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Domingo 19 de abril 2026

Querible personaje de otra Santa Rosa

Redacción 19/04/2026 - 00.08.hs

A veces una foto amarillenta conduce a tiempos que pasaron, y a evocar esa ciudad tan distinta a la que hoy vivimos. Retratos que muestran un Pototo joven llevan a recuerdos de un verdadero personaje.

 

MARIO VEGA

 

Santa Rosa ya no es aquella… la bucólica ciudad de las casitas bajas, del andar sin estridencias de su gente por las calles,la que parecía alejada del estrés de las grandes poblaciones. Quedan hoy vestigios. O en todo caso el dulce recuerdo de lo que ya no es…

 

Pasaron los años y sólo nos queda el suave perfume del recuerdo… y de aquella gente… sí, de ese tiempo cuando nos conocíamos todos.

 

Estaba entonces la gente que hacía al ritmo de la ciudad con su trabajo, con su cotidiano trajinar y que -a su manera- sostenía al andamiaje socioeconómico “normal” de una comunidad más vale pequeña todavía.

 

Pero, y además y como a la pasada cómo no evocar a otros personajes que ponían su impronta –sin proponérselo- y que, es verdad, podían aparecer algo extraños. Esa gente que alguien definió con certeza como “personajes de culto”. Ese tipo de personas que pasaron a ser parte del acervo cultural, con sus excentricidades o con sus peculiaridades. Que eran como eran, pero reconocidos y queridos por el resto.

 

Cambia, todo cambia.

 

A veces, muchas veces, sucede que a uno le pasa la ciudad sin observarla. Sin advertir sus cambios, sus contornos diferentes. Es como si nos viéramos arrastrados por su crecimiento tumultuoso, e inmersos en ese torbellino no llegáramos a advertir que todo está constantemente cambiando, que pocas cosas se parecen a los recuerdos más antiguos... como si esos edificios que se alzan hacia el cielo hubieran estado desde siempre allí, donde ahora están.

 

Pero hay momentos en que, por cosas simples, muy simples, uno se detiene a mirar en derredor. Y entonces se asombra… Se sorprende de la gente que viene y que va, presurosa en sus hábitos bancarios; febril en su actividad de todas las mañanas. Con un ritmo que se nos antoja para otra urbe, y no para la nuestra… Al menos no para aquella que sigue vigente en nuestro espíritu detenido en ese tiempo en que la palabra “ciudad” nos quedaba un poco grande.

 

Tiempo de chiquilines.

 

Hubo un tiempo en que todos nos conocíamos, aunque más no sea por referencias, por mentas al menos… Momentos que perduran en nuestra mente por esa sensiblería particular del ser humano para recordar como mejores los años que pasaron. Quizás porque eran tiempos de pantalones cortos, y de días largos, para meterse con todo en el picado del potrero, o para vagabundear en las siestas con el barullo propio de los chiquilines que supimos ser. Con esa irresponsabilidad que hoy el formalismo de personas mayores no nos permite.

 

Aquellos personajes.

 

Tal vez por todo eso tendemos a pensar que todo tiempo pasado fue mejor… porque las exigencias de la adultez no existían, porque las responsabilidades de los mayores que luego seríamos ni siquiera se asomaban… Otros tiempos.

 

Tiempos de chicos que no se olvidan…

 

Repasando “personajes” solíamos recitar cuando pibes: “Pototo, Meneca, La Pancha y Yacoy”… como si se hubiera tratado de la delantera de un equipo de fútbol famoso de la época… ¿Y quiénes eran? Gente que ni siquiera sabía que era protagonista de esa letanía que repetíamos sin saber bien por qué.

 

En casi todos los pueblos hubo de esos personajes, parte de la cotidianeidad… como Patricio en Toay, como Tito Ninfus por aquí. Como tantos. Como Pototo Masante, obviamente que sí.

 

Pototo, según pasan los años.

 

Por estos días el historiador regional José Carlos Depetris me mostró una par de fotos y me preguntó: “¿Sabés quién es esta persona?”. José sabía que de ninguna manera podría adivinar de quién se trataba. Se veía en una de ellas un muchacho joven, rubio y bien parecido; y en la otra la misma persona con algunos años más, ahora con bigotes. ¿Quién es?, pensé buscando en mi memoria un rostro parecido. Y no lo saqué.

 

Sí, era un retrato de Pototo Masante, cuando más joven. Lo vi hace años infinidad de veces en las calles a Pototo, pero este que me mostraban en nada se parecía a aquel viejito que nunca supe bien de dónde venía y qué cosas alborotaban su mente.

 

El querible Pototo.

 

Ese par de fotos fueron de alguna manera una sorpresa. Sobre todo si la comparamos con algunas otras que alguna vez se publicaron en LA ARENA. Y mucho más si nos remontáramos a la figura enjuta y endeble que hace años podíamos ver caminando por allí, arrastrando los pies, andando cansino las calles de Santa Rosa.

 

Muchos lo hemos visto en el centro de la ciudad con su cajoncito de lustrar a cuestas; a veces extendiendo su mano para recibir una moneda… Pototo Masante. Así se llamaba este testigo de la ciudad “vieja”, de cuando todos sabíamos quién era cada uno, y de cuando esos personajes eran conocidos de todos.

 

Quién era.

 

Pototo, vestigio de otra Santa Rosa… Era difícil en sus últimos tiempos calcularle la edad… ¿Tendría setenta, tal vez ochenta?… Nadie lo sabía, y ni siquiera él, seguro.

 

Algunos con más memoria, ofrecían algunas precisiones sobre él: “Vendía caramelos y productos que le daba en consignación don Francisco Fondoso”, recordaron.

 

Dicen que no había fiesta popular o ceremonia donde se juntara gente en la que no estuviera Pototo para ofrecer su mercancía: vendía diarios, lustraba,y cuentan que repartía los programas del cine en esos tiempos casa por casa.

 

Personaje de la calle.

 

Quién no lo conocía en Santa Rosa… fueron con Tito Ninfus los primeros empleados que tuvo don Nazario Camarero (el acaudalado español dueño de tantas propiedades en pleno centro de Santa Rosa), y solía dormir en el altillo del que era el cine-teatro Español. “Era un tipo bueno, pícaro… pero ingenuo”, lo definió una persona.

 

“Era un personaje de la calle”, refirió otro. Hay anécdotas que se le atribuyen a Pototo, difíciles de creer, hay que admitirlo. Por ejemplo se contaba que en el montecito de atrás de la laguna Don Tomás atrapaba gorriones -se ríe con ganas el narrador-, los pintaba de amarillo y salía a venderlos casa por casa como canarios… Agregan que la pasó mal Pototo el día que vendiendo “canarios” se largó a llover, porque los pajaritos empezaron a desteñir… lo corrieron hasta debajo de la cama…”. Incomprobable, pero esos cuentos circulaban por allí.

 

Un querible “viejito”.

 

Cuántas veces lo habremos visto a Pototo extendiendo su mano, pidiendo una moneda… lejos de cuando sin precisar una limosna se ganaba la vida de mil formas diferentes… Daba cierta ternura verlo con sus ropas raídas, su pelo escaso y blanco, su gorra visera o su boina; y la increíble endeblez de su cuerpo magro… sus ojos claros, perdidos, quizás buscando en su interior aquellos tiempos en que todos lo conocían y saludaban, mientras él contestaba con su particular “¡chau, hermanito!”. Aún sin saber quiénes eran los que pasaban a su lado.

 

A esta altura no muchos tendrán en su mente a aquel personaje singular, que se sentaba en cualquier lugar y pasaba horas viendo pasar la gente. Como mirando sin ver…

 

Su historia.

 

Fue José Carlos Depetris –quien me mostró esas fotos que nunca había visto antes— el que me dio algunos datos de ese hombre que alguna vez fue inopinadamente popular.

 

Y dice José que si bien nació en Toay su familia era de Santa Rosa; y que su madre “era de la familia Anguzar, muy conocida por aquí. Una vieja familia pionera de Santa Rosa”, completó.

 

También Masante pertenecía a un grupo familiar de muchos años en la capital provincial. “Yo recuerdo que conocí una persona que tiene que haber sido un hermano de Pototo, y que fue director del Colegio de Varones, de la Escuela nº 1. Y tengo entendido que una de las hermanas era la esposa del señor Blanco Villares, de una conocida librería que estaba en la calle 9 de Julio. Digamos que venía de familias que tenían un cierto bienestar económico. Y por lo que tengo entendido Pototo era protegido por todos, aunque un leve retraso –que le daba una forma de ser ingenua, quizás cándida-- lo llevaba a vagar incesantemente por las calles”.

 

Murió en Victorica.

 

Y fue aún más preciso José Carlos. “Vivió toda su vida sobre lo que es avenida San Martín oeste ahora. A pasos de la calle González y al lado de donde ahora hay un negocio de regalería chino… Es una casa que tiene un muro alto, que está bien cuidada, y supongo aún debe ser de alguno de los Blanco Villares. Él vivió siempre ahí porque era la casa familiar”, precisó.

 

Depetris se extiende señalando que “al final Pototo murió en Victorica. Ya viejito lo llevaron al hogar de ancianos de allí… Una vez que fui a Victorica lo visité. Creo que se acordaba de mí, y recuerdo que metió su mano derecha en el bolsillo de uno de esos eternos y raídos sacos que usaba y sacó una piedrita… Era una tosquita y me la regaló. La guardé y todavía la tengo como recuerdo de Pototo, que fue tan lindo personaje”.

 

Y cierra José: “No sé si decir que tuvo una vida triste, pero sí que anduvo siempre en las calles, aunque igual siempre tuvo la protección de su familia”.

 

Las fotos y el recuerdo.

 

Las fotos que vi ahora de un Pototo joven me retrotrajeron a otros momentos. Esos que poco a poco se van tornando difusos recuerdos de viejos tiempos de esta querida Santa Rosa.

 

Lo cierto es que la naturaleza de Pototo era andar por allí como sin rumbo, sin molestar a nadie, saludando al pasar a quien lo saludara… ‘Chau hermanito!’, le repetía a cada uno.

 

Tiempo de olvido.

 

Se me ocurre pensar que las nuevas generaciones –y las que vendrán- no tendrán ni idea de quién se trató. Quizás entre otras cosas porque nuestros poetas urbanos no lo registraron en una letra, o en una melodía hecha canción.

 

Sí, el paso del tiempo todo lo cambia.. o lo borra. Por eso, seguramente, cuando los años transcurran ya nadie lo traerá a su memoria. Casi nadie recordará que fue un personaje de otra época, que vivió como pudo y a su manera.

 

Pototo, el “viejito” de la mente un poco perturbada que tenía ese aire de frágil, inocente y candoroso. Sí, un día aquella figura pequeña y frágil que vagaba las calles de la ciudad se perderá en la bruma del olvido… Definitivamente.

 

Esos “locos lindos”.

 

Nunca se propusieron ser originales, pintorescos o icónicos. Eran cómo eran y la gente los adoptaba con simpatía y hasta con cierto cariño.

 

Tal vez algún desorden les rondaba la mente y eso los tornaba en singulares y verdaderos personajes de una comunidad.

 

Pero eran sujetos reales, que con sus propias historias se convirtieron en reconocidos vecinos. Además del Pototo Masante que ahora traemos al presente, podremos recordar a Patricio en Toay; al mismísimo Pedro Lastra –el de los cuentos inverosímiles--; y a Tito Ninfus entre muchos otros.

 

Y también al “Loco” Manzano, aquel ex boxeador que andaba por las calles tirando de un carrito, el torso desnudo tirando trompadas al aire, mostrando que su mente delirante retenía otros momentos mejores de su vida. En realidad cuentan quienes lo conocieron un poco más que su apellido no era Manzano sino Umazano, hermano de quien fuera maestro e inspector de escuelas en la Patagonia (padre de Aldo Umazano, el titiritero).

 

Y cómo no mencionar a Cholito Álvarez, el del decir florido. El de la verba cáustica, mordaz y no por ello menos divertida.

 

Han sido, sin dudas, personas originales. Se convirtieron casi en parte del paisaje, vecinos que eran vistos todo el tiempo y se hicieron conocidos y queridos.

 

Debe haber en estos tiempos algunos como aquellos. Seguro que sí.

 

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