¿Querés recibir notificaciones de alertas?

Martes 13 de enero 2026

Empachados de mentiras para justificar un ataque injustificable

Redacción 13/01/2026 - 00.15.hs

Toda guerra necesita de la mentira. Y esta que lleva adelante EE.UU contra Venezuela no es la excepción. En Argentina sobran los cómplices que la repiten y amplifican.

 

SERGIO SANTESTEBAN

 

Lo que EE.UU está llevando a cabo contra Venezuela es lo que se llama una “guerra híbrida”. El concepto fue acuñado en 2007 por Frank Hoffman, un oficial retirado de la Marina norteamericana. Se trata de una estrategia que utiliza una combinación de métodos convencionales (ejércitos, flotas navales) y no convencionales para desestabilizar a un adversario.

 

En una guerra híbrida el campo de batalla no es solo el teatro de operaciones, el terreno físico, sino también la economía, la opinión pública y la infraestructura tecnológica. Entre las herramientas más utilizadas se cuentan:

 

*Ciberataques: hackeos a infraestructuras críticas (redes eléctricas, sistemas bancarios) o robo de información estatal.

 

*Desinformación y propaganda: el uso de medios de comunicación y redes sociales para difundir noticias falsas (fake news) con el fin de polarizar o desanimar a la población, generar desconfianza en las instituciones o influir en elecciones.

 

*Presión económica: sanciones, bloqueos comerciales explícitos o encubiertos.

 

*Guerra jurídica (lawfare): el uso del sistema legal para desacreditar o inhabilitar a líderes políticos.

 

*Fuerzas irregulares: uso de mercenarios o grupos de choque locales que provocan desórdenes, actos de violencia o sabotajes a infraestructura o servicios públicos.

 

Casi todo el manual.

 

El objetivo principal, más que destruir al ejército enemigo, es colapsar al Estado desde adentro. Se busca que la sociedad pierda la fe en su gobierno, que la economía se debilite y que el país se vuelva ingobernable.

 

Bien podría decirse que casi todas las operaciones que forman parte del repertorio de la guerra híbrida fueron y siguen siendo utilizadas por EE.UU contra Venezuela desde hace muchos años. Desde las guarimbas (movilizaciones violentas de grupos armados que provocaron muertos, edificios y vehículos incendiados, interrupción de servicios públicos, etc.) hasta las sanciones económicas y financieras como la expropiación de Citgo -la sucursal de Petróleos de Venezuela en EE.UU con sus destilerías y su red de estaciones de servicio en todo el país-, la incautación del oro depositado en el Banco de Londres, el boicot a operaciones comerciales, la prohibición de importar herramientas o repuestos para la industria petrolera entre muchos otros ejemplos, la acusación al presidente venezolano de comandar un cártel de narcotraficantes, etc.

 

Producida la operación militar del 3 de enero que terminó con el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, lo que se está viendo ahora es un enorme dispositivo comunicacional destinado a justificar esa agresión bélica ilegítima e ilegal. En nuestro país los grandes medios porteños se anotaron con entusiasmo para colaborar con la causa. Desde luego, ayudó mucho el gobierno de Javier Milei, rebajado a niveles de abyección imposibles de igualar.

 

“Operación quirúrgica”.

 

Repetida hasta el hartazgo, esta expresión estuvo en la boca de todos los loros mediáticos y políticos siempre dispuestos a ganar puntos con la Embajada. Lo peor es que después de conocidos muchos “detalles” del ataque militar continuaron repitiendo esa mentira. Hubo bombardeos en una decena de puntos de Caracas y alrededores, áreas militares pero también zonas residenciales, por eso se reportaron un centenar de muertos y otro tanto de heridos tanto de personal militar como de civiles. Es decir, se trató de un ataque a gran escala que contó con la participación de 150 cazas, bombarderos y helicópteros que partieron de una veintena de bases y buques de guerra norteamericanos. Muy poco de “quirúrgico” o de “impecable” como lo calificó el New York Times y lo repitieron los medios “independientes” argentinos.

 

La “traición militar”.

 

La neutralización del sistema de radares venezolano fue otro de los temas predilectos a la hora de las sagaces interpretaciones del periodismo porteño escrito, radial y televisivo. Algunos hasta arriesgaron nombres propios, alimentados vaya a saberse por qué fuentes “inobjetables”. Al poco tiempo del ataque se supo que una flotilla de aviones EA 18 G Crowler fueron los responsables de neutralizar los radares y, con ello, impedir que se ponga en funcionamiento el sistema de misiles antiaéreos. Esa operación fue posible merced a la altísima tecnología de punta de la que hoy disponen las fuerzas armadas de EE.UU, la mayor potencia militar del planeta, con un presupuesto en gasto bélico muy superior al del resto de los países más desarrollados, Rusia y China incluidos.

 

El “narcotraficante”.

 

Este calificativo fue el más utilizado por el establishment mediático argentino y por dirigentes políticos, no solo de la derecha. El presidente argentino y la ex ministra de Seguridad llegaron al extremo de calificar a Venezuela como un “narco estado” a pesar de que, apenas Maduro y su esposa fueron llevados ante el tribunal de Nueva York, se cayó esa acusación. Todo esto revela no solo la aviesa campaña de desinformación y demonización, llevada a cabo desde Washington con el respaldo de las mayores corporaciones mediáticas del planeta, sino también la subordinación de muchos gobiernos sudamericanos desprovistos de toda dignidad y sentido de soberanía política que repitieron el libreto como loros al compás de la batuta del “vigía de occidente”. El Cártel de los Soles fue la figurita más repetida de toda la campaña. El propio Donald Trump mandó su poderosa flota naval al Caribe para atacar embarcaciones, asesinar a sus tripulantes y acusar a Maduro de comandar un gobierno narco que enviaba miles de toneladas de droga a EE.UU. El vasallo Milei y otros de la región no dejaron de repetir esa letra que hoy, quedó demostrado, no fue más que otra de las grandes mentiras que quedará en la historia de las agresiones imperiales norteamericanas a la altura de las “armas de destrucción masiva” que le endilgaron a Saddam Hussein para derrocarlo y asesinarlo.

 

'
'