es tremenda y sus negocios caen en ventas. Como son pesos pesados, a lo sumo despiden o suspenden como en caso recién referido, pero no se van al muere, como sí está sucediendo con miles de pequeñas empresas y comercios.
El titular de la central fabril, Adrián Kaufmann (Arcor), José Urtubey (Celulosa), Funes de Rioja (Copal) y otros dirigentes fueron citados en sus pensamientos íntimos sobre una economía que va para atrás. Kaufmann llega a decir que no habrá mejoría hasta el próximo otoño, con lo que la historia de los “brotes verdes” de la reactivación cayó en el nivel de la fábula.
La dirección del FMI, si bien mantuvo su buena opinión del ajuste macrista, volvió a encender alertas en varios puntos, tras analizar los números de la economía inspeccionada por sus técnicos en setiembre pasado. Se llamó la atención sobre la recesión y costo del ajuste, el nivel del déficit fiscal y se empezó a plantear que el dólar estaría atrasado, lo que puede ser el preludio de otra devaluación. Esta última es una película de terror que los argentinos vieron en 2014, del orden del 22 por ciento, y con Macri en diciembre de 2016, del 60 por ciento. Y el cronista habla de filme de terror aunque fue real, porque esas medidas impactaron duro en el aumento de precios, sobre todo bienes transables como los alimentos.
Y no se está hablando de una inflación superada. El índice del Congreso fue del 2,9 por ciento y el del Indec 2,4 para octubre, lo que otorga carácter aún más farsesco al bono de fin de año negociado por la CGT.
Si efectivamente Trump sube las tasas de interés y traba inversiones en otros países, entonces el gabinete de Macri tendría que derramar un mar de lágrimas. Es que se basa en tomar deuda en dólares, emitiendo títulos, y en pronosticar lluvias de dólares de inversiones que por ahora escasearon.

Dos demandas.
El gobierno lleva adelante su plan económico neoliberal como si fuera una maravilla, pero ya se mencionó que a la resistencia social se agrega, desde un ángulo muy diferente, la insatisfacción del mundillo empresario. Los cambios en la superpotencia no fueron una buena noticia para la administración Macri, en particular para el presidente, la canciller, el ministro de Hacienda y el titular del Banco Central.
Los reproches de la cúpula de la UIA por ahora no se escuchan en la calle ni los medios, pero la protesta social sí. Y eso puede ir en aumento hacia fin de año, una fecha que suele tener connotación especial para los reclamos de trabajadores, informales y desocupados.
Justamente en estos días el Senado puede tratar un proyecto para votar un Salario Social Complementario, equivalente a 7.500 pesos, según iniciativa de la Ctep y otros movimientos que agrupan a trabajadores “en negro”. La idea de sus promotores es que obtenga media sanción allí y baje a la cámara baja antes del fin de año.
La iniciativa tiene el aval de todas las bancadas menos la oficialista y fue bautizada por el Papa en el reciente III Encuentro Internacional de estos movimientos, en Roma.
Si las cosas discurren de este modo, el PRO-Cambiemos quedaría condenado a la soledad de un veto parcial o total que lo afectaría políticamente.
Así quedaría servida la mesa para que se hagan un banquete Sergio Massa y las diferentes corrientes del peronismo no kirchnerista, incluyendo el variopinto renovador y pejotista que se dio cita esta semana en un encuentro nacional del Movimiento Evita.
La otra demanda, de otra índole, es el reclamo de libertad para Milagro Sala, redoblado luego que el Comité sobre Detenciones Arbitrarias de la ONU dictaminara a fines de octubre pasado que es una presa política detenida con arbitrariedad, que debe ser liberada, que tiene fueros como parlamentaria del Parlasur y que el Estado debe indemnizarla por estos diez meses de prisión.
La detención de la jujeña fue una medida antidemocrática e ilegal y el pronunciamiento de esa comisión de la ONU puso al macrismo en una etapa de confusión que le agrava el costo político a pagar. Algunos sectores del gobierno buscan que el Gerardo Morales entienda la gravedad política nacional de lo que está en juego, por el conflicto con la entidad mundial de 193 países. Hasta ahora Morales sólo aceptó liberar a dos de las doce presas de la Tupac Amarú, pero de soltar a Milagro no quiere ni oír hablar. Puede que algunos funcionarios de cancillería, como Leandro Despouy y de la secretaría de DD HH de Buenos Aires, Santiago Cantón, traten de persuadir al ex senador radical devenido en mandatario jujeño con los colores del massismo. Malcorra también estaría tratando de influir para que este conflicto con un organismo internacional no escale más de la cuenta.
Esta demanda por la libertad de Sala es otra brasa ardiente que hasta ahora no ha querido resolver el gobierno nacional. No es tan importante socialmente como la del Salario Social Complementario, que involucra a muchos millones de personas empobrecidas. Pero al fin de cuentas tiene puntos de contacto: a Sala la encarcelaron por haber liderado una organización social y política que hizo muchas obras positivas a favor de las capas más humildes de Jujuy.

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