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Paola, el valor de una sonrisa

Redacción 19/07/2026 - 00.03.hs

No cuesta nada, pero vale un montón. En un mundo que a veces pareciera funcionar en piloto automático y con el ceño fruncido, las personas que sonríen van como regalando un salvavidas de buena energía.

 

MARIO VEGA

 

La vocinglería de la gente hace que el tintineo de las cucharillas contra la porcelana se disimule, y se advierte un cierto aire de distensión en el salón. Los comensales charlan animados, y las mozas –predominan en número ante los colegas varones-- van y vienen con sus bandejas cargadas con las tazas de café, o las linduras que sirven en la céntrica confitería.

 

Son varios las y los trabajadores del lugar. Algunos detrás de la barra despachando los pedidos de los parroquianos, y los demás moviéndose entre las mesas.

 

Pero cualquier observador se puede dar cuenta que por allí se mueve una persona que se ve es especial. Tanto atiende algún cliente y saluda amable, o se encarga ella misma de llevar el correspondiente pedido y en tanto --fundamentalmente--, ordena el trabajo de todos.

 

Paola Andrea Sosa (43) es en ese salón como un émbolo de un motor puesto en marcha. Lo monitorea todo y tanto puede ayudar a alguno de sus compañeros, como impartir una orden para que las cosas se hagan de la mejor manera. El cabello apretado atado en una cola, la ropa negra sobre su cuerpo menudo que apenas deja ver el cuello y los puños de su camisa blanca y, eso sí, todo el tiempo la sonrisa en banderola que invita a sentirse bien.

 

Hay personas que andan por la vida así. Como Paola, mostrando un gesto luminoso. Como quien lleva consigo un amuleto invisible.

 

Y creo sinceramente que no se trata de una ingenuidad pueril. Tampoco de una felicidad de cotillón que ignora las dificultades de la realidad dura que nos toca y que pareciera ser casi un sello de nuestra argentinidad. ¿O no piensan que algo de eso hay, con tantos vaivenes que cada tanto nos desacomodan la vida?

 

Y no es que quien anda por allí sonriendo tiene una vida más fácil que los demás. Es probable que, a menudo, tenga una carga parecida sobre los hombros. La diferencia no está en lo que les pasa, sino en lo que deciden hacer con lo que les pasa.

 

La cordialidad.

 

“A mí me me encanta atender con una sonrisa, con un gesto amable, que la gente se sienta bien… porque te cuento que más de una vez pasa, y te debe haber pasado, entrás a aun local comercial y te encontrás con gente con mala onda. Si hasta parece que tenés que pedir permiso para entrar, o pedir por favor que te atiendan”. Paola no tiene dudas que su simpatía y su cordialidad son un activo que le hace bien a todos. Y agrega: “También a mí… porque no es una pose, sino que me agrada que los demás se sientan bien y trato de contribuir con eso”, reafirma.

 

Sí, por qué será que en este mundo de vértigo, casi frenético en que nos movemos todo el tiempo, nos llega a extrañar que alguien sonría sin motivo aparente en medio de la calle, en un comercio, o en cualquier parte. Si habrá hasta quien pueda interpretar que se trata de una situación simulada. Y hasta podría pasar, casi, como un gesto de jactancia en una época donde la prisa, las pantallas y las preocupaciones parecen habernos fijado el ceño fruncido como postura por defecto.

 

Por eso, la sonrisa de una persona desconocida nos puede descolocar. Nos obliga a levantar la mirada y a cuestionarnos. Por qué andar como prontos a enojarnos por cualquier cosa. Por qué enfadarnos cuando conducimos por alguno que nos toca la bocina, o nos hace un gesto en medio del tránsito; o por qué exasperarnos por un motivo mínimo.

 

“En banderola”.

 

Por suerte están quienes andan con su sonrisa en bandolera y sin proponérselo nos proponen un momento mejor.

 

Y a propósito, digo “sonrisa en banderola” y me quedo pensando de dónde lo saqué. Creo que era una expresión que sabía utilizar el genial Osvaldo Ardizzone. Una metáfora casi poética.

 

Para entender hay que ver cómo se lleva una bandolera: es una correa que cruza el pecho, usada para llevar algo y siempre a mano (un bolso, una guitarra, una mochila o, en tiempos más antiguos, un fusil o municiones).

 

Y cuando Osvaldo lo aplicaba a la sonrisa creo que significaba algo potente: sería usar una sonrisa como "arma" de paz o escudo. Así como los soldados llevaban el fusil en bandolera, listo para ser usado, quien lleva la sonrisa en bandolera la tiene lista para desarmar cualquier conflicto, mala onda o tensión en el ambiente. Sería su defensa ante la hostilidad del mundo.Esa sonrisa callejera, la que se regala a un interlocutor, al que atiende en un comercio, o al peatón que cruza en la esquina, es una declaración de principios. Es una forma de decir: "El mundo puede estar difícil, pero yo elijo no volverme hostil". Es una resistencia íntima contra el desánimo generalizado.

 

Un modo de vivir.

 

En la Confitería Santa Fe, el ritmo de la mañana no da tregua, pero en medio del oleaje de gente, de cafés humeantes y pedidos de último momento, está ese faro de calma y calidez. Se llama Paola, lleva 14 años coordinando el pulso de ese salón tradicional y posee un don que escasea en estos tiempos acelerados: la capacidad de mirar a los ojos, sonreír y hacer que el otro se sienta bienvenido.

 

“Soy la encargada, me gusta que todo esté en orden y por eso insisto, pero tengo muy buena relación con todos los chicos... ordeno pero con respeto, tratando de convencer más que de imponer autoridad”, dice, y la sonrisa que le ilumina el rostro confirma que sus palabras no son una postura, sino un modo de habitar el mundo.Paola va y viene. Tiene un gesto gentil para el cliente de siempre, se detiene a conversar un instante con una señora que busca un momento de amparo en su mesa, y vigila que cada detalle esté en su lugar. Su objetivo es simple y gigante a la vez: que todos se vayan conformes, "y que vuelvan", completa. Para entender la madera de la que está hecha Paola hay que viajar un poco hacia atrás, Nació en San Martín (Mendoza), un pueblito que es casi un barrio de la capital cuyana, hasta que su familia se trasladó a General Pico. Allí transcurrió su infancia. Allí se moldeó en la cultura del esfuerzo, en una familia donde el descanso era un lujo desconocido, y por el contrario el trabajo una forma de unión.

 

Había hecho nada más que jardín en su pueblo natal, la primaria en la Escuela 66 de General Pico, y estudió secundario en colegio Fernando Aráoz de Santa Rosa. “Sí, era buena alumna… responsable, y lo que más me gustaba era Historia, pero la verda que Matemáticas…”. Y divertida vuelve a mostrar la sonrisa límpida.“Crecí en una familia donde el trabajo era lo normal, lo que correspondía —rememora con un brillo de nostalgia—. En las vacaciones, si no íbamos al colegio, nos levantábamos bien temprano para colaborar en el negocio. Siempre fue todo en familia”, acota.

 

Primeros trabajos.

 

Ya en Santa Rosa, obviamente empezó a trabajar rapidamente. “Estuve tres años en una heladería en el centro, frente a la plaza, después en la Mónaco (Moreno y Avenida San Martín) hasta poco antes que sus dueños cerraran; y ya después me fui a ‘Nuestras Costumbres’, una panadería que estaba donde hoy está ‘A la flauta’. En todos aprendí algo que después me iba a servir en otros trabajos, como este de ahora”, dice y se le nota la satisfacción del deber cumplido.

 

Pero ciértamente Paola iba a encontrar su lugar en el mundo en la Confitería Santa Fe –tiene un local en Avenida Luro y el otro en Avenida San Martín--, porque sus propietarios advirtieron sus ganas y su compromiso y le fueron dando responsabilidades.

 

Persona agradecida.

 

“La verdad es que tengo que estar muy agradecida a los dueños, Jorge Kornovalof y Evangelina Guinder. Ellos confiaron en mí y no les puedo fallar… Empecé allá en la Luro, pero hace un tiempo me designaron encargada de este salón (en Avenida San Martín), y me encanta lo que hago”, relata.

 

Paola asegura que es insistidora con las indicaciones. “Me gusta estar en todos los detalles y que todo salga bien, así que por ahí soy un poco intensa”, se define. No deja de elogiar a sus compañeros, a los que califica como “muy responsables”. Y los menciona Lilimar (venezolana), David (Ricky), Lourdes, Daniela, Abraham, Anita (cajera), Facundo (bachero) y Sofía (en la panadería).

 

En pareja hace 19 años con Emanuel Mena (es pintor de obras), es hija de Adriana Raquel Sosa y de Walter Carrasco. “Es el esposo de mi madre y sí, lo siento mi padre”, agrega. Y no puede evitar que al menos por un instante aparezca un brillo en su mirada. “Somos varios hermanos… Hernán que trabaja en OCA, Santiago que tiene taller y es muy buen mecánico, Tamara que vive en Mendoza, Karen que trabaja en el Casino y Alejandra”, puntualiza.

 

Aquella verdulería familiar en General Pico, que se llamaba “El quincho de Carrasco” demandaba todo el cuerpo: mover cajones pesados, revisar la mercadería, atender sin feriados ni domingos. Pero lejos de guardarlo como un pesar, Paola lo recuerda como el suelo firme donde echó raíces. Tenía apenas ocho o diez años cuando ya andaba en su bicicleta, arrastrando un carrito cargado de flores que vendían en el negocio para ofrecerlas por los barrios piquenses.“La gente era muy generosa con las flores, les gustaba mucho. Yo salía y vendía, pero siempre con educación y respeto. A mí siempre me gustó estar con la gente, atender. A veces me quedaba sola los domingos y los clientes preferían esperar a que los atendiera yo. Eso te llena el alma”, confiesa.

 

Admirando a Nora.

 

Nora Bellone es otra mujer santarroseña que supo hacer del esfuerzo y el trabajo su modo de vida. De ella sí que se puede decir se “deslomaba” de verdad, por supuesto no tanto como Adorni en Nueva York.

 

Le recuerdo de muy jovencita cuando aún faltaba bastante para que el sol asomara en el horizonte, bajando cajones de frutas en su verdulería. Hoy tiene su comercio en Avenida Luro, casi Padre Buodo, y es una de esas personas dignas de admirar porque estoy seguro que muchos varones –me incluyo-- no nos aguantaríamos semejante esfuerzo que ella afrontó por décadas, todos los días. Y aún lo hace.

 

La muchacha que está encargada de un salón de confitería --con la que converso-- la tiene bien presente, aunque es probable que Nora no sepa que la chica hacía su mismo trabajo en General Pico. Pienso que tal vez a Paola le quedó de aquella época de barro y madrugadas una profunda admiración por esos trabajadores invisibles que sostienen el mundo, porque habla con devoción de Nora, la vecina verdulera de al lado de la panadería Santa Fe que está en Avenida Luro 679.

 

Y dice: “A Norita la tengo allá arriba, para mí es fantástico lo que hace. Le miro esas manos de trabajar tanto... Se quedó sola, remontó todo a pulmón después de dolores muy grandes. La admiro mucho de verdad”.

 

La jornada de Paola en la confitería termina a las tres de la tarde. Cualquiera pensaría que después de semejante trajín el cuerpo pide una tregua, un sillón, el silencio. Pero ella está hecha de otra dinámica.“Llego a casa (en el Plan 5.000), me cambio y salgo a correr. Practiqué atletismo con Jorgelina Litterini, que fue una gran deportista, y me iba bastante bien en las pruebas en que participaba. Incluso me han invitado a correr A Pampa Traviesa, u otras competencias, pero ya no… Ahora lo hago para cuidarme y porque me encanta. Lo disfruto mucho”, sostiene.

 

Sus amores.

 

Su esposo, Emanuel, la mira con una mezcla de asombro y ternura. "Quedate quieta un ratito, gorda, disfrutá de estar sentada", le suele pedir cuando la ve andar de un lado al otro, ordenando, preparando la casa para cuando hay visitas, atenta a que nadie carezca de nada. "Soy una chispita, está en mi naturaleza", se justifica ella entre risas.Emanuel es su compañero, el que la contiene y la acompaña en sus revoluciones diarias. Y en ese universo de afectos íntimos brilla con luz propia Thiago, su hijo de 18 años. El pibe es reservado, serio, amante de la tecnología y el orgullo más grande de esta madre que sueña con verlo cumplir cada una de sus metas. Quien trabaja con el alma puesta en el mostrador nunca deja de proyectar. Paola tiene los pies en la tierra pero los ojos en el horizonte. En su cabeza madura el sueño de un negocio propio, acaso en el rubro comestible, “o tal vez venta de ropas, u otra cosa”. Pêro es un proyecto que ya empieza a moldearse en el garaje de su casa que poco a poco va levantando.

 

Trabaja desde las 7 de la mañana, aunque ella llega “media hora antes, porque hay que empezar a acomodar todo, y estoy hasta las 15 o un poquito más. Después me voy y cuando llego a casa lo que hago es cambiarme y salir a correr… todos los días. Es una rutina que me encanta, y no me cuesta para nada”, agrega.

 

Volver a Mendoza.

 

Y hay otro anhelo, uno que tiene el aroma de los reencuentros largamente postergados. Para el año que viene, si la vida quiere, el plan es viajar a Mendoza. Allí esperan su abuela Nélida Soloa, que ya camina por los 80 años, su abuelo Mario Sosa, sus tíos y sus primos. Hace más de una década que la distancia física los mantiene separados, apenas comunicados por el frío cristal de una videollamada. Paola quiere que Thiago los abrace, que conozca a sus primos, que los lazos de la sangre dejen de ser virtuales para volverse un abrazo apretado bajo el fulgurante sol mendocino.Mientras tanto, cuando la tarde empieza a avanzar en Santa Rosa. Paola acomoda una taza, despide a un cliente con un "gracias por venir" que suena sincero y hondo, y se dispone a seguir.

 

Es la "chispita" de la confitería, una persona que aprendió desde muy chica que el trabajo es, ante todo, una forma de encontrarse con el otro y de brindarle el corazón.

 

Vivimos tiempos en que suele celebrarse el éxito ruidoso, la fama instantánea y las historias extraordinarias. Sin embargo, la sociedad sigue sosteniéndose sobre personas como Paola. Su historia es la de tantas mujeres que madrugan, trabajan, educan a sus hijos, cuidan a los suyos y regresan al día siguiente a sus tareas cotidianas.

 

No aparecen en las noticias por hazañas espectaculares. Pero todos los días realizan una: la de hacer más amable la vida de los demás… Y me digo, quizás allí, en la silenciosa grandeza de la gente común, habite la forma más auténtica del heroísmo cotidiano.

 

“Vamos a hacer las paces”.

 

“Esto de estar acá en la panadería me complace. Me encanta levantarme, arreglarme con ganas para venir, abrir las puertas y atender a la gente”, cuenta Paola. Se muestra complacida que los clientes de alguna manera la distingan. “Hay personas que me dicen: Paola, desde que estás aquí me gusta más venir a este lugar. Es que me esmero en recibir a la gente, la acomodo en su mesita si están acostumbrados a la misma siempre… trato de ser amable, porque a las personas les gusta sentirse bien tratadas… y no cuesta nada”, dice con esa simpatía que resiste cualquier gesto serio.

 

Cuenta una anécdota chiquita: “Hay un grupo de mujeres (las llama “chicas” aunque son personas mayores) al que no podía entrarle. En un momento hubo una que se quejó por un plato que le sirvieron, le parecía que la porción era más chica, o algo así. Bueno… eso fue hace un par de semanas. Fui a la mesa y les digo esto: ‘Aquí vienen mis chicas’. Ahí la que estaba un poco enojada me sonríe y me pide: ‘Vení que vamos a hacer las paces, porque creo que te he tratado un poquito mal’. Me acerqué, la abracé y le contesté: ‘Viste, por algún lado te tenía que entrar’. Hoy vienen y se ríen, me hablan, me comentan sus cosas y las veo felices. “¡Y yo más todavía!”, cierra Paola. Naturalmente con su más amplia sonrisa.

 

Clientes habituales.

 

La joven encargada junto a dos clientes habituales del lugar: Marcos Paz y Alejandro Gigena, abogados del foro local encantados con la atención de Paola y el resto de los mozos en la confitería ubicada en pleno centro santarroseño.

 

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