Identidad y lealtad
Silvio J. Arias*
Como todo estadista, Perón avizoró en los años sesenta y setenta, una importante crisis existencial de valores humanos -entre los que se encontraba la lealtad a una causa colectiva-, que advirtió en un mensaje a la juventud argentina del año 2000: “Nuestro tiempo asiste a un mundo en decadencia, que vive de la ficción y la simulación más descaradas e hipócritas. Nos enfrentamos a una profunda crisis de valores. Contra un mundo que ha fracasado, dejamos una doctrina justa y un programa de acción para ser cumplido por nuestras juventudes…”.
Desde el justicialismo, los conceptos de identidad y lealtad constituyen una dupla inseparable para comprender el origen, consolidación y supervivencia del Movimiento Nacional Justicialista. El 17 de octubre de 1945 no solo funcionó como un hecho fundador del movimiento, sino también como un catalizador en el que ambos conceptos se funden empírica y fácticamente. La movilización espontánea de sectores obreros hacia la Plaza de Mayo para exigir la liberación del coronel Perón, transformó para siempre el mapa político argentino. Desde la ciencia política, este acontecimiento opera bajo ciertas dinámicas centrales. En primer lugar, la clase trabajadora industrial y migratoria (denominada peyorativamente por las élites de la época como "cabecitas negras" o "descamisados") irrumpió de manera física y simbólica en el centro del poder político (ej. la icónica imagen de “las patas en la fuente” en Plaza de Mayo). La "lealtad" no nació como una adhesión ciega a una figura o concepto abstracto, sino como una respuesta recíproca a los derechos sociales, laborales y materiales otorgados por Perón, desde la Secretaría de Trabajo y Previsión entre 1943 y 1945. Más allá de las demandas pragmáticas, el acontecimiento consolidó un lazo político basado en la dignidad recuperada y la pertenencia a una clase, inéditos en el paisaje político-social argentino de la época.
La identidad es el proceso mediante el cual un grupo o individuo define "quién es" a través del reconocimiento de rasgos compartidos, experiencias comunes y un marco simbólico unificado. La identidad trabajadora previa (fragmentada entre corrientes socialistas, sindicalistas y anarquistas) se reconfiguró en torno al peronismo. La clase obrera no se definió solo por su lugar en la producción, sino por su pertenencia comunitaria al movimiento nacional, dentro de un proyecto de país que los valoraba e incluía en su destino común. La identidad peronista incorporó rituales (las marchas, las fechas patrias resignificadas, el uso de la Plaza de Mayo) y símbolos (la marchita, el escudo, la iconografía de Perón y Evita) que otorgaron un sentido de orgullo y pertenencia colectivo. Hasta el día de hoy, ninguna otra expresión política nacional, logró generar semejante impacto sociocultural en nuestra comunidad, pese a la tarea obstructiva de poderes opuestos a su continuidad y desarrollo.
La lealtad sociológica se entiende como el compromiso de permanencia y respaldo hacia una causa, líder o comunidad, especialmente en momentos de adversidad o persecución. En la narrativa justicialista, la lealtad se concibe como un compromiso bidireccional: el líder es leal a las demandas del pueblo, y el pueblo es leal al líder en la resistencia o en el gobierno. En la doctrina peronista, la lealtad se convirtió en el valor supremo de cohesión interna, funcionando como filtro ético dentro de la estructura partidaria ("Marchar junto al pueblo, no delante ni detrás").
El vínculo entre identidad y lealtad en el Justicialismo presenta particularidades analíticas clave. Durante casi dos décadas de proscripción del peronismo, la lealtad a la figura de Perón en el exilio (1955-1973) mantuvo viva la identidad política comunitaria, permitiendo la retransmisión intergeneracional del movimiento a pesar de la clandestinidad. Mientras que en sus orígenes la lealtad estuvo fuertemente encarnada en la conducción carismática (Perón y Evita), con el paso del tiempo el concepto se desplazó hacia la lealtad a la doctrina y a la clase, permitiendo la persistencia del movimiento tras la muerte de sus fundadores.
En conclusión, el 17 de octubre institucionalizó el Día de la Lealtad porque fue el momento exacto en que la identidad peronista (valor colectivo) cobra existencia pública: aquí la lealtad no es la causa de la identidad, sino su fecha de nacimiento. Su posterior proscripción iniciada tras el golpe de Estado de 1955, no logró erradicar al movimiento de la vida pública argentina. Por el contrario, actuó como un potente reactivo sociopolítico que reconfiguró su identidad, transformó la lealtad en un ejercicio clandestino de resistencia e introdujo dinámicas de organización radicalmente nuevas. Al mismo tiempo, conviene afirmar que la reivindicación de valores como la lealtad, la verdad y la justicia -dentro de espacios políticos- colaboran en el proceso de legitimación popular, transparencia institucional y credibilidad pública; necesarios para revertir la apatía, desconfianza y rechazo que la actividad política viene generando en la sociedad en las últimas décadas.
Es que la lealtad se torna un sinónimo de verdad y fidelidad, en tiempos de mentiras e injusticias. Por ello, ante un nuevo ataque de la derecha vendepatria y antipopular, el mejor ejercicio de resistencia con el que cuentan las bases militantes populares, es su autoformación política, como antídoto efectivo contra el avance mentiroso del liberalismo deshumanizante y empobrecedor. Son estos momentos de crisis moral los más oportunos para reconfigurar nuestra identidad movimientista y partidaria, armados de una verdad colectiva -simple, práctica y popular- que nos fortalezca e impulse hacia el bienestar general, sin exclusiones.
* Prof. en Ciencia Política – Afiliado PJ La Pampa
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