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Di Benedetto se negó al cambio: “No salgo… soy el director de Deportes”

Redacción 01/11/2026 - 00.12.hs

El fútbol amateur es ese bendito territorio donde las leyes de la lógica se suspenden en favor del orgullo y la picardía. En los torneos de "profesionales" que solían animar los fines de semana en el Estadio Municipal de Santa Rosa, se han escrito páginas que merecen el bronce, o al menos, un rincón de privilegio en la memoria colectiva del deporte lugareño.

 

Una de las más desopilantes y recordadas ocurrió aquella mañana en la que se enfrentaban, en un partido que rascaba el asfalto de lo duro, los Profesores de Educación Física contra los Ingenieros Agrónomos.

 

La pelota iba y venía por el aire, el marcador no se abría y los "profes" masticaban nervios: necesitaban los puntos imperiosamente para seguir prendidos en la pelea por el campeonato.

 

Hermosa dupla.

 

En el banco, la inefable e histórica dupla técnica conformada por Horacio González y Roberto Zamudio —dos personajes queridísimos de nuestro acervo deportivo— se miraron de reojo. El partido pedía a gritos un revulsivo, mover las piezas. Pero la jugada, lo sabían de antemano, no iba a ser fácil. Requería astucia y, sobre todo, un mensajero blindado.Fue así como convocaron a Lorenzo Díaz, el siempre dispuesto colaborador, un singular trabajador municipal que además portaba el respetable título de reconocido karateca. —Lorenzo… decile al 10 que sale. Entra Juan… —le indicaron los técnicos. Lorenzo arqueó las cejas con cierta sorpresa, consciente del volcán que iba a pisar, pero caminó con paso firme hacia la línea lateral para cumplir la orden. —¡Sale el 10! —le avisó al juez de línea, mientras levantaba los brazos haciéndole señas al jugador en cuestión para que dejara el terreno de juego.

 

“¡Yo no salgo!”En las tribunas y el campo se instaló un silencio de expectativa. El futbolista a reemplazar no era uno más en la estructura del equipo, ni de la vida pública local. Grandote, de barba oscura y espesa, con el flequillo empapado en sudor cayendo sobre la frente, el enganche divisó el cartel imaginario. Con andar pausado pero imponente, se acercó a la línea de cal. Miró fijo a Lorenzo y, de reojo, clavó la vista en los directores técnicos que simulaban mirar hacia otro lado. Con la autoridad de quien no conoce los grises, lanzó aquella frase inolvidable que quedó grabada en el folklore del torneo: —Yo no salgo… soy el Director. El autor de la retranca no era otro que el profesor Oscar Di Benedetto (entonces director de Deportes de la Municipalidad de Santa Rosa). Ante semejante declaración de principios, nadie se atrevió a discutir demasiado. El principio de autoridad se impuso sobre la pizarra táctica de González y Zamudio. Para colmo de males —o para delicia del destino— Lorenzo Díaz no tenía argumentos marciales ni gremiales para insistir: en los días de semana, en el organigrama de la Municipalidad de Santa Rosa, su jefe directo en la Dirección de Deportes era, precisamente, el indomable número 10. Contradecirlo en la cancha era un riesgo que ni el karate podía salvar.

 

¡Cómo iba a salir él!El fútbol, que es sabio y premia a los audaces, decidió rubricar la desobediencia con ribetes de epopeya. Pocos minutos después de cancelado el cambio, se ejecutó un tiro de esquina a favor de los profesores. Di Benedetto, haciendo valer su porte, se elevó en el corazón del área emulando al mismísimo Martín Palermo y, con un testazo soberbio, clavó la pelota contra el ángulo. El partido terminó 1 a 0. Los "profes" se quedaron con el triunfo y Oscar Di Benedetto abandonó el césped con el pecho inflado y una amplia sonrisa dedicada, con sutil ironía, a los técnicos que habían pretendido mandarlo a las duchas antes de tiempo. ¡Faltaba más! En su Dirección, el reglamento lo escribía él.

 

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