Y llegó el cambio

Llegó el cambio político y quedó claro desde el primer contacto entre el presidente electo y el periodismo. Hasta ese hecho formal marcó una diferencia drástica con la actual presidenta que nunca fue afecta a las conferencias de prensa.
Las definiciones más precisas del nuevo jefe de gobierno se refirieron al plano internacional. Confirmó el acercamiento a la Alianza del Pacífico, la presentación de la “cláusula democrática” contra Venezuela en el Mercosur y la anulación del Memorándum de Entendimiento con Irán. El primer punto es una señal muy clara a EE.UU. Los integrantes de ese grupo: Chile, Perú y Colombia son los países del continente más disciplinados por Washington y los que no dudarían en reflotar una iniciativa continental como el ALCA que fuera enterrado en nuestro propio país por Kirchner, Lula y Chávez.
El otro anuncio en política internacional va en el mismo sentido: embestir contra Venezuela en el Mercosur presentando contra el país caribeño la denominada “cláusula democrática”. Según el nuevo presidente, el gobierno venezolano viola los derechos humanos al encarcelar a dirigentes opositores. Esta visión deliberadamente simplista omite señalar que en ese país hubo incitación a la rebelión contra el gobierno y decenas de muertos en las calles producto de esos llamados instigando a la violencia social e incluso a la agresión física contra los gobernantes. Algunas voces anticiparon que esta pretensión chocará de frente con algunos miembros prominentes del Mercosur, Brasil entre ellos, que no solo es el principal socio comercial de Argentina sino la mayor economía de la región y miembro del crecientemente importante grupo de los Brics (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) con quienes nuestro país tiene también fuertes lazos comerciales.
El gran interrogante quedó planteado. ¿Será Argentina, bajo el macrismo, el ariete de EE.UU. para profundizar su hostigamiento a Venezuela? Son muy conocidas las pretensiones de Washington sobre el manejo de las colosales reservas hidrocarburíferas del país caribeño (una de las más grandes del mundo) y ya se sabe que cuando se trata de petróleo EE.UU. no se fija demasiado en las formas, sin desdeñar bombardeos e invasiones.
En el campo de la política nacional, en cambio, el nuevo presidente se mostró más cauteloso. Evitó una definición contundente sobre la paridad cambiaria en el corto plazo al hablar de sujetarla al “ordenamiento económico”. Confirmó la quita de retenciones para el trigo y el maíz sin explayarse mucho más sobre un tema tan sensible al sector agroexportador, uno de sus aliados más poderosos. Anticipó la conformación de un “gabinete económico” cuyos nombres ya despiertan una gran aceptación del establishment y, simétricamente, gran desconfianza en los sectores populares. Todos provienen del mundo empresario, lo cual no es una novedad, y algunos de ellos fueron los portavoces censurados en la campaña por sus anuncios de cuño neoliberal.
Consultado sobre un tema urticante para el PRO como el de los juicios a los represores de la última dictadura militar fue parco y solo dijo que dejará “actuar a la Justicia”. Ya La Nación había publicado un agresivo editorial exigiendo terminar con esos procesos a los que calificó de “venganza”. Todos recordaron que ese diario hizo lo mismo en 2003 con Néstor Kirchner a horas de consagrarse presidente.
Macri pareció demostrar que sabe que navega en aguas nada calmas. Tiene de un lado la impaciencia de los sectores del establishment, con la Sociedad Rural a la cabeza, que le exigen una acelerada implementación de las medidas prometidas. Del otro, la mitad de la ciudadanía que no lo votó y que es un enorme conjunto social que puede movilizarse rápidamente y ganar la calle si ve peligrar sus derechos y conquistas ganados durante el triple período kirchnerista. De ahí que el pedido de “paciencia” permite inferir que no habría política de shock sino gradualismo. Eso sí, en el sentido que ya todos saben.