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Domingo 07 de junio 2026

La escuela que esperó 88 años por un camino

Redacción 07/06/2026 - 00.12.hs

Un grupo de pampeanos que participó de la campaña “Un camino para El Tolar”, volvió a visitar, cinco años después, la escuela 474 por el camino recientemente construido que repara siglos de aislamiento de la comunidad aborigen del lugar ubicado en las alturas de Catamarca.

 

Finalmente, 88 años después de su fundación, la Escuela 474 de El Tolar, tiene un camino. El Tolar es una comunidad aborigen ubicada a 3.200 metros sobre el nivel del mar en las alturas de la precordillera catamarqueña cuyo centro es la escuela adonde concurren los niños del lugar.

 

Hace unos años, Amalia Agüero, la directora de la escuela, a punto de jubilarse, inició una patriada: una campaña para dotar de un camino a su escuela, una de la pocas, si no la única de todo el país que no contaba con una vía de acceso.

 

Para quien no conoce la geografía del lugar, puede resultar difícil darse cuenta lo que significa no contar con un camino para llegar a la escuela. Las dos únicas vías de comunicación están al este y al sur de la escuela, por caminos de ancestrales que solo dan paso a mulas y caballos y a los osados que se le atreven con motos o cuatriciclos.

 

Recorrer esos veinte y pico de kilómetros que separan la escuela de la localidad de La Soledad es toda una travesía a la que se aventuraban pobladores y docentes casi como una fatalidad ante la indiferencia de las autoridades locales, provinciales y nacionales.

 

Tal vez por eso, la iniciativa de Amalia tuvo una inusitada repercusión en muchos puntos del país. “Un camino para El Tolar”, ganó las redes sociales y miles de argentinos se sumaron con su voz al reclamo de la comunidad de poco más o menos cien habitantes que se le atreven al rigor de la montaña en ese enclave ancestral de nuestras culturas originarias, casi olvidado.

 

En Santa Rosa el que escuchó fue Manuel Oscar Beneitez, “El Flaco” Beneitez, quien supo ser de muchos oficios pero se lo recuerda como el dueño del boliche María Teresa, un lugar nocturno ubicado en el centro santarroseño. Ya retirado de sus actividades nocturnas, Beneitez leyó el clamor de la directora del El Tolar desde su negocio de venta de repuestos para acoplados, en la circunvalación santarroseña. Y decidió no ser indiferente ni solo justificar su conciencia con un “like”.

 

Consiguió el teléfono de la directora, se comunicó con ella y organizó una travesía con su grupo de cuatricicleros hacia la escuela en apoyo al reclamo por el camino, llevando donaciones y visibilizando la difícil situación de esos argentinos que viven y educan con casi todo en contra en ese paraje perdido de la precordillera catamarqueña.

 

Una odisea.

 

El viaje fue una odisea. Pese a contar con un guía del lugar, y una flota de potentes cuatriciclos y UTV y pilotos avezados en travesías, recorrer los veintipocos kilómetros en esas máquinas les llevó todo el día. Desde la madrugada hasta el atardecer. Diez horas de dura porfía por caminos que solo se transitan a pié o en lomo de mula.

 

Fue para los pampeanos, (había bonaerenses y santafesinos también en la expedición), un despertar a la realidad de otros argentinos que no la tienen tan fácil.

 

Finalmente llegaron a la escuela donde la comunidad los esperaba con los brazos abiertos.

 

Vínculo.

 

Y a partir de ese viaje el vínculo de los pampeanos y la escuela quedó sellado como un pacto de sangre. Prometieron volver cuando el camino estuviera terminado para festejar el fin de la campaña de la directora.

 

Era setiembre de 2021 y el gobierno nacional de entonces, sensibilizado con el reclamo de Amalia, había comenzado la obra de construcción del camino por el este, atravesando las alturas que separan a El Tolar de la ruta 40 hacia la comunidad indígena de El Chistin cerca de Azampay. No era el ideal, ni el que esperaban los pobladores, acostumbrados a comunicarse por el sendero de mulas hacia el norte con ese conglomerado de pueblitos que componen las comunidades de La Soledad, El Durazno, Jacipungo y Puerta del Corral Quemado, unidos por asfalto a la ruta 40 en el cruce conocido como El Eje.

 

Pero el camino hacia Azampay era algo que los sacaría del aislamiento y los acercaba a la ciudad de Belén que quedaría así a unas pocas decenas de kilómetros, y así se aceptaba.

 

Freno a la obra.

 

Pero el gobierno cambió, y el “no hay plata” libertario paró la obra.

 

Amalia se jubiló sin ver el camino, pero su semilla había sido plantada y crecía silenciosamente no solo en El Tolar y los pueblos del lugar, sino en la provincia y en todo el país y ya era un reclamo que no podía ignorarse.

 

Así fue que el gobierno de la provincia y las autoridades del municipio del lugar unieron voluntades y se inició el duro trabajo de porfiarle a la montaña una huella. El gobernador de Catamarca Raúl Jalil incluyó el camino en el Plan de Integración Territorial que impulsa en las zonas de alta montaña, con el objetivo declarado “de mejorar la accesibilidad, garantizar derechos y fortalecer el desarrollo local”.

 

Tras meses de porfía, las máquinas y sus ingeniosos maquinistas lograron la hazaña de romper siglos de aislamiento. En agosto del año pasado, 88 años después de la fundación de la escuela 474, el gobernador en persona subió en camioneta hacia la escuela y dejó formalmente inaugurado el camino. Dejó también en la comunidad una camioneta 4x4 para hacer realidad ese traslado en una población donde no hay un solo auto.

 

El regreso.

 

Y los pampeanos cumplieron su promesa de volver. El pasado fin de semana recorrieron los 27 kilómetros por el nuevo camino en solo una hora. Llegaron hasta el lugar llevando donaciones de ropa, elementos escolares, camisetas de la selección argentina, pelotas de fútbol y otras cosas necesarias para mitigar en algo la dureza de la vida en ese lugar tan olvidado del país, que recolectaron merced a la solidaridad de los vecinos de nuestra provincia.

 

También llevaron cartas de los niños de la escuela número 49 de la pequeña localidad pampeana de Dorila cuya directora y docentes incentivaron a sus alumnos a escribirles a los niños de El Tolar, alentados por Joana Fernández, esposa de uno de los expedicionarios que vio en el viaje la oportunidad de unir a través de la escritura y el relato a niños argentinos que viven experiencias y entornos culturales tan distintos.

 

Cuando los pampeanos llegaron a El Tolar y entregaron esas cartas llevaron de vuelta a Dorila otras de los niños del lugar a los chicos pampeanos.

 

“Hola, soy Víctor, vivo en El Tolar, Belén, Catamarca. Tengo cabras, perros, gatos y vacas. Antes no había camino. Teníamos que traer los alimentos en burros y caballos. Y ahora ya hay camino, todo es más fácil para traer cosas. Por la tarde cuando llegamos a la casa de la escuelita voy a juntar leña”. Dice una de las cartas que viajaron a Dorila escrita con letra trabajosa y prolija, por un niño que vive, juega y se educa en ese rincón de nuestro país donde la vida es más difícil y un grupo de argentinos hace patria en la comunidad aborigen y educativa de El Tolar.

 

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