Bellas artes y tortura
Si vamos a creerle a Slavoj Zizek -quien cita al historiador del arte español Giles Tremlett- el noble pueblo catalán, que nos ha entregado a Serrat, a Gaudí y a Xavi, tuvo tiempo en 1938, en plena balacera por la Guerra Civil española, de producir un invento excepcional: las bellas artes de la tortura. O, dicho con más propiedad, las bellas artes aplicadas a la tortura, cuyas víctimas serían los fascistas capturados por las huestes de la República. No se sabe bien cuánto éxito tuvieron con la empresa, algo bizantina en su alcance, pero lo cierto es que durante esos últimos dos años de la contienda, Kandinsky, Buñuel y Dalí sirvieron como inspiración para la construcción de exquisitas cámaras de tormentos.
Surreal.
Esta tortura "psicotécnica" tomó la forma de "celdas coloreadas", inspiradas en la abstracción geométrica y el surrealismo, además de las teorías del arte de vanguardia sobre las propiedades psicológicas de los colores: "Se ubicaron camas en un ángulo de 20 grados, haciendo que fuera casi imposible dormir en ellas, y las celdas -de dos metros por un metro- estaban llenas de ladrillos y otros bloques geométricos para evitar que los prisioneros caminaran de un lado a otro".
La única opción que les quedaba era apoyarse en las paredes, pero éstas eran curvas, y estaban cubiertas de "perturbadores modelos de cubos, cuadrados, líneas rectas y espirales que se valían de trucos de color, de perspectiva y escala para causar confusión mental y desesperación".
A eso sus sumaban efectos lumínicos -de riguroso color verde, que supuestamente produce un efecto de tristeza y melancolía- que daban la impresión de que esas formas geométricas se movían alrededor de los desconcertados soldados franquistas.
Carito.
Para aquellos anarquistas catalanes, acostumbrados a convivir en Barcelona con los estrambóticos edificios de Gaudí, una arquitectura tan complicada les parecería de lo más razonable, aunque hay derecho a suponer que el presupuesto que pasaron los albañiles habrá sido bastante salado. Para no hablar de la instalación eléctrica, no menos compleja que la de los actuales boliches bailables, que también practican una forma de tortura con su volumen inhumano y sus regatones infectos.
Haciendo la salvedad de que la tortura no es materia apta para el humor, y constituye un crimen de lesa humanidad prohibido por las convenciones internacionales, este entrecruzamiento con el arte no puede menos que despertar curiosidad. Es sabido que los tormentos no son, ni nunca fueron, útiles en la búsqueda de la verdad, ya que el atormentado termina confesando casi cualquier cosa que le propongan.
Pero daría la sensación de que aquellos fascistas partidarios del dictador Franco, con su mundo en dos dimensiones y en blanco y negro, habrán experimentado un auténtico pavor al contacto con el arte de vanguardia. Se podría especular que incluso el gasto de las celdas coloreadas no se justificaba, que bastaba con llevarlos a recorrer un museo modernista para que se quebraran.
O, como plantea un chiste gráfico que circula en el ambiente musical, la sala de torturas debería contar con un contrabajista dispuesto a ejecutar un extenso solo jazzístico. Porque, como es sabido, todos terminan por hablar durante el solo de bajo.
Demonios.
Allá en España también tienen una versión de la teoría de los dos demonios, y no hay documental sobre la Guerra Civil (que en realidad debería llamarse golpe de estado seguido de dictadura) en que no se repita a lo loro que "no hubo atrocidad de uno de los bandos que no se replicara en el otro. Como si fuera lo mismo una banda de fascinerosos alzados contra un gobierno democrático, que las improvisadas fuerzas armadas populares, repletas de milicianos extranjeros, que debieron combatir contra su propio ejército nacional insurrecto.
Por supuesto, los nazis tuvieron una versión de esta singular utilización del arte para fines bélicos. Es sabido que los involuntarios pasajeros de sus campos de concentración debían soportar a todo volumen la música de Richard Wagner.
Pero lo que llama la atención, en el caso catalán, es la total falta de previsión de mecanismos para provocar dolor físico. Todo estaba diseñado para confundir, para provocar, para alucinar. Los presos así capturados vivirían lo que ahora en el mundo del arte se llama "una experiencia inmersiva", que nada tendría que ver con el waterbording o "submarino" cultivado por la dictadura argentina de 1976/83, y por la CIA norteamericana luego de los atentados a las Torres Gemelas.
La noticia de Zizek no da cuenta de si ha quedado algún resto de aquellas instalaciones tan particulares. Esperemos que no. Como viene la mercantilización del mundo últimamente, probablemente aquellas cámaras del horror pasarían a transformarse en algún macabro atractivo turístico, no menos espantoso que la horchata de chufas.
PETRONIO
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