Volvió el FMI, otra vez sopa
En muchas mesas argentinas faltan los alimentos, incluso la sopa. Acá la expresión está empleada en el sentido de un menú repetido en otros tiempos, donde todo empezaba con el líquido del plato hondo. Volvió el FMI.
EMILIO MARÍN - Desde que la mal llamada "Revolución Libertadora" derrocó a Perón y se amarró la dependencia con el Fondo Monetario Internacional, su presencia fue casi prepotente, más allá de la economía y pegando de lleno en la política.
Y a juzgar con la óptica bilardista de los resultados, hay que decir que a Argentina le fue entre mal y pésimo con la aplicación de sus recetas.
La última gran prueba fue durante el menemismo y su desemboque en la gravísima crisis de la Alianza en diciembre de 2001. En ese entonces no hubo un "club del helicóptero" sino que los argentinos de a pie, vulnerados por el ajuste, la pobreza y la inflación, más la dependencia de los poderes financieros y tanto derramamiento de sangre por balas policiales, echaron al presidente De la Rúa.
El libreto oficial de antaño y refritado hoy en regla con el FMI, planteaba reducir el gasto público, rebajar los salarios y jubilaciones, privilegiar el pago de la deuda externa, renegociar el endeudamiento, privatizar empresas y recursos favoreciendo a los monopolios y bancos, con más fuga de capitales al exterior. También implantar el Estado de Sitio para aplacar la resistencia de gremios y manifestantes, sin ahorrar munición.
El desprestigio de la entidad internacional llegó a las nubes. Fue una mala palabra para la economía y política local y regional. A tal punto que generó las condiciones para el inicio, con Néstor Kirchner en mayo de 2003, de un ciclo político que procuraba distinguirse del que había fenecido bajo las piedras del 19 y 20 de diciembre de dos años antes. Su decisión de romper con el Fondo, previa liquidación de una deuda de 10.000 millones de dólares, en 2006, fue bienvenida por la mayoría de la sociedad.
No se rompió con el monstruo en toda la línea, ni se dio un portazo a su membresía, pero sí se puso distancia con sus recetas de ajuste y no se permitieron más las inspecciones avaladas por el artículo IV de la entidad.
Tuvo que llegar el reverso de aquella etapa kirchnerista, con Mauricio Macri, para que el amor con la gerencia del organismo llegara otra vez al nivel de orgasmo. Hubo nueva revisión de la economía, con misiones que desembarcaron en Buenos Aires y apoyaron con alegría al gobierno del PRO-Cambiemos, aunque siempre pidiendo un poco más de ajuste. El documento de 2017 de la entidad reclamó bajar el costo laboral y el gasto previsional considerado muy alto, así como quitar impuestos al empresariado. Todos saben qué pasó en diciembre de ese año en el Congreso, cuando Macri ordenó votar la reforma contra los jubilados a punta de fusil, palos y gases.
La otra Cristina.
Ahora está en Buenos Aires Christine Lagarde, la directora gerente del Fondo. Ella es Cristina "la buena", la otra, la Fernández, es "la mala". Es la primera vez en diez años que aterriza un titular del Fondo.
Lagarde vino a reunirse con el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, uno de los discípulos más obedientes de la ortodoxia fondomonetarista, con quien compartió panel en la Universidad Torcuato Di Tella. Allí repartió flores hacia la política gubernamental. Incluso se metió en su interna, al respaldar las tácticas macristas seudo gradualistas, frente a los reclamos de quienes piden hundir ya el cuchilllo hasta el hueso, como Espert, Melconian y otros.
El Fondo dijo el año pasado: "la reducción del gasto público es esencial, especialmente en las áreas donde aumentó muy rápidamente en los últimos años, en particular los salarios, las pensiones y las transferencias sociales"
Lagarde fue recibida en Olivos y luego tuiteó: "fue un honor reunirme con Mauricio Macri. Lo felicité por las importantes reformas que su administración ha implementado". Esos aplausos no tienen nada que ver con lo que piensan muchos argentinos ni con el hit del verano, que también se escuchó, parcialmente, el miércoles en el estadio de Mendoza en la final de la Supercopa.
La visitante no tiene una jubilación mínima ni un salario docente, no debe pagar los alimentos y servicios cada vez más caros, ni afrontar los nuevos tarifazos de luz y gas (en este último renglón, mil por ciento de aumento entre el invierno del año pasado y el que está a punto de comenzar).
Al menos para la francesa, mentir es más aliviado porque tras sus declaraciones se marcha a Washington. Más compleja la tiene Marcos Peña, quien en su primer informe del año a Diputados tuvo que sufrir. No es fácil decirle a los legisladores y al país que la inflación está bajando, cuando la de febrero fue del 2,4 y la del mes anterior el 1,8; cuando la inflación mayorista fue el mes pasado del 4,8 y en los dos primeros meses llegó al 9,4 por ciento.
Peña Braun se queda en Buenos Aires y tiene que seguir dando la cara para repetir esas falsificaciones sobre la inflación, el crecimiento invisible y lo legal que resultaría el accionar de los ministros que tienen empresas y cuentas no declaradas offshore, caso de Luis Caputo, al que lo están entrenando en lo discursivo para cuando tenga que contestar preguntas en el Congreso (y ojalá en Tribunales).
A propósito de offshore, buena iniciativa de la otra Cristina, "la mala", para prohibir que quienes tienen inversiones en guaridas fiscales puedan ser al mismo tiempo funcionarios en los tres poderes.
Temas menores pero no tanto.
En el comparendo de Peña se coló entre las preguntas un tema que es menor en comparación con el ajuste neoliberal y su vendaval de pobreza y desocupación, pero que tiene su importancia de hoy, también de ayer y posiblemente mañana: la relación del Estado con la Iglesia católica.
Fue una legisladora de Evolución Radical, Carla Carrizo, quien obligó al jefe de Gabinete a puntualizar que cada año el gobierno paga a los obispos 130 millones de pesos, para que éstos perciban 46.800 pesos mensuales (un aludido quiso disminuir el monto diciendo que limpios son 42.000 pesos, pero no hizo más que llamar la atención).
Los que como Peña justifican ese pago, invocan el artículo 2 de la Constitución Nacional sobre el sostenimiento del culto oficial. El obispo platense Héctor Aguer, anotado en todas las causas antidemocráticas, justificó que no podían vivir de la limosna porque son "miserables". La polémica quedó servida y reabierta. Muchos legisladores, en sintonía con el sentido común de la gente, incluso de mayoría católica, plantearon proyectos para cortar esos subsidios, quitar a la iglesia católica el privilegio que tiene respecto a otras confesiones. Y los más audaces y laicos, para replantear la separación de la Iglesia del Estado.
Si la sociedad, impulsada por el amplio y diverso movimiento feminista, ha sido capaz de dar el debate sobre la despenalización del aborto, a punto de comenzar en cuatro comisiones de Diputados, ¿por qué no hacerlo con este asunto tan importante? Las cruces no deben estar en los ovarios ni en los despachos oficiales, sino en los templos y la casa de cada uno de los creyentes, además de su corazón, si así lo creen y lo sienten.
¿Con o sin H?
Si el camino hacia la reelección de Macri, María E. Vidal y Horacio Rodríguez Larreta
-anunciado la semana pasada en reunión nacional del PRO sin sus socios menores de Cambiemos, pero aceptado por Elisa Carrió- aparece con piedras y espinas, no menos problemática luce el que quiere transitar buena parte del peronismo.
Eso se vio en el encuentro de muchos dirigentes que se vieron las caras en El Pedrero y un estadio de San Luis. Era el segundo de la serie iniciada semanas atrás en la porteña Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo (UMET).
El mismo tuvo un mayor componente kirchnerista que en el debut, aunque con la localía del gobernador puntano y precandidato presidencial Alberto Rodríguez Saa. Otros dos que aspiran a ese lugar, Jorge Capitanich y Agustín Rossi, también fueron de la partida. La novedad fue la presencia de Hugo Moyano, muy consustanciado con el lema de "Hay 2019", que resume el sentido electoral de la movida y la necesidad de unir al peronismo para tener aspiraciones a ganar.
También se dio espacio a otros kirchneristas que habían sido raleados en la UMET, como Martín Sabbatella, Gabriel Mariotto y Amado Boudou.
El contrapeso fue la ausencia de los gobernadores, ya que todos pegaron el faltazo excepto el dueño de casa. Gildo Insfrán, de Formosa, y Sergio Uñac, de San Juan, eran nombres puestos, pero no fueron, operados por el chantaje macrista sobre sus cuentas provinciales. Otros mandatarios, con problemas de financiación, pueden haber faltado más por desaveniencias políticas, como Juan Schiaretti y Juan M. Urtubey.
Un dato de color ilustra los límites de la mentada "unidad": los hermanos Rodríguez Saa pudieron ponerse de acuerdo. El senador, Adolfo, no apareció. Es que tiene el proyecto de volver a la gobernación y cree necesitar alianzas locales menos progresistas que las ideadas por Alberto.
Si entre ellos no se ponen de acuerdo, desafiando al Martín Fierro, ¿cómo harán con el resto? ¿Podrán sumar a los gobernadores y otros ausentes? Deberían, pues de lo contrario, en vez de "Hay 2019", puede resultar "Ay 2019".
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