¿Son locos o se hacen?
En el manual no escrito del fútbol argentino existe una máxima universal que nadie se atreve a discutir: para pararse abajo de un arco, hay que tener un tornillo flojo. Mientras los otros diez integrantes del equipo corren con la libertad del campo, el arquero habita un territorio de soledad absoluta, vestido con otro color, expuesto al escarnio público en cada error y usando las manos en un deporte diseñado para los pies.
Esa presión constante suele alterar la percepción de la realidad. ¿Están locos o se hacen? Las siguientes tres historias, rescatadas del folclore de las canchas pampeanas, demuestran que el buzo de guardameta viene con un diagnóstico psiquiátrico incluido.
Episodio 1.
Gabriel Argüello y el retorcido arte de sufrir por gusto.
Una de las muestras más recientes de esta maravillosa demencia ocurrió en una de las finales más infartantes de la Liga Pampeana de Fútbol. Se definía el clásico del norte provincial y el campeonato tuvo que dirimirse a través de los penales. Fue allí donde emergió la figura gigante de Gabriel Argüello, el arquero que se cargó el destino de su equipo al hombro.
Argüello protagonizó el combo completo de la gloria: no solo se paró frente a su colega de Ferro de Pico para ejecutar y convertir con categoría el último penal de la serie de cinco de su equipo, sino que, de inmediato, se calzó los guantes y atajó el penal definitivo del rival para consagrar a su club campeón de la Liga. Hasta ahí, una hazaña de película.
Lo verdaderamente desopilante y aterrador se supo después. En la previa del partido, Argüello les habría confesado en voz baja a un par de compañeros de plantel una estrategia mental digna de un paciente psiquiátrico: “Escuchenme una cosa... si vamos ganando 1 a 0 el clásico, por ahí me dejo hacer un gol para que nos empaten. Yo quiero definir el campeonato en los penales, atajando y metiendo el último”.
Tanta era la fe que se tenía que parecía estar dispuesto a sabotear su propia valla con tal de tener su momento de cine de Hollywood. Por suerte para los corazones de los dirigentes y de la hinchada, el partido de vuelta terminó 0 a 0 y el destino lo llevó directo a los penales sin necesidad de andar regalando goles.
Pero que un tipo planifique dejarse empatar un clásico en una final por el puro gusto de la adrenalina... ¡Eso sí es es una verdadera locura!
Episodio 2.
Elías Galant y la solidaridad del gremio de los guantes.
Aquí hay que subirse a la máquina del tiempo y viajar hasta una tarde de abril de 1972. El poderoso All Boys de Santa Rosa se enfrentaba a una juvenil y batalladora formación de Domingo Faustino Sarmiento de Villa del Busto. El Auriazul puso en cancha un verdadero equipazo con figuras de la talla de Elías Galant; Aldo Bafundo, “Barba” Rechimont, Blanco, Juan Carlos Orrego, “El Gato” Villalba, “Cacho” Ledesma, “Pelusa”Santos, “Colores” Facio, “Pity” Kraemer y “El Negro” Cejas. Sarmiento, por su parte, le plantó bandera con Raúl Ranocchia; “Negro” Cufré, Carlos Díaz, Daniel Paredes, “Chiquito” Rodríguez, Walter González, “”Pato” Godoy, Mario Vega, “Gringo” Bongiovanni, Hugo Pérez y “El Ruso” Rowhain. Fue un partidazo de igual a igual que terminó con un electrizante empate 2 a 2.
Sin embargo, el resultado pasó a un segundo plano sobre el final del partido debido a un rapto de locura corporativa.
Faltando pocos minutos para el cierre, el árbitro del encuentro decidió expulsar por exceso de protesta a Raúl Ranocchia, el joven arquero de Sarmiento. Al ver la tarjeta roja en el aire, ¿qué hizo Elías Galant, el extraordinario y temperamental arquero de All Boys? En lugar de quedarse festejando la ventaja numérica en su área, Galant cruzó corriendo toda la cancha como un loco desbocado, se le plantó cara a cara al árbitro en el círculo central y empezó a insultarlo con un esmero poético digno de sanción.
El referí, atónito, no tuvo más opción que meter la mano en el bolsillo y echarlo a él también. Cuando le preguntaron por qué carajo se había hecho expulsar en un partido que estaba por terminar, Galant respondió con una lógica de compadrazgo que conmovió a todos: “¡Y qué querías que hiciera! Raúl es mi amigo, compartimos el mismo oficio y sufrimos lo mismo... ¡No lo iba a dejar solo camino a las duchas! Si lo echaban a él, a mí también”.
Solidaridad y locura bajo los tres palos en su máxima expresión.
Episodio 3.
El “Loco” Boto y la camilla voladora en Bahía Blanca.
Si se habla de personajes singulares en la era moderna del fútbol regional, el nombre de Matías “El Loco” Boto aparece subrayado en rojo. Era de esos guardametas inmunes al entorno; le podían estar insultando las cuatro tribunas del estadio y el tipo caminaba por el área tomando agua como si estuviera paseando por la plaza San Martín.
El doctor Nicolás Altolaguirre, médico y actual vicepresidente de All Boys, lo define a la perfección: “Es uno de los personajes más graciosos y únicos que conocí en el fútbol. Un loco hermoso”.
La cumbre de su repertorio ocurrió durante un áspero partido por el Torneo Federal B contra Liniers de Bahía Blanca, disputado en la hostil cancha de Sansinena de General Cerri.
All Boys la estaba pasando verdaderamente mal y, en medio del asedio local, Boto se desplomó pesadamente sobre el césped. En la tribuna y en el banco todos pensaron lo mismo: “Está haciendo tiempo”. El árbitro ya caminaba hacia él con la tarjeta amarilla en la mano. El doctor Altolaguirre ingresó corriendo a la cancha y Boto, con cara de agonía total, le suplicaba: “¡Nico, decile al réferi que me duele de verdad, sácame!”. El médico confiesa que con él era imposible hacer un diagnóstico: "No sabías si estaba por sufrir un ACV o si no tenía absolutamente nada”. Al final, Boto lo convenció y se ordenó el cambio por Brian Roston.
El delirio comenzó en el traslado. Tuvieron que sacar a Boto en camilla. La procesión de la asistencia médica quedó armada de una manera desopilante: adelante tiraba el utilero de Liniers (un tierno abuelo de aproximadamente 87 años de edad), atrás sostenía el doctor Altolaguirre, y en el medio iba el “Loco” Boto, que en lugar de ir acostado como un herido respetable, iba sentado arriba de la lona.
Para salir de la cancha, la camilla debió pasar a escasos centímetros de la tribuna popular donde la hinchada de Liniers escupía fuego. Los plateístas bahienses empezaron a lloverle insultos de todos los calibres a Boto. Fiel a su estilo, el arquero no se quedó callado: desde arriba de la camilla empezó a gesticular y a insultar de arriba a abajo a toda la tribuna local.
La provocación fue tal que el viejo utilero, indignado por la falta de respeto de su pasajero hacia su hinchada, se plantó en seco, soltó las manijas delanteras de la camilla y la largó al diablo. Boto voló por los aires y cayó de espaldas al piso, directo frente al alambrado de la barra brava local. Altolaguirre, en medio de una lluvia torrencial de salivazos e insultos que se ligó por rebote, levantó al arquero del piso a los puros tirones mientras le gritaba con bronca: “¡Más vale que estés lesionado de verdad, porque nunca en mi vida me escupieron tanto. Y por tu culpa!”.
Al llegar al vestuario y tras los estudios de rigor, se confirmó que el arquero no mentía: tenía un severo esguince de rodilla. Pero con Matías Boto, al igual que con todo el gremio de los guantes, la delgada línea entre la lesión real y la locura de potrero nunca se sabía dónde terminaba.
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