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Domingo 11 de enero 2026

“Las mujeres ganamos muchos espacios”

Redacción 11/01/2026 - 00.15.hs

(Eduardo Castex) - Elba Norma Carrizo, Maria Esther “Coca” Pérez, Florencia Macagno y Valeria Lis Barbero no tienen demasiadas cosas en común, pero sus vidas están atravesadas por la “ruralidad”, y desde sus diversos roles cuentan con anécdotas, experiencias y vivencias que compartieron con un nutrido público en el conversatorio “Mujeres del agro: manos que transforman”, que se desarrolló –el viernes a la noche- en el salón “María Baralle de Brandemann” de Racing Club de Eduardo Castex. “Estar en este salón ya es un homenaje a la mujer del campo, porque María Baralle de Brandemann representa a la mujer agropecuaria”, destacó “Coca” Pérez.

 

El evento está enmarcado en la 71° edición de la Fiesta provincial del Trigo y la Fiesta Nacional del Trigo y el Pan, y contó con la presencia de la directora de Agricultura, Natalia Ovando; el diputado provincial Sergio Pregno; autoridades municipales encabezadas por el viceintendente Luis Ordoñez; dirigentes de Federación Agraria Argentina (FAA) y las embajadoras trigueras Amparo Prieto Alfonso actual reina provincial del Trigo-, Candela Resler –vigente reina nacional del Trigo y el Pan- y Ornella Fioritto –Miss Racing Club-, entre otros.

 

Participantes.

 

Elba Norma Carrizo es una mujer de trabajo incansable que vivió y crio a sus hijos en el campo. Hija de Arturo Carrizo y Rustiana Ortellano. Se casó a los 18 años alla por el 1965 con Domingo Sosa, y tiene siete hijos: Daniel, Sonia, Graciela, Aldo, Patricia, Clelia y Valeria. Desde muy joven sostuvo tareas rurales, familiares y comunitarias. Su historia nos habla del esfuerzo naturalizado, del hacer sin nombrarlo, y de una vida entera dedicada a sostener.

 

Maria Esther Pérez es conocida popularmente “Coca”, y fue docente rural. Casada con Raúl Soncini, es protagonista de una experiencia educativa única: el nacimiento de escuela hogar de Rucanelo. Su experiencia demuestra que la escuela puede ser la casa, la mesa, el cuidado, el afecto y la pertenencia.

 

La joven Florencia Macagno es médica veterinaria, nacida y criada en un campo cercano a Eduardo Castex, que se graduó en la Universidad Católica de Córdoba volvió a trabajar en la empresa familiar que históricamente “estuvo liderada por los hombres”, pero “yo me integré sin problemas y tuve el apoyo de toda la familia”, dijo. Actualmente está en pareja con Diego, es mamá de Martina, y se dedica a la cría, recría de vacunos puros de pedigree y la administración de la empresa familiar.

 

Representa a una generación que combina herencia rural, formación profesional y gestión productiva, sin romper el lazo con el origen. Y Valeria Lis Barbero es hija de productores rurales, que tienen campos en la zona de Arata, está casada con Fabio y actualmente vive en el lote XII de Arata. Su experiencia refleja una ruralidad cotidiana, organizada en familia, donde el trabajo no se corta al llegar al pueblo y el campo sigue siendo parte central de la vida.

 

Ruralidad femenina.

 

“Coca” Pérez es hija de productores, que de pequeña vivió en el pueblo, para que sus hermanas cursen los estudios primarios. Vivía en un rancho con paredes de adobe y techo de pasto puna, y un molino a varios metros.

 

Mientras que Elba se crió en una estancia, e iba en sulky a la denominada “Escuela de Mazaferro”, y el resto del día trabajaba en la huerta familiar, la cría de aves y animales pequeños, y así aprendió a andar a caballo para encerrar “las lecheras o las chivas” y también a ordeñar a las vacas, carnear corderos o pelar chanchos.

 

Valeria toda la vida vivió en el campo. “También, como Elba, agarró los pollos con el gancho de alambre”, dijo risueña. “Al campo no lo cambió por nada”, aseguró, y destacó: “estoy involucrada en todos los trabajos del campo”.

 

Y Florencia es cuarta generación de agropecuarios, estudió Ciencias Veterinarias “como una herramienta para volver al campo”. “Muchas cosas que se cuentan acá no las viví, porque cambió mucho la vida en el campo. Hoy tenemos más comodidades y otras formas de trabajar”, explicó. “Hoy trabajo en la empresa familiar donde ejerzo mi profesión y realizo el resto de las tareas del campo”, explicó. Y actualmente considera que el avance tecnológico permite que las mujeres en el campo “pueden hacer todo en las mismas condiciones que los hombres y otras donde se debe buscar la forma para hacerlas”.

 

“La tecnología avanzó mucho y me gusta mucho para aplicarlo en el campo para lograr mas eficiencia en menos tiempo y las comodidades para las mujeres son muy valiosas”, agregó.

 

"Ganamos espacios".

 

“Antes la mujer estaba un pasito más atrás en todos los ámbitos, y todo cambió y las mujeres ganamos muchos espacios e incluso llegaron hasta la presidencia de la Nación”, resaltó “Coca” Pérez en un párrafo de la charla. Y definió que en el campo había tres categorías de mujeres: la esposa del propietario, la mujer del puestero que ya tenía que ordeñar, tenía su gallinero y pequeños animales y la mujer del hachero que quizás “nunca conoció el pueblo” porque “ayudaba a su marido en el monte” y con sus “manos callosas también criaban a sus hijos”.

 

Elba recordó que a los 40 años enviudó con cuatro hijos. Ya trabajaba en la municipalidad local, y los fines de semana una desaparecida pizzería local. Recordó que a sus hijos les enseñó a leer, escribir, sumar y restar en el campo. “Hasta la tabla del 5 les enseñé”, recordó. “En el campo no teníamos cuadernos, así que les enseñaba en los papeles de los paquetes de mercadería”, dijo risueña.

 

Cuando los mayores tenían 10 y 9 años, vino al pueblo. Y comenzaron en tercer grado, después de lucharla un poco. “No los querían inscribir porque no tenían boletín, pero donde iba a sacar un boletín en el campo”, narró con picardía.

 

Elba también recordó que desde una estancia en Rucanelo venia en sulky a hacer las compras en comercios castenses. Siempre acompañada por sus hijos. “Nos quedábamos a la noche y al otro día nos volvíamos al campo. A veces se nos hacía tarde, y ahí se complicaba porque decían que en la loma alta, cerca del campo de Ottino, salía una luz atrás de las plantas, así que me costaba un poco, porque no tenía miedo, pero no me sobraba el coraje”, concluyó risueña.

 

“Muchas veces la mujer está invisibilizada en los distintos ámbitos de la ruralidad, pero estos ámbitos permiten destacar la presencia de esa mujer trabajadora, y muchas veces su esfuerzo no es reconocido económicamente. Esto nos permite que no se pierda la historia, que hoy tengamos mujeres profesionales que incursionan en espacios que siempre tuvieron los hombres y si sus decisiones no son cuestionadas, es porque muchas mujeres lucharon mucho para este presente”, sintetizó la directora de Ganadería, Natalia Ovando.

 

Un cambio de rumbo en Rucanelo.

 

“Coca” Pérez trabajaba en la Escuela de Rucanelo, junto a su hermana que era la directora y otras dos docentes, cuando una imprevista visita cambió el rumbo de la institución educativa y de sus vidas. Corría la década del 60, cuando Don Gaspar y Doña María Brandemann concurrieron al establecimiento educativo, para proponer que cada uno de sus puesteros, que tenían “tres o cuatro hijos”, accedieran a la escolarización.

 

“Ellos no los podían llevar todos los días a la escuela, pero querían que se escolarizaran. Así nos propuso crear una pequeña escuela albergue”, recordó en el segundo conversatorio “Mujeres del agro: manos que transforman”, enmarcado en los festejos trigueros.

 

“La vida nos presenta cosas imprevistas donde nos hace rever cosas del pasado y del presente. Y no pensamos lo que nos depararía ese futuro con 12 niños, donde nos convertimos en una familia grande. Ahí surge mi relación con la gente rural”, recordó.

 

“Recibíamos niños de distintas edades de familias numerosas, no conocían los lápices porque no había en los toldos. Así que priorizamos la adaptación con los chicos del pueblo. Les enseñábamos a bañarse, a ir al baño, a sentarse en la mesa y que perdieran la timidez. Y después hacíamos hincapié en la escolarización con mucho afecto”, destacó.

 

Las anécdotas y los relatos fueron muy emotivos. La primera historia correspondió a Serafín, actualmente carnicero en Santa Rosa, quien dibujaba caballos “hermosos” en la tierra. Todos los días una mujer capitalina iba a comprar carne, y no lo conocía. Un día, el carnicero, cuando la mujer se retiraba, le dijo: “Hasta mañana señorita Mirta”, la mujer sorprendida se dio vuelta y se fundieron en un abrazo.

 

El otro relato lo aportó una mujer que estaba en el conversatorio. Recordó que sus padres eran hacheros y analfabetos, y tuvieron cinco hijos. Tres fueron a la escuela. La mujer –con lágrimas en sus ojos y voz resquebrajada- recordó: “la señora Coca nos acobijaba y nos enseñaba, fue mi segunda mamá y es mi madrina”. “La quiero con todo mi corazón y nunca la voy a olvidar”, aseguró. Y ejemplificó que la docencia era más enseñar a leer y escribir: “Nos enseñó a bañarnos porque no me sabia bañar, y cuando me hice señorita fue quien me acompañó, me dijo que no me asuste y me contuvo”.

 

La mujer aportó su experiencia en la escuela de Rucanelo, donde arribó desde un puesto donde trabajaban su padres hacheros analfabetos.

 

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