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Lunes 15 de junio 2026

Canillitas, esos personajes de la ciudad

Redaccion 12/12/2020 - 22.01.hs

Aún existe en una ciudad como Santa Rosa cierta empatía especial entre vecinos y determinados trabajadores. Resulta acostumbrado que los canillitas se vean privilegiados por el cariño de sus clientes.

 

MARIO VEGA

 

Tiene la bondad de esos hombres buenos a los que la honestidad se les puede adivinar en su mirada. Es de esas personas humildes que tienen la simpleza de aquellos que no supieron otra cosa que trabajar toda su vida. Y no se queja…
Anselmo es un laburante de todos los días, que no sabe de renuncios… ni frente a las gélidas mañanas de los inclementes inviernos, ni del sol agobiante que castiga duro en esta época del año. Él tiene que trabajar, ya sea en un día espléndido y sereno, o en esos otros donde el viento y la lluvia dicen presente e invitan más a estar refugiados en algún lugar seguro que a permanecer varias horas parados en una esquina de la ciudad.

 

Duros oficios.

 

A veces para marcar algunas diferencias entre distintas tareas, con esa «simpatía» que me caracteriza -esto no me lo cree nadie, porque no soy de las personas que se destacan en el rubro cordialidad (lamentablemente)-, le he comentado a algunos de mis noveles compañeros de Redacción: «¡Muchachos!, miren que trabajar es otra cosa!». Y les muestro a modo de ejemplo a los albañiles que subidos a un andamio van levantando un edificio, o les menciono la tarea de los repartidores de bebidas que bajan su mercadería exigiendo sus cuerpos, o los que corren cada noche detrás del camión de recolección de residuos… y a otros tantos laburantes que tienen verdaderamente trabajos muy pesados. Como hay tantos, por supuesto.
Pero esa expresión es nada más que una broma… porque por supuesto que ejercer el Periodismo también supone poner energías en un trabajo que puede ser más intelectual que físico, pero también tiene sus riesgos y avatares.

 

Los canillas.

 

Pero no es a eso que quería referirme, aunque sea el principio de la tarea que cada día llevan adelante los «Anselmos».
Como se sabe, cada 7 de noviembre se celebra el Día del canillita, una jornada dedicada a los vendedores de diarios, revistas y todos productos derivados de la prensa gráfica. También se conoce que Florencio Sánchez, autor fundamental de la historia del teatro rioplatense, tiene que ver con esa fecha, porque le dio forma a una obra que trascendió de singular manera.
Más concretamente hay que decir que todo se remonta a casi dos siglos atrás, cuando en 1868 se fundó en Montevideo el diario La República, cuya venta se realizaría de una manera realmente novedosa para la época. Sus propietarios resolvieron que se iban a colocar chicos en las esquinas para ofrecer los ejemplares, copiando lo que ya se hacía en otras partes del mundo, como por ejemplo en Nueva York.

 

Voceando diarios.

 

La figura del canillita se fue multiplicando también en Buenos Aires, y en realidad en todo el país, hasta convertirse su presencia en casi parte de una postal ciudadana. Se puede decir con certeza que germinaron en todos lados voceando los diarios de cada ciudad…
Santa Rosa, y muchas localidades pampeanas, no fueron ajenos a esa proliferación, y la venta y el voceo de los diarios se transformó por décadas en un oficio particularmente simpático para la sociedad.
Estaban los «diarieros» que tenían sus puestos fijos y se paraban en determinadas esquinas donde el ir y venir de la gente era más importante; pero también los que al principio en bicicletas -después se irían sumando las motos- iban recorriendo las calles de la ciudad llevando esa valiosa mercancía cargada de noticias.

 

Esos personajes.

 

La cotidianeidad, la consecuencia con su trabajo -eso de cumplir a rajatabla para que al lector no le falte su diario- los fueron transformando en amigables personajes. En algunos lugares se convirtieron en entrañables conocidos de los vecinos, y tuvieron con sus clientelas una relación muy especial.
Entre muchísimos que adhirieron al oficio de canilla, estuvieron por supuesto aquellos que por distintas circunstancias resultaban especialmente conocidos. Por allí anda todavía el inefable Fasulo Rodríguez y su bicicleta con el típico canasto, promocionando el diario con «la explosión» -que hoy expresa más a modo de juego que de publicidad para el producto que vende-; y el Bocha Zimermann, Juancito García, El Negro García, Pocho Coppo… y algunos otros que uno se encuentra frecuentemente por las calles.

 

La vigencia del canilla.

 

Los nuevos tiempos nos fueron cambiando el modo de vivir y se puede decir que el oficio de canillita lucha por sobrevivir ante la tecnología y los avances informativos. Casi podría aseverarse que «el canillita no se rinde», aunque es verdad que ya no vocean el diario como antes.
Algunos salen en las mañanas temprano de recorrida para dejar el diario en el domicilio de aquellos que lo adquieren cotidianamente, y luego varios de ellos se paran en alguna esquina transitada de la ciudad para seguir con la venta hasta cercano el mediodía.
Como quedó dicho hace poco más de un mes fue el «Día del Canillita», y estos amigos recibieron el saludo y el reconocimiento de su clientela.

 

Lúcida lectora.

 

Es más, una consecuente seguidora de LA ARENA, Nelly Piccirilli (87), vecina de Villa Alonso, se tomó algunos momentos de esa jornada para expresar en una carta que se habría de publicar en estas páginas (Tribuna del lector), su sentir sobre los canillas, y particularmente sobre el suyo: Anselmo.
Cabe decir que la señora Piccirilli es una ex docente -esposa de quien fuera el médico peruano que ejerció en Santa Rosa, Fausto Augusto Rivera Rivera-, que tiene la costumbre de leer concienzudamente el diario, y es además una crítica sagaz de cada artículo de opinión. Exhibe una lucidez y una gama de conocimientos que la tornan, también a ella, en un personaje a su manera. Y es que, de veras, resulta verdaderamente agradable mantener una conversación con Nelly.

 

La carta.

 

¿Qué decía la vecina en aquella carta dirigida al Director de La Arena?
Hacía mención al Canillita «así con mayúsculas, porque es un personaje que transita las calles de nuestra ciudad en bicicleta, en moto, y también caminando. Para él no hay mal tiempo. Sortea las inclemencias con empatía y casi diría cierto orgullo. Deja el diario por debajo de la puerta/portón y es lo primero que uno ve cada mañana. ¿El pago? ‘No importa doña, arreglamos el fin de semana’, dirá él».
Y sigue Nelly: «En mi casa tuvimos muchos años a Roque. El querido Roque. Inolvidable Roque, quien luego de sufrir un serio accidente con su moto no pudo seguir trabajando. Pero una mañana reapareció con sorpresa tocando el timbre. Lo recibimos con alegría: ‘¡Vino Roque!, ¡Está Roque!’. Grato revuelo familiar… Entonces él se vio obligado a aclararnos que no era Roque. Era Anselmo, su hermano gemelo que había tomado la ‘posta’ de repartir La Arena. Quisimos saber de Roque: Bien, pero sin capacidad para seguir siendo canillita. Así se incorporó Anselmo a nuestra rutina. Le hemos tomado cariño, con ese cariño del cual se hacen receptoras las personas de bien. Gracias Roque. Gracias Anselmo. Que este Día del Canillita haya sido de festejo, aún íntimo y callado. Los acompañamos con un abrazo y el mayor de los respetos», cerraba Nelly su salutación.

 

Nelly es «Coca».

 

En este largo período de aislamiento, Nelly se vio obligada a quedarse varios meses en Buenos Aires donde visitaba familiares. Ni la distancia, ni las circunstancias impidieron que estuviera permanentemente en contacto con lo que sucedía por aquí. Cuando la tecnología se la ponía difícil para acceder al diario por internet pedía que -vía watsap- le enviaran los artículos que ella consideraba más interesante… y por supuesto, como quedó dicho, no olvidó el Día del Canillita, ni obvió un cálido saludo en esa jornada especial.
Hace algunos días, finalmente Nelly pudo regresar a su domicilio de Avenida Belgrano, y de alguna manera volver a las rutinas que le eran tan propias. Entre ellas recibir cada mañana el diario por debajo de la puerta/portón. Hasta que hace unos días tocaron a la puerta: allí estaba Anselmo para cobrar. «Le comenté lo de la carta (Tribuna del lector). Hay que ver la cara de alegría cuando yo le comenté que era Nelly», se ríe con gracia. Es que para todos es «Coca», y también claro está lo era para Anselmo.

 

Anselmo y su emoción.

 

Ni Anselmo ni Roque -aún cuando la trataron cotidianamente por años- tenían idea de quien podía ser Nelly, la persona de la carta… Cuando Anselmo se enteró que «Coca» era Nelly, le contó que «su hija (o una nieta) hizo un cuadro para colgar con el recorte de la publicación. Uno para Anselmo y otro para su hermano Roque. Si vieran la satisfacción que mostró, con sus expresiones que yo desconocía muy cercanas a la emoción. Y esto, desde la gente simple y transparente, tiene un valor incalculable», quiso compartir la mujer el encuentro con «su» canillita.

 

Quién es Anselmo.

 

En la esquina de Córdoba y Avenida Belgrano, Anselmo soportaba estoico el sol pegando sobre su humanidad, y un poco se sorprendió cuando cronista y fotógrafo se acercaron a él. Le pregunté cómo fue eso de recibir la salutación de una antigua vecina del barrio, y se mostró dispuesto a conversar.
Emeterio Anselmo Pral (63) es un hombre nacido en el oeste profundo, que sabe de otros trabajos duros. Oriundo de Santa Isabel, sabe de tareas rurales -sus padres tenían un campo en la zona-, pero luego de trabajar allí decidió que era el momento de partir.
«Sí anduve por muchos lados… por Salta, por Jujuy, después estuve trabajando en un campo cerca de Padre Buodo aquí en La Pampa. Fui cabañero y sé del cuidado de caballos, trabajé en eso, y en más de una ocasión me tocó acompañar ejemplares en la Exposición Rural de Palermo», mencionó.

 

«Es lindo vender diarios».

 

Padre de cinco hijos, se muestra orgulloso de que sean personas de bien, que pudieron terminar la escuela porque en su caso -confiesa- paradójicamente no sabe ni leer ni escribir. La mayor de las hijas es Patricia Andrea, que es masajista; luego viene Claudia Daniela que trabaja en casas de familia; Luis Miguel hace servicio de cadetería; Annabella Milagros es la menor y está terminando el colegio secundario. «Pero además está Damián Aníbal, al que crié desde que era chiquito y lleva mi apellido… Él también como yo vende diarios», completa.
La familia la completan las nietas, Evelyn y Mélani. «La verdad es que no me puedo quejar… porque hice un poco de todo, también albañilería, pero la verdad es que esto de vender diarios es de lo más lindo que me tocó… Anduve 23 años en la calle, y ahora hago un recorrido dejando algunos que tengo encargados y después me paro en esta esquina donde casi soy amigo de todos, como los muchachos de la verdulería (señala el comercio ubicado a pocos pasos) y otros vecinos», resume.

 

«Pude hacerme la casita».

 

«¿Sabés una cosa? Desde hace años me levanto a las 4 y media de la mañana, hago el reparto y después desde las 6.30 hasta la una de la tarde me encuentran en esta esquina… De qué me voy a quejar si vendiendo el diario hasta me pude hacer mi casita en Villa Parque», completa Anselmo.
Hoy como cada día estará en Avenida Belgrano y Córdoba para vender un ejemplar que, esta vez, en sus páginas centrales tendrá nada menos que su foto y esta nota… «Le he dicho a muchos vecinos que voy a salir, y ya me pidieron que les guarde uno», dice casi presuntuoso. Un hombre sencillo, una persona buena… un canillita de la ciudad.

 

Orgulloso de ser canillita.

 

Es esta una pequeña historia de vida, de ese tipo de situaciones que se suceden por aquí nomás. Una de tantas de cada día que no todos alcanzan a conocer… pero que quizás tiene que ver con un modo de ver y de sentir de nuestra gente. Una historia de esas relaciones que se van dando y que -en este caso- es casi una muestra recíproca de cariño y de amistad entre un canillita y su clienta.
La realidad indica que todo ha cambiado de manera considerable y muchos oficios dejaron de existir, pero los canillitas -aunque ya no son tantos- aún resisten… Como este Anselmo que un día llegó para reemplazar a su hermano gemelo y se quedó para siempre, para ser la imagen matutina de esa esquina de Villa Alonso. Y que por cierto está bien orgulloso de su oficio… canillita…

 

Un trabajo con historia.

 

Dicen los que dicen saber que Canillita proviene del latín, canella, diminutivo de canna, que quiere decir caña. En lunfardo la «canilla» refiere a la parte baja de la pierna… lo que dejaban al descubierto aquellos chiquilines de pantalones cortos, o de pantalones largos que les iban quedando cortos al momento de crecer dejando ver la flacura de sus extremidades inferiores. Por eso pasaron a ser los «canillas» o «canillitas».
El mismo año en que escribió «Canillita» (corría 1903), el periodista y escritor tuvo un gran éxito con su texto «M´hijo el dotor». Sería el actor y empresario Jerónimo Podestá quien le iba a proponer a Florencio Sánchez exhibir la obra en Buenos Aires. Al no ser habitual la participación de niños en los escenarios, Blanca Podestá habría de interpretar al canillita. La puesta fue un verdadero éxito, y trascendió por años, siendo una obra emblemática.
Cabe decir que «Canillita» fue en sus orígenes «¡Ladrones!». En esa versión no asomaba el protagonista como vendedor de diarios. Aparece ya así en una segunda adaptación de la pieza. Fue en Rosario cuando surge en escena, cuando una mujer interpretó al «canillita» y la puesta se mantuvo en cartelera durante doce días consecutivos.
Ya en Buenos Aires -el 4 de enero de 1904-, anunciada como un sainete criollo se conoció la versión que sería la definitiva de la obra de Florencio Sánchez.
«Soy Canillita, gran personaje, con poca guita, y muy mal traje; sigo travieso, desfachatado, chusco y travieso, gran descarado, soy embustero, soy vivaracho», aparecía cantando el personaje central de la obra…

 

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