Vinos: etiquetas que venden
Del casco de madera y la sobriedad de apellidos tradicionales, el vino argentino transitó un cambio radical. Un recorrido por la evolución de las etiquetas: desde la nostalgia peninsular y los vinos de origen hasta la picardía moderna de diseños y nombres extravagantes.
Faustino Rucaneu *
Aunque parezca raro hubo un tiempo en que el vino no necesitaba ser promocionado para tener un consumo más o menos regular. Eran los tiempos en que llegaba en toneles -cascos- para su consumo “suelto” o bien en hoy impensables envases de madera -esqueletos- que hacían a la distribución minorista y que, con el auge de la soldadura eléctrica, pasaron a ser de hierro delgado para después, prácticamente desaparecer.
Otra característica del vino de aquellos tiempos eran las etiquetas, o mejor: los nombres; no pasaban de algún sustantivo o apellido rotundo (Toro, tradicional y que acaso todavía se venda) o Pulenta.
Para el caso.
En el orden provincial también eran esquemáticos: Ordóñez, Lorenzatti -referidos a los apellidos de quien los comercializaba- o , un nombre, evocador de la nostalgia peninsular.
Por allí se colaba una marca del sur mendocino, con denominación cordial y calidad sobresaliente: Amigazo. Que recordemos, y dentro del ámbito pampeano, no mucho más. Y una pregunta respecto a una denominación genérica común en aquellos tiempos: clarete ¿existirá todavía?
Por esa época ya se insinuaba un decrecimiento del vino como bebida popular y las cámaras comerciales respectivas implementaron una expresión original para la promoción: “Vino: la bebida de los pueblos fuertes”, que acompañaba una imagen de las presumibles etnias que tuvieron o tenían esa condición.
Pero la evolución se impone en las épocas. Así como entonces eran inconcebibles los automóviles sin bastidor de sostén (chasis), con el transcurrir del tiempo hoy los vinos sin etiquetas más o menos originales pasaron a ser raros. El comienzo de esa tendencia estuvo con las denominaciones que parecían acompañar con sus nombres la condición de “Vinos de origen. Así mientras los salteños promocionaban la marca Cafayate los cuyanos se apoyaron en la cordillera cercana promoviendo Andesluna, Terrazas de los Andes o Diamante, acaso en alusión al cerro o el río homónimos ubicados en la provincia cuyana.
Entre lágrimas y pumas.
Con el afianzamiento de los vinos de origen patagónico tuvo cierta popularidad El Dinosaurio, que apuntaba a un hallazgo paleontológico en cercanías de la bodega donde se producía. Lo mismo para Canale, que pasó de los otrora famosos bizcochos a la producción vitivinícola. En el orden provincial una bodega de 25 de Mayo ha optado por el discreto, elocuente y representativo nombre de Desierto 25.
Algunas botellas tendían al mantenimiento de una cierta jerarquía cualitativa preservando los apellidos que les dieron fama, caso de Navarro Correas o Luiggi Bosca. Para el caso tal vez los memoriosos en la materia recuerden a Chesse, apellido del viñatero del sur mendocino cuyo productor solía recibir a sus visitantes con un caldo de alta calidad, aunque su trascendencia extraprovincial fue poca.
Evidentemente alguna otra condición (¿apertura a los mercados extranjeros, variación en los gustos visuales...?) llevó a un cambio paulatino en la estética de las etiquetas y los vinos. Cómo entender si no los nombres y vistas de Los padrillos, ilustrada con caballos piafantes; Casa del herrero; La poderosa, con la imagen de una tremenda motocicleta de años pasados; Contraviento o Los abrojos, opuesto y evocador de los verdes y alineados viñedos. Black Tears (lágrimas negras ¿??) o Finca Juanito. Prohibido pasar, ésta con una fotografía del lugar con ese nombre y cartel de advertencia.
Claro que las denominaciones de algunas botellas, además de ser originales, no parecen ser muy motivadoras para el brindis, tal el caso de Perra gorda, Mosquita muerta o Perro callejero, que evocan especiales imágenes reminiscentes y hasta un tanto inquietantes y desmotivadoras, también Fugitivo, Infame, Maleante y Prófugo... Pero ¿Qué decir de Cordero con piel de lobo? ¿Tendrá alguna advertencia disfrazada en cuanto a la calidad de ese vino...? A la inversa hay denominaciones que parecen buscar confianza en el producto: Intocables, Vasco viejo, Novecento, Imperial o Velhe Juliet, esta última con su nombre afrancesado que sugiere quizás los famosos borgoña.
Y pero ¿qué decir de las etiquetas que ostentan las denominaciones de Mala folla y Follador ? Va de suyo que, con semejantes nombres en España, por ejemplo, no podrían ni asomar en ninguna estantería... o quizás sí. Después de todo en el fondo de las consideraciones está el hecho de que cada productor impone lo que le interesa o cree que es más motivador.
Entre la historia y el fútbol.
Para ejemplo el de La gran siete, con clara evocación digna de un insulto presidencial o la extravagancia de Lejanía, en cuyas etiquetas, al margen del nombre sugestivo, una bodega santarroseña presenta sus vinos con el insólito fotomontaje donde se ve la cabeza de un puma, de un antílope o un conejo luciendo un prolijo traje con corbata.
Quizás el colmo de la originalidad y la picardía (junto con la etiqueta que se menciona al final de este artículo) esté dado por La mujer de mi vecino, en cuyo dibujo aparecen prolijamente dibujado dos balcones avecindados: en uno una mujer y en el otro un hombre en clara actitud de disparada.
Tampoco le van en zaga en cuanto a extravagancia Contraviento, Nabucodonosor (¡¡¡) y Pogo Santa Cruz, llamativas pero con difícil relación para con el conquistador asiático y ese baile en el extremo sur. Desde luego que no podían faltar, en una suerte de conciliación etílica y futbolística, los títulos Boca Juniors y River Plate, con los colores que distinguen a ambos equipos.
Las precedentes consideraciones no dejan de ser curiosas pero -se admite- también intrascendentes, aunque dan una muestra del humor y la originalidad de los argentinos en la materia. El tope de esas condiciones está dado por el vino Civilización y barbarie, un nombre inquietante y con fuertes reminiscencias históricas: la etiqueta está ornada por la imagen de Sarmiento conduciendo una motoneta; atrás, como acompañante, va Facundo Quiroga.
Convengamos que más originalidad no se puede pedir.
* Colaborador
Artículos relacionados
