Espanto y horror como una rutina
Con la desaprensión que le es característica, el presidente de los Estados Unidos dijo la semana pasada que “el estrecho de Ormuz pasará a ser territorio
norteamericano”. Semejante barbaridad, referida a un lugar y momento de
tremenda inestabilidad, suena a algo así como una declaración de guerra
permanente ya que se trata de un territorio iraní imprescindible al abastecimiento petrolero de varios países; si Trump está dispuesto a embarcar al suyo en una contienda todavía mayor que la actual, desafiando abiertamente al mundo árabe, semejante acontecimiento es predecible.
Además, y no menos importante, esa posible invasión alteraría la base de la geopolítica mundial y difícilmente sería tolerada por otras potencias. El enorme poderío bélico estadounidense pasaría a enfrentarse con la mitad del mundo.
Claro que cabe –y ojalá sea así— que la frase puede interpretarse como otra de las jactancias de Trump, de la misma clase de las aquellas en que reivindicaba la ocupación de Islandia o la anexión del Canadá o su insólita idea de cambiar el nombre del Golfo de México por el de su país, de escaso éxito cartográfico y
político. Después de todo cabe recordar que, desde sus mismos inicios, vaticinó al menos media docena de veces una inmediata victoria en la guerra contra Irán,
cosa que parece lejos de concretarse. Pero hay que tener en cuenta que detrás de
semejante irresponsabilidad siempre campean los poderíos atómicos.
Hasta sus propios aliados parecen no confiar plenamente en las promesas de
Trump, caso de España, que negó el uso de sus bases aéreas para el conflicto y
recibió fortísimas críticas por parte del norteamericano.
No es el caso de Israel cuyas fuerzas armadas, acompañadas de avanzada
tecnología norteamericana, siguen adelante con el genocidio en Gaza. Como la
noticia repetida se hace rutinaria las acciones bélicas israelíes parecerían haberse atenuado, pero no es así y tanto que el impiadoso primer ministro Netanyahu –tan admirado por Javier Milei —ha dicho que no habrá reconstrucción alguna en Gaza hasta tanto no acaben con el grupo Hamas e impongan sus presencia en el lugar, lo que equivale a decir asesinando o desplazando la población civil.
Por más que algunos de los grandes medios de prensa lo disimulen el extremo
horror sigue estando presente en Gaza; sin ir más lejos un reciente documento
sobre los niños muertos por los bombardeos judíos es estremecedor en sus
imágenes, con las gentes portando envoltorios con los cadáveres infantiles. Las
crónicas también dan cuenta de la alarma del ejército israelí ante de la presencia de... barriletes con que juegan los niños de Gaza. Aunque el propio ejército admitió que “los barriletes que llegaron al territorio israelí son de un tamaño pequeño, están hechos con materiales precarios y no llevaban adheridos ningún arma o material peligroso”.
Los responsables del gobierno judío dieron un comunicado diciendo que “si los lanzamientos de cometas “no cesan de inmediato, el ejército israelí intensificará sus operaciones para acabar con sus responsables. Un barrilete se trata como un dron, con o sin explosivos”.
De aquel acuerdo sobre “un territorio, dos países” ya no queda nada y la
colonización judía -también la guerra- avanza sobre Jordania y parte del Líbano.
El espanto se naturaliza cuando el horror se hace rutinario.
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