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Domingo 07 de junio 2026

Willi Essl, el andarín de los continentes

Por Redacción 07/06/2026 - 15.00.hs

Según los diccionarios la palabra “andarín” significa “andariego, andador, andadero, tragaleguas” y, en una referencia genérica, alude a los caminantes.

 

Walter Cazenave *

 

En La Pampa -o, mejor todavía: en la Argentina- de los años veinte del siglo pasado el término era algo más abarcativo, más rico, surgido acaso de la apreciación de los habitantes para con quienes se podían encuadrar en tan singular categoría.

 

En una charla con Edgar Morisoli conveníamos que por entonces la palabra implicaba algo así como un viajero interesado en el paisaje y sus habitantes de los que solía llevar una cuenta o un diario. Su movilidad más frecuente era caminar, pero es seguro que para cruzar las inmensas y desértica extensiones sudamericanas, no desdeñarían otros medios.

 

Era frecuente que los andarines, al llegar a un pueblo, buscaran una habitación (no eran menesterosos) y se presentaran ante las autoridades solicitando una constancia de su paso por el lugar. Apelando a la hermosa frase de Antonio Machado, podría decirse que “hacían camino al andar”.

 

A comienzos de la década de 1920 del siglo pasado el territorio pampeano tuvo la visita de uno de aquellos personajes. Se llamaba Willi Essl, de origen alemán posiblemente. Antes de pasar a América, su afán recorredor lo había llevado por la Europa Oriental y el norte de Africa. Se consideraba a sí mismo como un “viajero mundial”, y así aparece en un pequeño opúsculo que repartía en cuya carátula hay una foto suya.

 

Aparece como un hombre todavía joven, de largos cabellos, que seguramente llamarían la atención de las gentes de los poblados por donde pasaba; se presume que evitaba las grandes ciudades, centrando su interés en las regiones más caracterizadas. Los detalles precedentes más que de mi imaginación se desprenden de uno de los folletos aludidos, que dejara en la casa donde vivía mi madre siendo niña. La obrita se completaba con tres relatos amenos de sus andanzas por Europa, Africa y América del Sur, dos de ellos con un toque de patetismo.

 

 

Más allá del impreso y del relato materno -tocado de la maravilla de la niñez enfrentada a la singularidad del personaje- no son muchos los datos conseguidos y ellos epilogan en tragedia.

 

Willi Essl tenía por compañeros a dos perros de buen porte, aquellos que lo habían ayudado y que él había salvado cuando los lobos en Albania.

 

Por ellos vino, indirectamente, el trágico final. El andarín detectó en los alrededores de la por entonces colonia, una oveja en trance de muerte; la mató para dar alimento a sus perros hambrientos. El propietario del animal, un vecino italiano, irascible y mal visto por sus vecinos (que no nombramos porque el apellido todavía tiene vigencia) al enterarse del hecho reaccionó matando al hombre de un escopetazo en un acto que conmocionó a la zona.

 

Hasta allí llega la memoria documentada. Vagamente se sabe algo acerca de que los perros , que no querían separarse de su dueño, y debieron ser enlazados y forzados a los efectos de un reclamo (¿de quién?). Del eventual castigo al matador tampoco han quedado recuerdos accesibles.

 

Willi Essl fue enterrado en el cementerio de Metileo, en una tumba que hoy nadie recuerda. Con los años un historiador pampeano rescató el suceso y lo llevó a la literatura.

 

No quedaron otros recuerdos de aquel andarín.

 

* Colaborador de Caldenia

 

 

Lo que sigue son dos relatos de Willi Essl incluidos en el folleto que repartía. Las modificaciones de ortografía y sintaxis han sido mínimas y a los efectos de una mejor lectura.

 

En el pie de uno de ellos hay un curioso aviso promocional que dice:

 

Si Vd. Lee las obras del conocido naturalista alemán Profesor Luis Kuhde y sigue el régimen que él aconseja no necesitará médico.

 

La principal obra: La nueva ciencia de curar

 

 

Entre bestias

 

(La publicación lleva un pie de imprenta de Citta Hermanos, de la ciudad de Santa Fe)

 

El invierno del año 1928 al 29 es considerado como uno de los más rudos; en muchas partes de Europa los termómetros marcaban entre treinta y cuarenta grados bajo cero. Habla a favor de mi relato de que los ejércitos de los estados de Austria y Hungría estaban varias semanas ocupados en romper los hielos del río Danubio, el más importante de Europa Central, cuyas aguas se habían helado hasta cuatro metros de profundidad. En esta época estuve caminando en los países Balcánicos. Me encontraba en Albania, en donde nunca conocieron un invierno tan frío.

 

Cuando hube llegado a uno de sus pueblos, Leshe, recomendome la policía que tuviera especial cuidado en el camino hacia Tirane, capital de Albania, porque abundaban las manadas de lobos que habían llegado hasta atacar pueblos, en una de cuyas “hazañas” invadieron una escuela, el espectáculo más horrible y sangriento que se había producido.

 

 

Llegaron a aconsejarme que no partiera sin que antes la policía montada recorriera el camino. Pero como estos tardaron en llegar, proseguí mi viaje.

 

Me había propuesto afrontar con valentía las vicisitudes propias en empresas como la que me he propuesto cumplir y lógico era, pues, que siguiera adelante.

 

Día espléndido, pero excesivamente frío, lindo sol y alguna rama se movía en el aire. La nieve seca y dura chillaba bajo los pies; un día como para olvidarse los consejos recibidos.

 

Llevaba dos horas de viaje y nada anormal había notado hasta entonces, pero desgraciadamente debía producirse lo que me habían anticipado. No había dudas, la manada de lobos la tenía frente a mí; dos de mis fieles e inseparables amigos…. Fornidos perros que aun me acompañan, con el olfato más desarrollado que el hombre, me hicieron notar la realidad. ¿Qué hacer entonces? El enemigo era bravo, la situación desesperante y a falta de refugio debía luchar con la colaboración de mis dos perros frente a una manda de lobos. ¿Pensar rehuir el combate? ¡Imposible! Pero ¿con qué medios hacerles frente? Aquello era angustioso…. (los perros) Se habían refugiado en unas alcantarillas pero debí obligarlos a que estuvieran a mi lado. La Providencia, fiel compañera en esta difícil cruzada, me ayudó grandemente. Una casucha, mejor dicho restos de una casucha que construyeran los pastores para el verano, divisé a unos cuatrocientos metros a mi derecha y hacia ella corrí. Observando de cerca veía que las paredes estaban desechas y que el único refugio era trepar al techo.

 

Y tirando la mochila por arriba y atando las correas de la misma al collar de los perros me preocupaba de alzarlos en forma que corrieron el serio peligro de perecer ahorcados. Tenía una pistola Mauser de diez tiros, regalo de mi padre y que a él le había prestado importantes servicios durante su actuación en la guerra del año 1914 al 18. Ya se acercaban los ladridos y rugidos de las bestias que me habían seguido rastreando. Bien pronto, alrededor de noventa lobos hambrientos merodeaban la casucha con ánimo de trepar a sus paredes y llegar al techo. Había recuperado toda mi serenidad y con firmeza disparaba sobre los más atrevidos asaltantes que cayendo heridos fueron destrozados por sus propios compañeros.

 

Después de media hora de lucha tirando incesantemente y felizmente con puntería, una escuadra de policía montada atraída por los disparos, tomó a su cargo mi labor y pude así salvarme de las bestias feroces, pero antes debía echarme cuerpo a tierra en el techo de la casucha, para salvarme de las balas procedentes de la policía que, zumbaban cerca de mi cabeza. Ellos ignoraban el lugar de mi estadía y en vez de salvarme casi fui fusilado.

 

 

Luego pude hacerles señas con mi pañuelo atado a mi arma y traerlos hacia mí. Se habían disparado cerca de quinientos tiros, de los cuales 100 pertenecían a mi infalible máuser.

 

Fue una de las travesías de más peligro en todo mi recorrido hasta ahora.

 

 

Bajo el sol de Africa

 

Cansado de la supercivilización de Europa, busqué refugio en el Africa, continente donde la gente en general no tiene reloj, sino mucha paciencia y tiempo para tomar café negro y fumar en pipas, enormes pipas que al forastero parecen hornos en miniatura. La indumentaria de los nativos es individual y a pesar de que mi ropaje no guardaba relación con sus costumbres no causó admiración como había ocurrido en países europeos y por este motivo pude andar por calles y rincones con toda tranquilidad.

 

Poco tiempo me quedé en la ciudad porque a mí me llamaban las cumbres lejanas y enormes del Atlas, montañas rocosas situadas en la parte norte de Africa, cuyos valles casi impenetrables son habitados por árabes fanáticos y enemigos de los españoles. Era esto lo que me preocupaba porque en mis cruzadas por estas regiones de los hijos de Mohamet, pudiera ser fácilmente confundido por español ¿las consecuencias? Bien podrían ser fatales.

 

 

Me encaminé hacia ellas a pesar del calor y con audacia desafié al sol que parecía querer secarme la sangre. Por quebradas y arroyos, loma abajo y loma arriba, proseguía mi camino. En las cercanías de la costa la gente respeta al extranjero y muchas veces me fueron ofrecidos Al fin hospitalidad y frutas para comer, pero penetrando más en el interior un….

 

 

Al fin vi un pequeño camino que parecía ser utilizado por los pastores cuando éstos llevan cabras y ovejas a las sierras. En forma de zigzag y con interminables vueltas en que se reconocían los caprichos de estos pastívoros me conducía el camino hacia la terminación de la península. Ya llevaba unas tres horas más o menos de marcha; el sol coloreaba ya el cielo y el mar y todavía no llegaba al extremo en donde debía doblar el camino para el otro lado. Los últimos rayos del sol los aproveché para sacar una linterna eléctrica de mi mochila y momentos después me hallaba rodeado de la oscuridad más completa. A pesar de que caminaba con las grandes precauciones no podía evitar caerme de vez en cuando, destruyendo en una de esas ocasiones el foco de mi linterna. La única luz que me quedaba, procedente de las estrellas, no era tal como para no perderse del caminito.

 

De pronto me di cuenta de que me había extraviado del todo. La situación era grave. Sobre mi cabeza, extendido, un cielo clarísimo con sus millares de lucecitas. A mi izquierda las sierras, con sus formas oscuras y falsas, a mi derecha la grandiosa mar gris, sin horizontes ¿Qué hacer? Cada paso podía producirme una caída de consecuencias ¿Quedarme? No. Con energía me libraba de la fatiga, mirando fijamente el suelo emprendía nuevamente la marcha resbalaba muchas veces la marcha y ya sangraban mis piernas desnudas; el vestido quedaba prendido en los yuyos espinosos, hechos jirones. Mis perros seguían con más facilidad. De pronto me detuve delante de un cráter. Procedente de abajo sentía los ruidos de la marejada.

 

Encendiendo con fósforos pedazos de papel tiré restos en el espacio. Lentamente cayeron las llamas y de ese modo pude conocer el grandísimo peligro en que me encontraba si hubiera avanzado un paso más. Resolví subir a la cumbre para así ver las luces de los pueblos (en mis andanzas uso siempre sandalias con suela de goma y el lector habrá notado que este producto es resbaloso si la tierra está mojada). Ayudándome con las manos ya había llegado al punto más alto cuando noté que las piedras estaban totalmente mojadas por el rocío. De repente perdí pie y dando vueltas en el vacío caí sobre la ladera de las sierras. Al dar contra el suelo sentí un ruido como un disparo. Estuve escuchando unos momentos y cuando me incorporé la pierna izquierda parecía tener una rodilla de más: se doblaba en la mitad y en todas direcciones. Mordiéndome los labios por el dolor que sufría constaté que tenía la pierna fracturada. Del mejor modo posible procuré improvisar una “cama”. Con unas correas de mi mochila até una pierna a la otra y en esta posición me quedé sin dormir hasta la mañana siguiente. Momentos después de la salida del sol, comencé a disparar tiros, único recurso que me quedaba para llamar la atención de algún pastor. Y en efecto, eran las 11 horas más o menos cuando un individuo barbudo y emponchado se aproximaba. Después de haberle explicado lo sucedido me dejó su poncho y un pedazo de pan de maíz y se fue en busca de socorros al pueblo. En unas seis horas aquel llegaba a la población y dando cuenta a las autoridades, varios ciudadanos preparaban en la mañana siguiente y guiados por el pastor llegaron en mi busca. Estando acostado sin hacer movimiento alguno no sentía dolor, pero al levantarme sobre una de las mulas los huesos quedaban en libre movimientos y me parecía sentir a los ángeles.

 

 

Así fue como quedé con una pierna quebrada en cinco pedazos durante un día y medio sobre las sierras y guardo como recuerdo de este ingrato episodio una deformidad en mi pantorrilla izquierda.

 

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