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Aquella tarde dorada de General Belgrano

Redacción 11/10/2026 - 00.26.hs

Se cumplen por estas horas exactamente 50 años de una hazaña del fútbol lugareño. La primavera de 1976 en la que un General Belgrano lleno de juventud destronó al All Boys histórico que "era La Pampa".

 

MARIO VEGA

 

Corría la última semana de septiembre de 1976. Una densa y alegre caravana de hinchas, enfundados en banderas tricolores, avanzaba a paso lento rodeando a sus héroes. Los jugadores marchaban aún vestidos de corto, exhibiendo las marcas de la batalla: las camisetas transpiradas, empapadas de sudor y polvo, las medias caídas y los botines colgando.

 

Regresaban a pie, caminando por las vías del ferrocarril, desandando el trayecto que separaba el estadio de All Boys del viejo Rancho Grande de Villa Alonso. El sol de la tarde pampeana empezaba a caer sobre los durmientes de madera y las vías.

 

Minutos antes, dos estocadas letales del implacable Horacio Rosales habían puesto a General Belgrano ante la oportunidad concreta, palpable y casi mística de consagrarse campeón de la Liga Cultural después de nada menos que 23 largos años de sequía, frustraciones y postergaciones.

 

Los seiscientos o setecientos metros que separaban una cancha de la otra se transformaron en una cáfila alegre, ruidosa y bulliciosa. Una marea humana que anticipaba, con cantos barriales y ojos brillantes de emoción, lo que vendría tan solo una semana después, ahora sí en los feudos de Villa Alonso.

 

¡Belgrano campeón!

 

Y sucedió. El 10 de octubre de 1976, Belgrano ratificó su supremacía, le volvió a ganar al gigante auriazul por 3 a 2 en una revancha electrizante y gritó campeón.

 

Hoy, el almanaque nos choca de frente con la contundencia de los números redondos: ha pasado medio siglo. Sí, cincuenta años de una hazaña futbolera que se transformó en un hito deportivo para el fútbol lugareño.

 

Aquella tarde mítica, el "Tricolor" terminaba con la hegemonía absoluta del hasta entonces casi imbatible All Boys, un equipo histórico que desde las épocas de los antiguos torneos Regionales imponía una ley indiscutible, al punto que se acuñaba en el ambiente futbolero la frase “All Boys es La Pampa”. Sumaba campeonato tras campeonato como si fuera un trámite burocrático, hasta que se cruzó con los pibes de Villa Alonso.

 

La mesa de los recuerdos.

 

Para conmemorar este cincuenta aniversario, nos reunimos a charlar con los protagonistas directos de aquella epopeya. Alrededor de una mesa donde las risas parecían brotar con la misma frescura de los veinte años, estaban Luis Cora, Horacio Rosales, Rubén Clarembaux y Miguel Díaz. También se sumó Carlos Fortuna, quien entrenó con ellos durante el primer tramo de aquel proceso y aporta la cuota exacta de humor.

 

Sobre el mantel se despliega un tesoro invaluable: una pelota radiante, recortes de La Arena, fotografías en blanco y negro y camisetas tricolores. Al tocarlas, es imposible no sentir el magnetismo de las tardes de tribunas llenas.

 

Un lazo que une.

 

Hoy, aquellos pibes que asaltaron el cielo de la Liga Cultural son hombres grandes. La vida transcurrió con la cadencia de la llanura: formaron sus familias, tuvieron hijos, vieron llegar a sus nietos y todos se encuentran jubilados de sus respectivas actividades laborales.

 

Pasaron décadas, pero el lazo que los une permanece intacto, blindado por el cemento de la historia compartida. Ya hace una década se habían autoconvocado para rememorar los 40 años de la obtención del título, y en estos días se encuentran puliendo los detalles para la gran fiesta del medio siglo. “El encuentro va a ser el viernes 27 de noviembre, pero no queremos que vayamos a la cena en el Club de Caza sólo los que jugamos… que sea una reunión de reencuentro tricolor. Que vayan todos los que quieran estar”, pide Corita.

 

Compañeros y amigos.

 

En la charla, las palabras se atropellan. El entusiasmo es el mismo de un domingo de vestuario. Miguel Díaz aparece como el mejor documentado del grupo; a su museo personal, verdadero santuario de la nostalgia, llegan de manera constante toda clase de objetos, banderines y planillas que él va recopilando y clasificando de forma prolija.

 

Luisito Cora ofrece con generosidad su casa para este encuentro de evocación; a Rubén Clarembaux se lo ve un poco menos en el circuito diario porque casi ya no asiste a las canchas, pero la memoria no le falla.

 

Con Horacio Rosales el contacto es más fluido, ya que jamás se alejó del mundo tricolor, y hasta fue presidente de la institución. Hoy es el alma máter de la Liga de Veteranos. Carlitos Fortuna, fiel a su estilo, es el encargado de meter un chiste o una salida oportuna cada dos minutos, desatando las carcajadas limpias de sus eternos compañeros de ruta. Son hombres que siguen siendo entrañables amigos.

 

Pibes sanos.

 

En la charla se van acordando de cosas… De los más jodones (aunque hasta ahí) que eran Orfel, Luis Moreno y “Pitu”… Y por supuesto vienen a la memoria los que no están: Raulito Mansilla (fallecido el año anterior); el “Loco” Julio Villa; y el increíble Huguito Pérez, el capitán: “El muchacho más bueno del mundo –coinciden--, al que nunca le ibas a escuchar un insulto, el que cuando alguien se ponía pesado y él como capitán lo quería ubicar sólo le decía ‘dejate de escorchar’... Sí, era la bondad hecha hombre…”, lo evocan.

 

Corita agrega que “éramos pibes sanos… ¿si cobrábamos? Nos tiraban unos pesitos, como un viático. Me acuerdo que con lo que me daban iba a pagar una cuota de ropa que le compraba a Jorge Schab, el Chamaco”, precisa.

 

Si al final eran laburantes algunos y, la mayoría, estudiantes de colegios secundarios… Una pibada singular.

 

La cadencia contra el vértigo.

 

Volviendo al fútbol y a esos dos partidos finales, la historia oficial cuenta que ambos equipos habían llegado igualados en puntos en la cima de la tabla. Así fue que las autoridades de la Liga Cultural determinaron que el campeonato de la Zona Centro se definiría en dos partidos finales de desempate.

 

El primero de ellos se disputaba en la mítica fortaleza de la Avenida Spinetto; la revancha y el veredicto definitivo quedarían reservados para la cancha del anillo embrujado de Villa Alonso.

 

El choque no solo ponía frente a frente a dos clubes populares de la ciudad, sino también a dos estilos generacionales contrapuestos. El All Boys conducido por Osvaldo Biaggio ponía en cancha los últimos y respetables destellos de aquel equipo que había marcado una época dorada en los Regionales.

 

Es verdad que algunas de sus figuras consulares como el "Colores" Facio, el "Pity" Kraemer o el arquero Elías Galant ya no vestían la camiseta auriazul, pero la base del poderío seguía firme. El candidato de los pronósticos se sostenía en la jerarquía, la templanza y el oficio de jugadores de la talla de Edilio Zabala, el "Gato" Félix Omar Villalba y el increíble Aldo Bafundo.

 

El equipo de Festa.

 

En la vereda de enfrente se plantaba el General Belgrano que había forjado y modelado de forma artesanal el entrenador Nelson Festa. Un equipo bisoño, con juveniles que llegaban desde las inferiores con el hambre y el desparpajo necesarios para protagonizar el gran cambio estructural del fútbol lugareño.

 

“Cuando llegó Nelson le dijo a varios de los muchachos más grandes que no los iba a tener en cuenta, y nos convocó a nosotros”, dice Horacio. “Nosotros” eran los integrantes de una cuarta división que goleaba cada fin de semana.

 

Así se armó ese plantel. Los que tenían un poco más de experiencia eran Orfel Blanc, el talentoso Alfredo “Pitu” Geringer y Luis Moreno. El resto era una oleada de juventud: los hermanos Gustavo y Miguel Díaz, Luis Cora, Hugo Pérez, Roberto Mariani, "Chachi" Jorge García, "Ñoqui" Juan Carlos Lescano, Rubén Clarembaux, Horacio Rosales y Raúl Mansilla.

 

Los dos llegaban bien.

 

Festa impuso una férrea disciplina. “Nelson nos trataba de usted… Un día indicó que a los que jugáramos en los potreros no nos iba a poner; y además fue el primer DT que nos puso una pizarra enfrente. Insistía que todos teníamos que marcar y correr… Pero no sólo era correr, porque la mayoría jugaba bien. De atrás salía jugando Luisito, Huguito Pérez tiraba caños en el área, Ñoqui gambeteaba a los delanteros, y Chachi sabemos lo que jugaba”, resume Horacio.

 

Tanto Belgrano como All Boys tenían un presente arrollador en las jornadas previas de la Liga Cultural. El auriauzul ratificaba su chapa ganando un duro compromiso en Victorica, donde venció a Cochicó por 2 a 0. El Trico, por su parte, venía de brindar una auténtica exhibición de contundencia al golear a Simón Bolívar por un aplastante 8 a 2.

 

Horacio cuenta que, paradójicamente “el equipo sólo apareció después que Santa Rosa nos goleó 4 a 1. Fue como que a partir de ahí todo fluyó y empezamos a golear”.

 

Al principio los hinchas no acompañaban demasiado, pero después de los buenos resultados empezaron a llenar las tribunas del estadio alrededor del anillo embrujado.

 

Las diferencias.

 

El planteo en la cancha dejaba claras las diferencias. All Boys representaba la cadencia, el culto a la pelota bien tratada pero a un ritmo cansino, casi nostálgico, propio de una era del fútbol que comenzaba a retirarse ante las nuevas exigencias físicas.

 

General Belgrano, expresaba la revolución de la dinámica. Eran muchachitos que no solo sabían tratar bien el balón, sino que le imprimían al juego un vértigo físico y una presión asfixiante que incomodaba a un conjunto alboyense notablemente más pesado y lento.

 

Esa disparidad de velocidades se tornaba letal cuando los dirigidos por Festa –era lo que planteaba el entrenador-- recuperaban la pelota y se lanzaban en velocidad al contragolpe. En ese terreno de la transición rápida, Horacio Rosales y el movedizo Miguel Díaz hacían valer una zancada eléctrica.

 

En el mediocampo, Alfredo Geringer aportaba el cerebro y la pausa justa; Roberto Mariani encarnaba el esfuerzo físico y el despliegue solidario, mientras que el resto de los juveniles acompañaba con su técnica colectiva. En el arco tricolor, el joven Gustavo Díaz ofrecía su seguridad bajo los tres palos, mostrando un nivel que dejaba prácticamente sin resquicios a "Maravilla" Aguerrido, su talentoso arquero suplente.

 

Tardes de gloria.

 

El partido de ida en la Avenida Spinetto fue el golpe de gracia que empezó a quebrar la historia. Belgrano plantó bandera en rodeo ajeno y se impuso con autoridad por 2 a 0 gracias a un doblete de Horacio Rosales.

 

El resultado no hizo más que ratificar lo que había sucedido semanas atrás en el tramo regular del torneo, cuando los muchachos de Festa ya habían vencido a All Boys por 3 a 1. La juventud le había perdido el respeto al multicampeón.

 

Para la revancha en el estadio de Villa Alonso, una enorme e histórica cantidad de espectadores colmó las tribunas. La barriada tricolor copó los tablones para alentar a un equipo que, ahora sí, portaba el traje de candidato firme al título.

 

La finalísima.

 

Ese domingo de gloria, Festa mandó a la cancha a Gustavo Díaz en el arco; la línea defensiva estuvo integrada por Luis Cora, Hugo Pérez, Juan Carlos Lezcano y Jorge García; en el mediocampo batallaron Roberto Mariani, Orfel Blanc y Alfredo Geringer; mientras que el tridente ofensivo estuvo compuesto por Horacio Rosales, Miguel Díaz y Raúl Mansilla –falleció recientemente--, ingresando posteriormente Luis Moreno para refrescar las líneas.

 

Por el lado de All Boys, decididos a quemar las naves para forzar un tercer partido desempate, salieron a la cancha Juan Carlos (“Mono”) Sánchez; Jorge Cufré, Jorge Farrán, Hugo García y Ángel Bustos; en la mitad de la cancha se pararon Aldo Bafundo, Luis Ledesma y Orlando Santos; atacando con César Losino, el "Gato" Villalba y Vicente Fraile.

 

Tribunas repletas.

 

El partido definitivo fue una montaña rusa de emociones que justificó con creces las tribunas llenas del fútbol lugareño. En un primer tiempo inolvidable, Belgrano estableció una distancia que parecía irremontable en el marcador con otros dos conquistas del letal Horacio Rosales y otra del goleador Miguel Díaz. Sin embargo, la estirpe del viejo campeón herido apareció en la segunda mitad: All Boys reaccionó y logró descontar por intermedio de “Pelusa” Santos y de Hugo García, inyectándole dramatismo y épica a los minutos finales.

 

Cuando terminó fue el fin de la espera de 23 años. La crónica del diario La Arena del día siguiente retrató con fidelidad la magnitud del desahogo colectivo: "Vuelta olímpica primero por los jugadores; y más tarde con los hinchas a los que se permitió el acceso al field. Celebración ruidosa, pero con corrección; Festa llevado en andas por la multitud".

 

A cincuenta años de aquella tarde dorada, el eco de esa vuelta olímpica sigue resonando en el corazón de Villa Alonso, recordándonos que hubo un tiempo en que unos pibes de barrio, corriendo a la par de las vías del tren, desafiaron a la historia y se volvieron eternos.

 

¿Quién fue Nelson Festa?

 

Para dimensionar el quiebre histórico que significó el campeonato de General Belgrano en 1976, resulta indispensable detenerse en la figura de su director técnico: Nelson Festa.

 

Pocos saben que fue arquero de Estudiantes de Santa Rosa, que luego de jugar para el seleccionado de la Liga Cultural frente a San Lorenzo se mudó al club de Boedo. Pasó por Estudiantes de La Plata, fue transferido a Perú e hizo una gran carrera en México. Volvió a La Pampa para dirigir primero a All Boys, y luego llegó a Villa Alonso.

 

En una época del fútbol lugareño donde los entrenamientos solían limitarse a un par de vueltas a la cancha y un picado informal, Festa fue un adelantado a su tiempo, un auténtico revolucionario de la preparación física y el compromiso institucional.

 

Poseedor de un físico privilegiado y una mentalidad inquebrantable, Nelson poseía una particularidad que asombraba: duplicaba en edad a la mayoría de sus dirigidos, pero corría a la par de ellos.

 

No concebía la conducción desde la comodidad del silbato en la boca o la mirada distante desde la línea de cal; se calzaba los botines y lideraba los ejercicios de resistencia y velocidad, transformándose en el principal espejo físico para su plantel.

 

“¡A ver si me pueden aguantar el ritmo!”, desafiaba a los pibes en el Rancho Grande. Era el ejemplo de un conductor que dejaba el alma en cada entrenamiento, y resultaba imposible guardarse un gramo de energía el domingo.

 

Festa supo amalgamar la frescura y la irreverencia de los pibes de Belgrano con una disciplina táctica moderna, y un despliegue físico de asfixia y contragolpe, con lo que terminó desnudando las carencias del cansino All Boys de los setenta.

 

Exigente hasta el detalle, pero poseedor de una enorme calidez humana, su figura trascendió la línea de cal: no solo formó campeones dentro de la cancha, sino hombres íntegros que hoy, 50 años después de aquella epopeya, se siguen sentando a una mesa a levantar las copas de la amistad eterna en su memoria.

 

Detalles de la consagración.

 

Belgrano cortó una hegemonía de una década que All Boys ostentaba en el fútbol culturalista. Fue un equipo forjado y dirigido por Nelson Festa.

 

El plantel estuvo integrado por Gustavo Díaz y Julio Aguerrido (arqueros), Luis Cora, Hugo Pérez (capitán), Juan Carlos Lezcano (Ñoqui), Orfel Blanc, Raúl Mansilla, Alfredo Geringer, Roberto Mariani, Miguel Díaz (goleador del equipo), Horacio Rosales y Jorge García; Aníbal Alzamendi, Oscar Bornes, Heraldo Fritz, Carlos Loyola, Roberto Superi, Oscar Tesitore, Ricardo Valcarcel y Julio Villa.

 

Ayudante de campo fue Ernesto Olguín; masajista Chacho Castaño; y utilero Cholito Aguirre.

 

Los dirigentes de entonces eran Carlos García, “Capi” Di Nápoli, “Cacho” Silva, “Lolo” García; “Petiso” Olivera, Eduardo Lucero, “Pocho” Lucero e Hilario Gómez de la Torre.

 

La consagración del Trico.

 

A tribuna llena.

 

Aquellas dos finales tuvieron un marco de público espectacular. La foto muestra la “Baldomero González” en cancha de All Boys y a los jugadores tricolores saludando a los hinchas.

 

El equipo.

 

Arriba: R. Superi, M. Díaz, R. Mariani, H. Pérez, C. García, O. Blanc, J. C. Lescano, J. Aguerrido, R. Clarembaux. Abajo: R. Mansilla. L. Cora. A. Geringer, L. Moreno, H. Rosales, J. Villa y G. Díaz.

 

Campeón.

 

El titular de La Arena la mañana siguiente de la consagración. La vuelta olímpica de los jugadores por el circuito embrujado, acompañados por algunos chiquilines.

 

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